Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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– El Samu…

– Ah, sí… entonces, cuando la llamaron, le entró el pánico por completo. Creo que se había quedado traumatizada, en el sentido médico de la palabra, el de «daños y lesiones de la estructura o del funcionamiento del organismo», cuando los primeros años del sida. Creo que nunca se recuperó… Y saber que su hijo tenía muchas probabilidades de correr esa misma suerte, no, esa palabra no está bien elegida, mejor decir correr el mismo destino… Muchas probabilidades como digo de terminar como todos esos desgraciados, eso la… no sé… la partió en dos. Zaca. Como un trozo de madera. Entonces cada vez se le fue haciendo más difícil recurrir a la bebida para esconder sus problemas. Era la misma, pero ya no era ella. Era un fantasma, un autómata; una máquina que sonreía, vendaba y a la que todo el mundo obedecía. Un nombre y un número de código de empleada sobre una bata que olía a alcohol… Empezó por dimitir de su puesto de enfermera jefe diciendo que estaba hasta el gorro de resolver chorradas de papeleo, y luego quiso reducirse la jornada para poder ocuparse de Alexis. Hizo lo imposible por sacarlo del agujero y por conseguir que lo admitieran en los mejores centros. Se había convertido en su razón de vivir y, en cierta manera, también la salvó… Digamos que era un buen yugo… Una tregua corta puesto que…

Sylvie se quitó las gafas y se pellizcó la nariz largo rato antes de proseguir.

– … puesto que ese cabrón, perdóname, sé que es amigo tuyo, pero no veo otra palabra…

– No. Ya…

– ¿Cómo?

– Nada. La escucho.

– La mandó a paseo. Cuando recuperó las fuerzas suficientes para articular una idea como es debido, le anunció tranquilamente que, debido a una rehabilitación que había llevado a cabo con «el equipo de apoyo», no debía verla más. De hecho se lo anunció amablemente… ¿Comprendes, mamá?, es por mi bien, ya no puedes ser mi madre. Luego le dio un beso, algo que llevaba años sin hacer, y se marchó para reunirse con los demás en su bonito parque rodeado de grandes verjas…

«Entonces Anouk se pidió la primera baja por enfermedad de su vida… Cuatro días, recuerdo… Al cabo de esos cuatro días volvió y pidió que la pasaran al turno de noche. No sé qué razones les daría, pero las conozco de sobra: es más fácil cuidar a los enfermos cuando el barco no avanza a toda máquina… El equipo entero se portó muy bien con ella. Ella, que había sido nuestra roca, nuestra referencia, se convirtió en nuestra mayor convaleciente. Recuerdo a ese hombre maravilloso, Jean Guillemard, un médico que se había pasado la vida trabajando en la esclerosis múltiple. Le escribió una carta magnífica, muy detallada, recordándole los numerosos casos que habían seguido juntos, y concluía asegurándole que si la vida le hubiese dado más a menudo la ocasión de trabajar con profesionales tan buenos como ella, hoy en día probablemente sabría más y podría jubilarse más feliz…

»¿Estás bien? ¿No quieres otra Coca-Cola?

Charles dio un respingo.

– No, no… gracias.

– Yo, en cambio, discúlpame pero me voy a servir algo… No sabes cómo me afecta hablar de todo esto. Qué desastre… Qué desastre más espantoso… Es toda una vida, ¿comprendes?

Silencio.

– No, no podéis comprenderlo… El hospital es otro mundo, y los que no pertenecen a él no pueden comprender… Gente como Anouk o yo hemos pasado más tiempo con los enfermos que con nuestras propias familias… Era una vida a la vez muy dura y muy protegida… Una vida de uniforme… No sé cómo hacen aquellas que no tienen esto que hoy en día se considera un poco cursi, esto que llaman «vocación». No, por más que me esfuerzo por comprender, no lo consigo… Es imposible aguantar sin tener vocación… Y no hablo de la muerte, no, hablo de algo mucho más difícil todavía… de la… de la fe en la vida, creo… Sí, eso es lo más duro cuando se trabaja en estos sectores difíciles, no perder de vista que la vida es más… cómo decir… más legítima que la muerte. Algunas noches, te lo aseguro, el cansancio es muy, muy malo… porque sientes como un vértigo, ¿sabes…?, y… ¡Pero bueno! -bromeó-. ¡Qué filósofa me he puesto de repente! Ah… ¡qué lejos están nuestras batallas de caramelos en el jardín de tus padres!

Sylvie se levantó y se dirigió hacia la cocina. Él la siguió.

Se sirvió un gran vaso de agua con gas. Charles, que se había apoyado contra la barandilla del balcón, permaneció ahí, en el duodécimo piso, de pie ante el vacío. Silencioso. Indispuesto.

– Por supuesto, todas esas muestras de afecto fueron muy importantes para ella, pero lo que más la ayudó por aquel entonces (bueno, no sé si «ayudar» es la palabra adecuada por lo que ocurrió después) fueron las palabras de un solo hombre: Paul Ducat. Un psicólogo que no trabajaba en ningún servicio en concreto pero que venía varias veces a la semana a visitar a los pacientes que lo reclamaban.

»Era muy bueno, tengo que reconocerlo… Es una tontería, pero de verdad yo tenía la impresión, quiero decir una impresión física, de que hacía la misma tarea que los equipos de limpieza. Entraba en las habitaciones llenas de miasmas, cerraba la puerta, se quedaba ahí, unas veces diez minutos, otras, dos horas, no quería saber nada de nuestro trabajo, nunca nos dirigía la palabra y apenas nos saludaba, pero cuando nos ocupábamos del paciente después de marcharse él, era… ¿cómo decirte?… como si la luz hubiera cambiado… Era como si ese hombre hubiera abierto la ventana. Una de esas grandes ventanas sin pomo y que nunca se abren, por la sencilla razón de que están… condenadas.

»Una noche, tarde ya, entró en el despacho, algo que no había hecho nunca antes, pero necesitaba un papel, creo, y… y ella estaba ahí, con un espejo en la mano, maquillándose en la penumbra.

»"Perdón", dijo él, "¿puedo encender la luz?". Y entonces la vio. Lo que sostenía en la otra mano no era un lápiz de ojos o un pintalabios, sino un bisturí.

Sylvie bebió un gran sorbo de agua.

– Se arrodilló junto a ella, le limpió las heridas, esa noche y durante meses… Escuchándola largo rato, asegurándole que la reacción de Alexis era del todo normal, mejor incluso que normal, era vital, sana. Que volvería, que siempre había vuelto, ¿verdad? Que no, que no había sido una mala madre, nunca en la vida. Que él había trabajado mucho con toxicómanos, y que aquellos a los que sus padres habían querido mucho salían de la droga más fácilmente que los demás. ¡Y Dios sabe si ella había querido a Alexis, ¿verdad?! Sí, se reía, sí, ¡Dios lo sabía, desde luego! ¡Y hasta estaba celoso! Que su hijo estaba bien allí donde estaba, que ya se informaría él, que la mantendría al corriente, y que debía seguir comportándose como siempre lo había hecho. Es decir: debía estar ahí, sencillamente, y sobre todo, sobre todo, seguir siendo ella misma, porque ahora le tocaba a él recorrer el camino, y que quizá ese camino la alejara de ella… al menos un tiempo… ¿Me cree, Anouk? Y ella lo creyó y… No tienes buena cara… ¿Te encuentras bien? Estás muy pálido…

– Creo que debería comer algo pero tengo… -Charles trató de sonreír-, o sea, yo… ¿Tiene un pedazo de pan?

– ¿Sylvie? -articuló entre dos bocados.

– ¿Sí?

– Qué bien cuenta las cosas…

Su mirada se veló.

– A ver, qué quieres… desde que murió sólo pienso en todo esto… De noche, de día me vuelven sin parar a la cabeza retazos de recuerdos… Duermo mal, hablo sola, le hago preguntas, intento comprender… Ella me enseñó mi profesión, a ella le debo los momentos más fuertes de mi carrera, y también los más alegres, los más divertidos. Siempre estuvo ahí cuando la necesité, encontraba siempre las palabras que hacen a la gente más fuerte, más… tolerante… Es la madrina de mi hija mayor, y cuando mi marido enfermó de cáncer, como siempre se portó muy bien con todos nosotros… Conmigo, con él, con las niñas…

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