Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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Se cogió un cabreo desmesurado.

Golpeó la máquina, abolló uno de los archivadores de una patada, soltó tacos, bramó, cubrió de insultos al pobre Marc que había tenido la pésima idea de acudir en su ayuda y pagó con todos los demás el absurdo de aquellos últimos meses y el peso de sus cuernos.

«¡El papel! ¡El papel!», repetía como un loco. No quiso ir a comer. Bajó a fumar al patio y se tuvo que tragar los problemas de goteras del vecino de abajo.

– Pero ¿por qué me cuenta todo eso? ¿Acaso soy fontanero?

Masculló disculpas que nadie oyó. Estuvo a punto de volver a pillarse otro cabreo monumental al descubrir el expediente de gastos de la obra de la PRAT en Valenciennes, renunció y, habiendo recuperado la sensatez y la seriedad, volvió a enfrascarse en sus planos el resto de su vida.

Al final de la tarde habló con su abogado por teléfono.

– ¡Llamo para darle noticias de sus juicios! -bromeó éste.

– ¡No, se lo suplico, no! -contestó Charles en el mismo tono-. ¡Precisamente le pago una fortuna para que no me dé noticias!

Y después de una conversación que duró más de una hora y que el abogado contó como parte de sus honorarios, Charles pronunció estas palabras de las que al instante se arrepintió:

– Y usted… ¿se ocupa también de asuntos familiares?

– ¡Dios santo, no! ¿A qué viene esa pregunta?

– No, nada. Bueno… me vuelvo a mis responsabilidades… para crearle así más ocasiones de desplumarme…

– Ya se lo he dicho, Balanda, la responsabilidad es el corolario de la competencia profesional.

– Escuche, le confesaré algo… Encuentre otra cosa la próxima vez porque esa frase ya no la soporto…

– ¡Jajá! Ah, por cierto, ¡no se me olvida que le debo un almuerzo en L'Ambroisie!

– Sí, sí… Si es que para entonces no estoy en la trena…

– ¡Huy, pero si eso es lo mejor que podría pasarle a nuestra República, amigo mío! Que alguien como usted se interesara por nuestras cárceles…

Charles observó su mano apoyada sobre el auricular durante mucho rato.

«¿A qué viene esa pregunta?»

Sí, ¿a qué venía? Era ridículo. Si él no tenía familia…

* * *

Cosa extraña, no fue el último en marcharse del estudio y decidió ir andando al Arsenal.

En la plaza de la Bastilla, escuchó los mensajes de su buzón de voz.

«Tenemos que hablar», decía la máquina.

Hablar.

Vaya una idea más rara…

No era tanto el alejamiento de la orilla lo que lo dejaba perplejo, sino más bien su… alterabilidad.

Y, sin embargo… Quizá. Cancelando ciertas citas, marchándose lejos, cerrando de nuevo las cortinas de una habitación de hotel en pleno día, o… Pero lo que el hombre fantaseaba mientras recorría el bulevar Bourdon, el arquitecto lo desbarataba al instante: el terreno, a un lado y a otro, se había vuelto demasiado movedizo, y, ese porvenir, ya iba siendo hora de reconocerlo, no se podía construir.

El edificio había aguantado en pie once años.

Y el cerebro de la obra soltó una risita al cruzar la calle. Esta vez no podían venir a darle la tabarra con su responsabilidad decenal.

Cumplió con su deber, estrechó las manos adecuadas y dio recuerdos a quien debía darlos. Hacia las once, de pie en la noche delante de esa estatua de Rimbaud que odiaba (habían destrozado al hombre de las suelas de viento y bajo esa ridiculez podía leerse ahora: «el hambre de las suelas de viento»), vaciló un momento y se equivocó de dirección.

O, al contrario, encontró la adecuada.

7

– ¿Qué horas son éstas? -le espetó ella, con una mano en jarras.

Charles hizo ademán de empujarla contra la pared y se dirigió a la cocina.

– Pero ¿de qué vas? Qué morro tienes… ¿Por qué no has llamado? Podría haber tenido compañía, mira tú por dónde…

Vio la mueca en su cara y se echó a reír.

– Sí, vale… he dicho que «podría haber tenido», ¿vale? Podría haber tenido…

Le dio un beso.

– Venga, haz como si estuvieras en tu casa -añadió-, de hecho, es tu casa… Welcome home, cariño, ¿qué te trae por aquí? ¿Vienes a subirme el alqui…? Oh, oh -dijo-, a ti te pasa algo… ¿Otra vez te están fastidiando los rusos?

Charles no sabía por dónde empezar, ni siquiera si tendría el valor de encontrar las palabras adecuadas, de modo que optó por lo más sencillo:

– Tengo frío, tengo hambre y quiero amor.

– Jooooder… ¡Pues la cosa está chunga, pero que muy chunga! Anda… ven conmigo.

– Puedo hacerte una tortilla con huevos que ya no están frescos y con mantequilla caducada, ¿te parece bien?

Lo miró comer, abrió una cerveza para los dos, se despegó el parche de nicotina y le robó un cigarrillo.

Charles apartó su plato y se la quedó mirando en silencio.

Ella se levantó, encendió la lamparita de debajo de la campana extractora, apagó las demás luces, volvió y colocó el taburete de tal manera que pudiera apoyar la espalda contra la pared.

– ¿Por dónde empezamos? -murmuró.

Charles cerró los ojos.

– No lo sé.

– Claro que sabes… Tú siempre lo sabes todo…

– No. Ya no…

– Oye…

– ¿Qué?

– ¿Sabes de qué ha muerto?

– No.

– ¿No has llamado a Alexis?

– Sí, pero se me olvidó preguntárselo…

– ¿En serio?

– Me tocó las narices y colgué.

– Ya veo… ¿Algo de postre?

– No.

– Qué bien porque no tengo… ¿Quieres…?

– Laurence me engaña -la interrumpió.

– No será la primera vez -se rió ella-. Huy, perdón…

– ¿Tanto se notaba?

– No, hombre, no, era una broma… ¿Quieres un café?

– O sea, que se notaba mucho…

– También tengo una infusión «vientre plano», si prefieres…

– ¿Soy yo quien ha cambiado, Claire?

– O «noches tranquilas»… Ésa también está bien, noches tranquilas… Relaja… ¿Qué decías?

– Ya no puedo más. Ya no puedo más.

– Eh… ¿no estarás incubando la crisis de los cincuenta? La mid-life crisis, como la llaman…

– ¿Tú crees?

– Tiene toda la pinta…

– Qué horror. Me habría gustado ser más original… Me parece que me decepciono un poco a mí mismo -consiguió bromear Charles.

– ¿No será tan grave, no?

– ¿Envejecer?

– No, lo de Laurence… Para ella es como ir a un balneario… Es… no sé… Para ella es como exfoliarse el cutis… Esos pequeños retoques que se da como quien no quiere la cosa seguro que son menos peligrosos que el Botox…

– …

– Y además…

– ¿Qué?

– Siempre estás fuera. Trabajas como un poseso, siempre estás preocupado, no sé, ponte un poquito en su lugar, tú también…

– Tienes razón.

– ¡Pues claro que tengo razón! ¿Y sabes por qué? Porque soy igual que tú. Utilizo mi trabajo para no tener que pensar. Cuantos más casos horribles tengo, más contenta estoy. Genial, me digo, mira cuántas horas salvadas y… ¿y sabes para qué trabajo yo?

– ¿Para qué?

– …

– Para olvidar que mi mantequillera apesta…

– ¿Cómo quieres que la gente nos sea fiel? Fieles ¿a qué, a quién? Fieles ¿cómo? Pero… a ti te gusta tu trabajo, ¿no?

– Ya no lo sé.

– Sí, sí que te gusta. Y te prohíbo que te pongas en plan tiquismiquis con tu trabajo. Es un privilegio que nos cuesta ya bastante caro… Y además tienes a Mathilde…

Tenía a Mathilde.

Silencio.

– Para -dijo Claire, irritada-, no puedes reducir a esa niña a un bien ganancial… Y además, no te has ido de casa…

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