Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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No se movieron de ahí, permanecieron de pie en la oscuridad, y todo lo que supo Charles de la vida de Anouk en ese momento de la suya propia fue que ya no tenía el pelo mojado.

Ella lo apretaba con tanta fuerza contra la puerta que el picaporte se le clavó en los riñones. Pero no tuvo la presencia de ánimo de notar dolor pues Anouk ya lo estaba besando.

Y, después de buscarse durante tanto tiempo, cayeron el uno en brazos del otro.

Se comían la cara, se devoraban mutuamente y…

Nunca habían estado tan lejos el uno del otro…

Charles luchaba con las horquillas de su moño mientras ella hacía lo propio con su cinturón, él le apartaba el pelo de la cara, y ella, la tela del pantalón, él trataba de mantener su rostro levantado mientras ella se empeñaba en bajarlo, él buscaba las palabras adecuadas, palabras que había repetido miles de veces y que habían evolucionado con él, mientras ella le suplicaba que se callara, él la obligaba a mirarlo mientras ella se hacía a un lado para morderle la oreja, él se hundía en su cuello mientras ella lo mutilaba hasta hacerle sangre, él no había empezado aún a tocarla cuando ella ya había enroscado su cuerpo alrededor de la pierna de él y se arqueaba, gimiendo.

Él tenía entre las manos al amor de su vida, el embrujo de su infancia, la más hermosa de todas las mujeres, la obsesión de tantas noches y la razón de tantas medallas, mientras que ella… ella tenía entre las manos algo muy distinto…

El sabor de la sangre, el peso del alcohol, el olor de su sudor, el roce de sus gemidos, ese dolor en la espalda, su violencia, sus órdenes, sus uñas, nada de todo aquello mermó su fine amor. Era más fuerte que ella, logró inmovilizarla, y Anouk no tuvo más remedio que oírle murmurar su nombre. Pero pasaron a lo lejos unos faros, y él vio su sonrisa.

Entonces Charles renunció. Le devolvió los brazos, las pulseras torcidas, dobló las rodillas y cerró los ojos.

Ella lo tocó, lo acarició, se tumbó sobre él, deslizó los dedos dentro de su boca, le lamió los párpados, le susurró al oído palabras inaudibles, tiró de su mandíbula para que gritara, obligándolo a callarse, tomó su mano, escupió en ella y la guió, ondulando, retorciéndose, arrastrándolo, rompiéndolo casi…

Y maldito él. Maldito el que era. Malditos los sentimientos. Maldita. Maldito ese fraude… La apartó de él.

No era eso lo que quería.

Y, sin embargo, había soñado con todo aquello. Los peores excesos, las fantasías más increíbles, la ropa arrancada, su dolor, su placer, sus súplicas, la saliva de ambos, el semen y los besos, el… todo. Lo había imaginado todo, pero no eso. La amaba demasiado.

Demasiado bien, demasiado mal, demasiado de cualquier manera seguramente, pero demasiado en todo caso.

– No puedo -gimió él-. Así no…

Ella se puso rígida y se quedó un momento desconcertada, antes de dejarse caer hacia delante, apoyando la frente contra su pecho.

– Perdón -siguió diciendo él-, perd…

Ella se retorció una última vez para ponerse bien el vestido. Lo vistió a él en silencio, le abrochó el cinturón, le alisó la camisa, sonrió al ver el número de ojales sin botón y, con su piel suave y los brazos extendidos a ambos lados del cuerpo, volvió junto a él y se dejó abrazar por fin.

Perdón. Perdón. Charles no supo decir más que eso. Sin saber de hecho si se dirigía a ella o a él mismo.

A su alma o a su entrepierna.

Perdón.

La abrazaba con fuerza, respiraba su nuca, le acariciaba el pelo, recuperaba veinte años y diez minutos perdidos. Oía el latido de su corazón, contenía ese desastre mientras los aplausos se colaban desde abajo entre los listones del parqué, y buscaba… otras palabras.

Otras palabras.

– Perdón.

– No… la culpa es mía -dijo una vocecita que…-. Yo… -se quebró-. Creía que habías crecido…

Lo llamaban a gritos por su nombre. Lo buscaban en el jardín. ¡Charles! ¡La foto!

– Ve. Ve con ellos. Déjame. Yo bajaré más tarde.

– Anouk…

– Déjame, te digo.

Sí que he crecido, quiso contestar, pero el tono de su última réplica lo disuadió de ello. Entonces obedeció y se fue a posar para la foto, entre sus hermanas y sus padres, como el niño bueno que era.

* * *

Claire acababa de apagar la luz.

Y después abortó.

Y Alexis siguió destrozándose. Pero tocaba como un dios, decían…

Charles se marchó. Primero a Portugal y luego a Estados Unidos.

Dejó el Massachussets Institute of Technology con una bonita medalla, el vocabulario suficiente para traducir canciones de amor y una novia australiana.

La perdió en el camino de vuelta.

Sufrió por ello. Mucho. Trabajó para otros. Terminó por sacarse su último diploma. Se inscribió en la Orden Regional de Arquitectos. Clavó su placa en la puerta del estudio. Ganó, por motivos nada claros, un concurso que lo superaba con mucho. Trabajó como un" loco. Terminó por aprender, a costa suya muy a menudo, que «la responsabilidad del arquitecto autónomo es ilimitada y que tiene que estar asegurado en todo lo que diga, haga y escriba». Exigió pues un acuse de recibo cada vez que le sacaba punta al lápiz. Se asoció con un joven que tenía mucho más talento que él pero era menos ingenioso.

Le dejó la gloria, el relumbrón y las entrevistas; él se quedó la parte de sombra, sintió un gran alivio por ello, se encargó de lo más ingrato y permitió así que todo lo que precede se mantuviera en pie.

Volvió a ver a Anouk. Compartió con ella almuerzos de buen rollo en los que sólo hablaban de su infancia. La seguía encontrando igual de guapa, pero ya no dejaba que se diera cuenta. Enterró a su abuela. Se enfadó definitivamente con Alexis. En aquellos años perdió bastante pelo y adquirió, bajo esa frente tan ancha, una suerte de reputación. Una etiqueta de calidad, una garantía de producto, como dirían los ganaderos. La cogió de la mano una última vez. Ya no tuvo el valor de ver cómo se hundía. Canceló un almuerzo, demasiado trabajo, y otro más. Y otro.

Lo canceló todo.

Dibujó muchos planos, compró el local, tuvo aventuras, renunció a los bares de jazz que siempre lo entristecían un poco y conoció, entre sus «pequeños» proyectos sin factura, a un hombre empeñado en llenar su casa de mármol que tenía una mujer muy guapa.

Construyó una casa de muñecas.

Y a ella se mudó.

Terminó por quedarse dormido a ras del suelo, en un sofá-cama hecho polvo, entre paredes que habían sido testigo de todo aquello.

Es decir, de poca cosa.

Había vuelto a la casilla de salida, había perdido a una y a otra, quizá incluso a la tercera, y pocas horas después le dolería muchísimo la espalda.

8

Charles volvió a casa a la vez que Mathilde y le concedió a Laurence esa famosa «conversación» que tan importante era para ella un sábado por la tarde que estaban los dos solos en el piso.

No fue una conversación, de hecho. Más bien una larga queja. Un enésimo juicio. Al final Laurence lloró incluso. Era la primera vez, y Charles se conmovió. Le tomó la mano. Laurence salió del mal paso echándole la culpa a un probable bajón de estrógenos y a sus desequilibrios hormonales. Añadió que él no podía entenderlo y soltó su mano de la suya. Charles salió de ese mal paso descorchando una botella de champán.

– ¿Qué celebramos? ¿Mi sequedad vaginal? -se rió ella, cogiendo la copa que él le tendía.

– No. Mi cumpleaños.

Laurence se dio una palmada en la frente y fue a darle un beso.

Mathilde llegó poco después. Se había ido al mercadillo con sus amigas y fue directamente a encerrarse en su cuarto, dejando en el camino un «'nas noches» apenas articulado y un par de bailarinas dadas de sí.

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