Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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No, no era angustia lo que tenía. Como mucho, lucidez.

En casa el ambiente era de una agitación absoluta. Laurence preparaba las rebajas (o una nueva semana de desfiles, Charles no se había enterado bien), y Mathilde, su equipaje. La semana siguiente volaba a Escocia, to improve her english, y luego se reuniría con sus primos en la costa del país vasco-francés.

– ¿Y qué hay de tu examen?

– Estoy estudiando, estoy estudiando -replicaba, dibujando grandes arabescos en los márgenes de sus libros de texto-. Ahora estoy repasando las figuras de estilo…

– Ya lo veo… El estilo «no doy ni golpe», parece, ¿no?

Estaba previsto que se reunieran con ella a principios de agosto para pasar una semana los tres juntos, antes de llevarla a casa de su padre. Después Charles ya no sabía. Se había hablado de la Toscana, pero Laurence ya no sacaba el tema, y Charles no se había atrevido a volver a poner sobre la mesa Siena y sus cipreses.

La idea de compartir una villa con esas personas que había conocido unas semanas antes durante una cena interminable en el gallinero de caoba de su cuñada no le hacía ninguna ilusión.

– ¿Y bien? ¿Qué te han parecido? -le preguntó Laurence en el camino de vuelta.

– Previsibles.

– Cómo no…

Ese «cómo no» traducía mucho hastío, pero ¿qué otra cosa podía decir Charles?

¿Vulgares?

No. No podía… Era demasiado tarde, su cama estaba demasiado lejos y esa discusión era demasiado… no.

¿Quizá debiera haber dicho «precavidos» en lugar de previsibles? Esa gente había hablado mucho de triquiñuelas legales para evitar impuestos… Sí… Quizá… El silencio en el habitáculo habría sido menos violento.

A Charles no le gustaban las vacaciones.

Marcharse una vez más, descolgar las camisas del armario, cerrar maletas, elegir, contar, renunciar a llevarse todos los libros que quería, tragarse kilómetros y kilómetros, tener que vivir en casas alquiladas espantosas o volver a los pasillos de hotel y a esas toallas que olían a lavandería industrial, tomar el sol cual lagarto varios días, decirse, aaaaah, por fin, tratar de creérselo y aburrirse.

A él lo que le gustaba eran las escapadas, los impulsos, las semanas de trabajo interrumpidas de repente; el pretexto de una cita fuera de París para perderse lejos de las autopistas.

Las casas rurales del Cheval blanc donde el talento del chef compensaba los adefesios de la decoración; las capitales del mundo entero, sus estaciones de tren, sus mercados, sus ríos, su historia y su arquitectura; los museos desiertos entre dos reuniones de trabajo; los pueblecitos que no estaban hermanados con ninguno otro; las zanjas hasta donde alcanzaba la vista; y los cafés sin terraza. Verlo todo pero no ser nunca turista. No volver a vestir jamás ese hábito miserable.

La palabra «vacaciones» tenía sentido cuando Mathilde era pequeña y, juntos, ganaban todos los concursos de castillos de arena del mundo entero. Cuántas Babilonias había erigido Charles entre dos mareas… Cuántos Taj Majales para los cangrejitos… Cuántas veces se había quemado la nuca, cuántos comentarios, cuántas conchas y cuántos vidrios pulidos… Cuántas veces había apartado el plato para terminar dibujos en servilletas de papel, cuántos ardides para dormir a la madre sin despertar a la hija y cuántos desayunos indolentes en los que su única preocupación era comérselas a las dos sin dejar migas en su libreta.

Sí, cuántas acuarelas… Y qué bien se diluía todo bajo su mano…

Y qué lejos estaba todo ya…

* * *

– Una tal señora Béramiand quiere hablar con usted…

Charles estaba mirando el correo del día. No había salido elegido su proyecto para la sede de la Borgen &Finker en Lausana.

Sintió que una losa se abatía sobre sus hombros.

Dos líneas. Ni motivo ni argumentos. Nada que pudiera justificar esa desgracia. La fórmula de cortesía era más larga que su desprecio.

Dejó la carta sobre la mesa de su secretaria.

– Para archivar.

– ¿Saco copias para los demás?

– Si tiene ánimos para hacerlo, Barbara, sólo si tiene ánimos. Yo le confieso que…

Cientos, miles de horas de trabajo acababan de irse a pique. Y, bajo las aguas, quedaban las inversiones, las pérdidas, la tesorería, los bancos, los montajes financieros, las negociaciones futuras, las tasas que habría que volver a calcular y la energía.

La energía que Charles ya no tenía. Ya se estaba alejando cuando la secretaria añadió:

– ¿Y qué hay de esta señora?

– ¿Cómo?

– Beram…

– ¿Cuál es el motivo de la llamada?

– No me he enterado muy bien… Es algo personal…

Charles ahuyentó esa palabra con un gesto de hastío.

– Lo mismo. Para archivar también.

No bajó a almorzar.

Cuando un trabajo se iba a pique, inmediatamente tenía que nacer uno nuevo; convencimiento postrero de una profesión que había hecho más frágiles todas las demás. Lo que fuera, un proyecto cualquiera. Un templo, un zoo, la propia jaula de uno si a nadie se le ocurría nada mejor, pero una sola idea, un solo trazo, y… todos salvados.

En eso estaba, pues, Charles, enfrascado en la lectura de un listado de requisitos extremadamente complicado, sujetándose las sienes con las palmas de las manos, como si intentara volver a cerrar un cráneo que se agrietaba por todas partes y tomando apuntes con los dientes apretados, cuando su secretaria, de pie en el umbral, carraspeó. (Charles había descolgado el teléfono.)

– Es la misma señora de antes…

– ¿ La Borgen?

– No… Esa llamada personal que le he comentado esta mañana… ¿Qué le digo?

Suspiro.

– Dice que es a propósito de una mujer a la que usted conocía bien…

Por cortesía desesperada, Charles le debía al menos una sonrisa.

– ¡Huy! ¡Pues anda que no he conocido yo mujeres ni nada! Dígame: ¿cómo es su voz? ¿Ronca?

Pero Barbara no sonrió.

– Una tal Anouk, creo…

12

– Es usted el de la pintura en la tumba, ¿verdad?

– ¿Cómo? Sí, pero qué… ¿con quién hablo?

– Lo sabía. Soy Sylvie, Charles… ¿No te acuerdas de mí? Trabajaba con ella en La Pitié… Estuve en vuestra primera comunión y…

– Sylvie… claro… Sylvie.

– No quiero molestarte, sólo llamaba para…

Se le había puesto la voz ronca.

– … darte las gracias.

Charles cerró los ojos, se pasó la mano por la cara, dejó a un lado su dolor, se tapó la nariz y trató de amordazarse una vez más.

Para. Para ahora mismo. No es nada, la que está emocionada es ella. Son estas pastillas que te descuajeringan por dentro sin aliviarte y esos planos perfectos que ocupan ya demasiado espacio en vuestros archivos. Contente, por Dios bendito.

– ¿Sigues ahí?

– Sylvie…

– ¿Sí?

– …

– Dequém… -farfulló-, ¿de qué murió?

– …

– ¿Oiga?

– ¿No te lo ha dicho Alexis?

– No.

– Se suicidó.

– …

– ¿Charles?

– ¿Dónde vive usted? Me gustaría verla.

– Tutéame, Charles. Antes me tuteabas, ¿sabes…? Y precisamente, tengo algo para…

– ¿Ahora puede ser? ¿Esta noche? ¿Cuándo?

A la mañana siguiente a las diez. Le dijo que le repitiera de nuevo su dirección y se volvió a poner a trabajar inmediatamente después.

En estado de shock. Esa expresión se la había enseñado Anouk. Cuando el dolor es tan intenso que el cerebro renuncia, durante un tiempo, a llevar a cabo su tarea de transmisor.

Ese anonadamiento entre el drama y los gritos.

– Entonces ¿es lo que les pasa a los patos del señor Canut cuando les cortan la cabeza y siguen corriendo como locos?

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