Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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Laurence suspiró, contrariada, y probablemente un poco aliviada también al saberse menos sola en su negligencia…

En ese mismo momento Miss Entro sin Saludar volvió con un enorme paquete mal envuelto en papel de periódico.

– ¡No dirás que no me lo he currado para encontrarte este regalo, ¿eh?!

Se lo tendió con una sonrisa de oreja a oreja.

– ¡Le he dedicado un montón de sábados!

– ¿Cómo? Pero ¡si yo creía que estabas estudiando para los exámenes con Camille! -replicó su madre.

– ¡Sí, bueno, Camille me ha ayudado! ¿Me habéis guardado un poco de champán?

Charles adoraba a esa niña.

– ¿No lo abres?

– Sí, sí -sonrió-, pero, esto… ¿no huele un poco raro?

– Pues claro -contestó ella, encogiéndose de hombros-, normal… Huele a viejo.

Charles dio unas palmadas.

– Bueno, qué, chicas, ¿hacemos como de costumbre? ¿Os llevo a cenar a Da Marco?

– Pero no irás a salir así, ¿no? -preguntó Laurence, atragantándose de espanto.

Charles no la oyó. Se contempló en el reflejo de los escaparates y en la mirada encantada de su hijastra.

– Lo que tengo que aguantar… -oyeron mascullar a su espalda.

Colgándose de su brazo, Mathilde lo tranquilizó.

– Yo te encuentro súper elegante…

Charles respondió que él también.

Era un Renoma de los años setenta, estilo ye-ye. Un impermeable de niño pera con cuellos enormes y unas mangas que le llegaban a los codos, y al que, por desgracia, le faltaban el cinturón y varios botones.

Y encima estaba roto en varios sitios.

Y apestaba. Tremendamente. Pero era… Azul.

* * *

Aquella noche no había trinchera en el edredón bordado y lo que le hacía las veces de regalo improvisado en el último momento estaba envuelto en un camisón precioso.

Para poner fin a esa situación tan violenta, Charles se volvió hacia ella.

El silencio que siguió a esa… pantomima fue bastante tenso. Para aligerarlo, soltó una bromita agridulce.

– Debe de ser por solidaridad… Parece que mis hormonas no son más dóciles que las tuyas…

A ella le hizo gracia, o al menos eso esperaba Charles, y terminó por quedarse dormida.

Él no.

Era el primer gatillazo de su vida.

Y, sin embargo, la semana anterior se había atrevido por fin a pedir consejo sobre su maldito pelo, que ahora ya se le caía a puñados, y le habían contestado que no había nada que hacer: la culpa la tenía una producción excesiva de testosterona.

– Tómeselo como una señal de virilidad -había concluido el farmacéutico con una sonrisa adorable. (Era calvo por completo.)

Conque sí, ¿eh?

Un misterio más que desafiaba su querida lógica…

Pero con éste eran ya demasiados. En todo caso, era demasiado humillante.

Ya basta, pensó, ya basta. Tenía que librarse de todas esas tonterías que tanto le pesaban, dejar de quejarse tanto y volver a hacer pie.

No cumplir sus plazos de entrega, hacer novillos para perderse conferencias en la otra punta del mundo, malgastar el dinero del estudio, perder el tiempo en abadías en ruinas, hablar con fantasmas, hacerlos revivir por el placer morboso de pedirles perdón, destrozarse los pulmones, estropear el material y cargarse la espalda entre las sábanas de su juventud, pase; pero ¡no empalmarse, eso sí que no!

– ¿Entendido? Basta ya -repitió en voz alta para asegurarse de que se había oído a sí mismo.

Y, para demostrarse su buena fe, volvió a encender la luz. Extendió el brazo y se metió entre pecho y espalda el decreto del 22 de marzo de 2004 relativo a la resistencia al fuego de los materiales, elementos de construcción y de obra.

Las directivas, las decisiones, el código, el decreto, las disposiciones, la opinión del comité, la propuesta del director del comité de Seguridad Civil, los veinticinco artículos y los cinco anexos.

Después de eso, se durmió acariciándose el pito.

Oh, nada, apenas un poquito.

Púdico empellón de un general derrotado a su soldado más fiel. Es hora de retirarse, mi valiente, es hora de retirarse.

Los cuervos se encargarán del resto…

9

E hizo como había dicho que haría: lo mandó todo a la mierda. A Tristán, a Abelardo, al pequeño Marcel y a toda aquella panda de idiotas sentimentales.

No reparó en que había llegado la primavera. Trabajó más todavía. Hurgó entre las cosas de Laurence y le robó unos somníferos. Vegetaba en el sofá, se iba a la habitación cuando había pasado el peligro de una improbable intimidad, se dejó crecer una especie de barba que suscitó en un primer momento las burlas de sus dos compañeras de piso, después sus amenazas y por fin su indiferencia.

Estaba ahí. Luego ya no.

Abusaba de la paciencia de los demás y les daba gato por liebre, pero como quien no quiere la cosa. Adoptaba un aire de mucha concentración cuando le dirigían la palabra y pedía precisiones cuando su interlocutor ya no podía oírlo.

No oía esos murmullos a su espalda.

Y no comprendía por qué se habían suspendido tantos proyectos. Las elecciones, le contestaban. Ah, sí… Las elecciones…

Deshizo unos entuertos tremendos, se tiró horas al teléfono y en interminables reuniones con hombres y mujeres que exhibían siempre nuevas siglas. Se tragó oficinas de verificación, comités de defensa, misiones de coordinación, centros de estudios, controladores técnicos, Socotec y despachos Veritas a punta pala, nuevos artículos que modificaban el CCH imponiendo un CT obligatorio para las ERP de las cuatro primeras categorías, las IGH y los edificios de clase C; becarios de cámaras de comercio, alcaldes megalómanos, adjuntos incompetentes, legisladores locos, empresarios hastiados, diagnosticadores alarmistas y observadores de las cosas más absurdas.

Una mañana, una voz le recordó que las obras que tenía en activo producían 310 millones de toneladas de desechos al año. Una noche otra voz, menos agresiva ésta, le entregó por fin la evaluación numérica de la vulnerabilidad de las existencias para un proyecto que se anunciaba infernal.

Estaba agotado, ya no escuchaba a nadie, pero apuntó esas palabras en una página de su libreta: la vulnerabilidad de las existencias.

– ¡Buen fin de semana!

El joven Marc, con un enorme bolsón al hombro, vino a despedirse de él, y, al ver que el jefe no reaccionaba, añadió:

– Dígame una cosa… ¿recuerda usted el concepto de fin de semana?

– ¿Cómo? -contestó Charles por educación y para sacudirse de encima el letargo.

– El fin de semana, ¿sabe a qué me refiero? Esos dos días del todo absurdos que hay hacia el final de la semana…

Charles esbozó una sonrisa cansada. Apreciaba a ese chico. Veía en él algunos rasgos suyos del pasado…

Esa febrilidad un poco torpe, esa curiosidad insaciable y esa necesidad de erigirse Maestros y de sacarles todo el jugo posible, de leer todo lo que hubieran escrito sobre ellos, absolutamente todo y en especial lo más abstruso. Las teorías oscuras, los discursos más difíciles de encontrar, los facsímiles de bosquejos, las sumas traducidas al inglés, encumbradas, publicadas de cualquier manera y que nadie había comprendido jamás. (Y, al pensarlo, Charles daba gracias al cielo, si a la edad de Marc él hubiera tenido internet y sus tentaciones, en qué abismos se habría adentrado…)

Y esa enorme capacidad para el trabajo, esa discreción cortés, esa manera de resistirse al tuteo, esa seguridad en sí mismo que no tenía nada que ver con la falsa modestia y la ambición pero que debía de hacerle creer que, a fin de cuentas, el premio Pritzker de Arquitectura era una peripecia de vida que se podía llegar a considerar, e incluso, incluso esa larga cabellera que pronto iría clareando…

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