»Me extrañaba no verte allí, pero como Anouk me había dicho que viajabas mucho…
«Delante de mí no había casi nadie. Una de sus hermanas, creo, con pinta de estar aburriéndose como una ostra y que no dejaba de juguetear con su móvil; Alexis, su mujer, otra pareja y un hombre bastante mayor que llevaba un uniforme de la Cruz Roja y que lloraba como un niño; y… nadie más.
»Pero detrás, Charles, detrás… Cincuenta o sesenta personas… O quizá más incluso… Muchas mujeres, un montón de chiquillos, niños muy pequeñitos, adolescentes, chavales altos y desgarbados que no sabían qué hacer con los brazos, ancianas, ancianos, algunos endomingados con ramos de flores en las manos y joyas maravillosas, o bien con bisutería de tres al cuarto sobre cazadoras de imitación, unos cojos, otros llenos de cicatrices, otros… Gente de todo tipo, de todas las edades y de todos los niveles sociales… Todos aquellos a los que debía de haber aliviado en algún momento de sus vidas, me imagino…
»Vaya pandilla, pensé… Y, sin embargo, ni un solo ruido, ni un llanto, un silencio increíble. Pero cuando los enterradores se retiraron, se pusieron todos a aplaudir; durante mucho, mucho rato…
»Era la primera vez que oía aplausos en un cementerio, y en ese momento por fin me permití a mí misma llorar: Anouk había tenido su homenaje… y no se me ocurre qué habría podido decir sobre ella un cura o cualquier discurso de circunstancias que hubiera sido más exacto y más pertinente…
»Alexis me reconoció y se derrumbó en mis brazos. Sollozaba e hipaba tanto que no entendí bien lo que me decía, a la vez que me llenaba los hombros de babas. A grandes rasgos, algo así como que era un mal hijo y que no había estado a la altura hasta el final. Yo me volví a meter las manos en los bolsillos, hacía frío, era una buena excusa. Su mujer me dedicó una sonrisita disgustada y vino a despegarlo de mi abrigo. Después me marché porque… ya no tenía nada que hacer ahí… Pero en el aparcamiento una mujer se dirigió a mí llamándome por mi nombre. Era ella, la que me había llamado para avisarme… Me dijo: venga conmigo, vamos a tomarnos algo calentito. Bueno, al mirarla más de cerca uno se daba cuenta enseguida de que esa mujer no era de las que se toman "algo calentito"… De hecho, se pidió un anís…
»Y fue ella quien me contó los últimos años de la vida de Anouk.
Todo lo que había hecho por aquella gente, ¡y eso que no habían podido venir todos! ¡No cabían más en el autobús del hijo de Sandy! Bueno, que ni siquiera era su autobús por otro lado…
»No me voy a enrollar, tú la conocías tan bien como yo… Te puedes imaginar a la señora… Tenía algún problemilla de… esto… a la hora de expresarse, pero en un momento dado dijo una cosa muy bonita: "Esta mujer yo lo que digo es que tenía un corazón tan grande como una bolsa de plástico de estas que se cierran con una goma, ésa es mi opinión…"
Sonrisas.
– «¿De qué murió?», le pregunté. Pero ya no podía hablar. Todo eso la ponía demasiado depre… Y, de pronto, sentí una corriente de aire en la espalda, y ella gritó: «¡Jeannot! ¡Ven a saludar a la señora! ¡Es una amiga de Anouk!»
»Era el de antes, el tipo que lloraba a moco tendido con un pañuelo del tamaño de un trapo de cocina, el de la capa de la Cruz Roja de cuando la Primera Guerra Mundial. Me dedicó una sonrisa torcida, y enseguida comprendí que debía de haber sido su último protegido… Era un tipo que parecía tan imprevisible como Nounou. Igual de bien disfrazado, en todo caso… Encantada, le dije… Se sentó enfrente de mí mientras la señora se iba a la barra a ahogar sus penas. Me daba cuenta de que él también tenía muchas ganas de desahogarse a gusto pero yo estaba cansada. Tenía ganas de marcharme, de estar sola al fin… Entonces fui directa al grano: ¿qué pasó al final? Y fue entonces cuando me enteré, entre el estruendo de la televisión y de las máquinas recreativas, que nuestra hermosa Anouk, que se había pasado la vida entera despreciando a la muerte, al final había terminado por suicidarse.
»¿Por qué? El hombre no lo sabía. Por varias cosas tal vez…
»Dos veces por semana, Anouk trabajaba en el Pan de la Amistad, una tienda de comestibles reservada para los más pobres y que vendía comida por muy poquito dinero. Un día vino una "dienta" con un montón de niños pequeños y no quería comprar carne porque no era halal, ni tampoco plátanos porque tenían manchas negras, ni yogures porque caducaban al día siguiente, y de paso estaba venga a arrearle tortas a uno de los niños, y entonces Anouk, que era siempre tan amable, se puso a gritar.
»Que era normal que los pobres fueran pobres porque eran unos imbéciles. Que ¿a santo de qué venían esas chorradas de halal o no halal cuando tenía unos hijos tan pálidos y ya tan desnutridos? Que si le vuelve a pegar una sola vez, zorra más que zorra, una sola vez, ¿me oye?, la mato. ¡Y que qué era eso de tener un puto móvil todo nuevecito y gastarse diez euros al día en tabaco cuando sus hijos no tenían siquiera calcetines en pleno invierno! ¿Y qué era ese moretón de ahí? ¿Qué edad tenía ese niño? ¿Tres años? ¿Con qué le has pegado, asquerosa, para que tenga una señal así? ¿Eh?
»La mujer se fue, insultándola, y Anouk se quitó el delantal y dijo que se había acabado. Que ya no volvería, que ya no podía más.
»La otra cosa, murmuró Jeannot, era que estábamos a día 15 y su hijo aún no la había invitado por Navidad, entonces no sabía si tenía que quedarse con los regalos para sus nietos o si debía enviarlos por correo. Era una tontería, pero eso la preocupaba mucho… Y luego estaba también esta niña… no me acuerdo de su nombre… a la que Anouk había ayudado mucho en el colegio y todo eso, e incluso le había conseguido unas prácticas en el ayuntamiento, y la niña le había dicho que se había quedado embarazada… Con diecisiete años… Entonces Anouk le dijo que no hacía falta que fuera a verla más si no abortaba y…
»"¿Quiere que le diga de qué murió? Pues murió de desánimo, de eso murió. La encontró Joëlle", y me señalaba con la barbilla a la señora de "algo calentito". "En su casa ya no quedaba ná. Ni un solo mueble, ná de ná. Luego me enteré de que se lo había dao todo a la beneficencia. No había más que una butaca y, ya sabe, esa cosa por la que cae agua… ¿Una fuente? No, no, un artilugio de hospital, sí, hombre, eso con un tubito de goma… ¿Un gotero? ¡Eso es! La policía dijo que se había suicidao, y el médico respondió que no, que era más exacto decir que se había tanasiao… Y como Joëlle lloraba, le dijo que no había sufrido, que se había quedao dormida sin más. Así que bueno, por lo menos… algo es algo…"
»"Pero ¿y usted…? ¿Era un amigo suyo?"
»"Oh, se podría decir que sí, pero sobre todo era su ayudante, ¿entiende…? La acompañaba a casa de la gente, le llevaba el botiquín, esas cosas…"
Silencio.
– "Ahora nos va a salir más caro…"
»"¿El qué?"
»"Pues ir al médico…"
Sylvie se levantó. Echó un vistazo al reloj de pared, puso agua a calentar y, con la mirada perdida, prosiguió en voz muy baja:
– En el camino de vuelta, en pleno atasco, recordé una frase que había pronunciado Anouk miles de años antes, un día que nos quejábamos en los vestuarios después de una jornada especialmente dura: «Qué quieres que te diga, bonita… este trabajo nuestro sólo tiene una ventaja: podremos desaparecer sin molestar a nadie…»
Sylvie levantó la cabeza.
– Pues nada, Charles, ahora ya sabes tanto como yo…
Se puso a trajinar de aquí para allá, y Charles comprendió que ya era hora de dejarla sola. No se atrevió a darle un beso.
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