Desgraciado es lo contrario de feliz.
¿Qué quiere decir fel…?
No. Nada. Cerró los ojos.
Y cuando se decidió por fin a salir de su marasmo para volver al trabajo, oyó el ruido de la llave en la cerradura.
Laurence pasó delante de él sin verlo y se dirigió al cuarto de baño.
Se limpió el semen del otro.
Fue a su habitación, se vistió y volvió al cuarto de baño para maquillarse.
Abrió la puerta de la cocina.
A falta de inquietud, Charles adivinó su irritación. Pero Laurence aguantó y se preparó un café antes de disponerse a afrontarlo.
Qué sangre fría, pensó él, qué puta sangre fría…
Se acercó soplando sobre su taza, se sentó en la butaca frente a él y le sostuvo la mirada en la penumbra.
– ¿Qué quieres que te diga? -le preguntó, sentándose sobre las piernas cruzadas.
– Nada.
– ¿Esta vez te has acordado de recoger la maleta de la cinta?
– Sí. Gracias. De hecho…
Estiró el brazo y cogió la bolsa de plástico que estaba junto a su maletín.
– Mira lo que le he encontrado a Mathilde…
Se puso una gorra en la que ponía I love Canadá con grandes cuernos de alce de felpa a cada lado.
– Es graciosa, ¿verdad? Creo que debería quedármela yo…
– Charles…
– Cállate -la cortó-, acabo de decirte que no tengo ganas de oírte.
– No es lo que tú te…
Charles se levantó y fue a dejar la taza en la cocina.
– ¿Qué son todas estas fotos?
Volvió para quitárselas de las manos y las guardó otra vez en el sobre.
– Quítate esa ridícula gorra -suspiró Laurence.
– ¿Qué hacemos?
– ¿Cómo?
– ¿Qué hacemos juntos?
– Hacemos como el resto de la gente. Hacemos lo que podemos. Tiramos hacia delante.
– Sin mí.
– Ya lo sé. Hace tiempo que ya no estás aquí, mira tú por dónde…
– Vamos -respondió, sonriéndole con ternura-, me estás robando la escenita de celos… No inviertas los papeles, bonita, dime más bien lo que…
– Lo que ¿qué?
– No. Nada.
Laurence levantó una cadera y se rascó algo debajo de la falda. -Oye… has adelgazado, ¿no?
Charles recogió sus cosas, se cambió de camisa y se marchó, cerrando la puerta sobre ese vodevil tan malo.
– ¡Charles!
Laurence corrió y lo alcanzó en la escalera.
– Para… No era nada… Sabes que no era nada…
– Claro… Por eso mismo te pregunto qué hacemos aún juntos.
– No, si yo me refería a lo de esta noche…
– Anda, ¿de verdad? -preguntó desolado-. ¿Ni siquiera ha estado bien? Pobrecita mía… Cuando pienso que te tenía preparada una botella de Pomerol a temperatura ambiente… Reconoce que la vida es muy cruel…
Bajó unos escalones más antes de anunciar:
– No me esperes esta noche. Tengo un cóctel en L'Arsenal y…
Laurence lo retuvo agarrándolo de la manga de la chaqueta.
– Para -murmuró.
Charles se detuvo.
– Para…
Y se dio la vuelta.
– ¿Mathilde?
– ¿Qué pasa con Mathilde?
– No me impedirás que la vea, ¿verdad?
Noticia bomba, leyó como una sombra de pánico en ese rostro tan hermoso.
– ¿Por qué me dices eso?
– Ya no tengo fuerzas de quitar la mesa, Laurence. Te… te necesitaba, creo y…
– Pero ¿qué…? Pero ¿dónde estás? ¿Dónde vas? ¿Qué haces?
– Estoy cansado.
– Eso ya lo sé. Gracias. Ya me lo has dicho cientos de veces. Pero ¿qué es ese cansancio? ¿Qué significa exactamente?
– No lo sé. Estoy tratando de entenderlo.
– Ven -le suplicó bajito.
– No.
– ¿Por qué?
– Es demasiado triste esto en lo que nos hemos convertido. No podemos seguir así sólo por ella. No… Acuérdate… Y también fue en una escalera, de hecho… Acuérdate de lo que me dijiste el… el primer día…
– A ver, ¿qué te dije? -preguntó, exasperada.
– «Se merece algo mejor.»
Silencio.
– Si no fuera por ella -prosiguió Charles-, te habrías marchado tú. Y hace mucho tiempo…
Sintió que sus uñas se le clavaban en el hombro.
– ¿Quién es esa mujer morena que sale en las fotos? ¿Es ella, la muerta de la que me hablaste el otro día? ¿La madre de no sé quién? ¿Es ella la que pone nuestras vidas patas arriba desde hace semanas? ¿Quién es? ¿De qué va esta historia? ¿Es una historia en plan El graduado?
– No podrías entenderlo…
– ¿Ah, no? Pues venga -le espetó, furiosa-, dímelo tú. Dímelo tú puesto que yo soy tan estúpida…
Charles vaciló. Había una palabra que… Pero no se atrevió a pronunciarla.
No se atrevió por ella. Por Anouk. Una palabra de la que nunca había estado seguro. Una palabra que se había quedado atascada en los engranajes de su vida durante todos esos años y que había terminado por estropear la bonita maquinaria.
Entonces eligió otra en su lugar. Menos definitiva, más cobarde.
– La ternura…
– No sabía que habíamos llegado a eso -replicó Laurence.
– …
– ¿Ah, no? Qué suerte tienes…
– Laurence…
Pero ella ya se había dado la vuelta y había subido los escalones, alejándose de él.
Durante un segundo, pensó en seguirla, pero la oyó tararear God bless you please, Missis Robinson, na nana nana y entonces se dio cuenta de que no había entendido nada.
Que nunca querría entender nada.
Y, agarrándose a la barandilla, siguió bajando la escalera.
Sí, eso… Que Dios la bendiga.
Es lo mínimo que podía hacer Dios después de haberle hecho tanto daño.
El coche de Laurence estaba aparcado a unos metros del portal. Pasó por delante de él, se detuvo, volvió sobre sus pasos, garabateó unas palabras en una hoja de su libreta y la encajó debajo de uno de los limpiaparabrisas.
¿Qué era aquello? ¿Remordimiento? ¿Algún anhelo? ¿Una declaración? ¿Un adiós?
No. Era…
«Mathilde me ha dicho que te diga que de acuerdo para el sábado.»
Era lo que era él.
Exactamente.
Charles Balanda. Nuestro hombre. Cuarenta y siete años dentro de una semana, amancebado cornudo sin derecho alguno sobre la niña a la que había criado, lo sabía muy bien. Ningún derecho, pero mucho más que eso. Sus atenciones con ella, esa notita en una hoja mal arrancada o la prueba de que la maquinaria no estaba estropeada del todo. Esa niña resistiría, ella sí.
Se alejó palpándose los bolsillos en busca de un pañuelo.
Se había equivocado.
En el avión no había llorado todo lo que tenía que llorar.
Los saludó brevemente y volvió a sus reposabrazos desgastados. Le costó concentrarse. Empezó por el correo electrónico: 58 mensajes. Suspiró. Separó el grano de toda la demás mierda sacudiendo la cabeza con movimientos bruscos para librarse de sus preocupaciones domésticas. Abrió sin querer el spam siguiente: greeting Charles, balancia did you ever ask yourself is my penis big enough? Esbozó una sonrisita un poco forzada, escuchó las quejas de todos, repartió ánimos y consejos, comprobó el trabajo del joven Favre, frunció el ceño, cogió su bloc de notas y lo garabateó a una velocidad alucinante, cambió de pantalla, reflexionó mucho rato, ahuyentó el rostro de Laurence, trató de comprender, rechazó varias llamadas para no perder el hilo de sus pensamientos, corrigió varios errores, cometió otros más, consultó sus apuntes, hojeó sus biblias, trabajó, reflexionó otro poco, mandó a imprimir unas páginas y se levantó desperezándose.
Se dio cuenta de que ya eran las tres, se tiró un buen rato delante de la impresora, por fin reaccionó y buscó en vano una resma de papel.
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