Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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Estaba enamorado.

Ella se inspeccionaba los talones mientras él enseñaba su carné de estudiante a porteras que parecían sacadas de una fotografía de Doisneau, la cogía por la cintura, blandía el dedo índice y la besaba en el cuello mientras ella buscaba el rostro de la señora Lavirotte, la mujer del gran arquitecto, esculpido en la fachada de su casa en la avenida Rapp o las ratas de la iglesia de Saint-Germain-1'Auxerrois.

«No las veo…», se desesperaba ella.

Normal. Charles le había indicado la gárgola que no era, para poder disfrutar más tiempo de su perfume Chanel n.° 5.

Sus mejores cuadernos de dibujo son de esa época, cuando todas las cariátides de París le debían algo: la curva de su hombro, su bonita nariz o el contorno de su pecho.

Un tío lo adelantó de mala manera, agitando el brazo por la ventanilla.

Después de cruzar el Sena, se calmó. Recordó que iba camino de casa y que entonces la vería, y eso le dio alegría. A ella y a Mathilde, sus dos cascarrabias…

Dos gruñonas que se las hacían pasar canutas…

Pero bueno, no estaba mal… Era un poco cansado, a veces, pero más divertido.

5

Decidió sorprenderlas preparándoles una cena bien rica. Se pensó el menú mientras hacía cola en la carnicería, compró flores y también un buen vino.

Puso música, se remangó, buscó un trapo limpio y lo cortó todo en rodajas muy finitas: el ajo, la chalota, su debilidad y las aventuras de Laurence. Esa noche, tregua, las escucharía a ellas.

La emborracharía y la acariciaría el mayor tiempo posible. Al desnudarla, se libraría de su piel de fantasma, y al lamerla, olvidaría la amargura de los últimos días. Enterraría a Anouk, olvidaría a Alexis, llamaría a Claire para decirle que la vida era bella y que la mujer de su amante tenía voz de pito. Iría a recoger a Mathilde al colegio al día siguiente y le regalaría la voz, cascada y mucho más hermosa, de Nina Simone.

I sing just to know that I'm alive.

Sí.

Él. Él estaba vivo.

Bajó un poco el fuego, puso la mesa, se duchó, se afeitó, se sirvió una copa de vino y se acercó a los bailes pensando en la imprenta del tonto de Voernoodt.

Después de todo, tampoco era tan grave… Por una vez, trabajaría sin tener que atenerse a un presupuesto, sin desfase horario y sin dramas. Qué lujo… Recordó esa expresión de tipógrafos enfadados que tanto le había gustado: querer mandarlo todo al garete era amenazar con «cagarse en el cajetín de los apóstrofos». Bueno, les prometía no atinar tanto con la puntería.

Salvar al menos la luz…

El vino era perfecto, la olla a vapor siseaba, y Charles escuchaba a Sibelius mientras esperaba a que volvieran dos bonitas parisinas. Todo iba bien.

Faltaba poco para el final de la Sinfonía n.° 2, silencio.

Silencio dentro de su cabeza.

* * *

Lo despertó el frío. Gimió, ay, su espalda, y tardó unos segundos en comprender dónde estaba. La noche se había quemado y la cena… no, mierda, pero ¿qué hora era?

Las diez y media. Pero ¿qué…?

Llamó a Laurence, buzón de voz.

Dio con Mathilde.

– Pero chicas, ¿dónde estáis?

– ¿Charles? Pero… ¿tú no estabas en Canadá?

– ¿Dónde estáis?

– Pues son vacaciones… Estoy con mi padre…

– ¿Ah, sí?

– ¿No está mi madre en casa?

Huy, no le gustaba nada esa vocecita que ponía ahora Mathilde…

– Espera, acabo de oír la puerta del ascensor -mintió-, te dejo… Te volveré a llamar mañana…

– ¡Oye!

– ¿Qué?

– Dile que de acuerdo para el sábado. Ella sabrá a qué me refiero.

– Vale.

– Y otra cosa… ¿Sabes?, la escucho todo el rato, tu canción…

– ¿Cuál?

– Sí, hombre… ya sabes… la de Cohen…

– ¿Ah, sí?

– Me encanta.

– Fantástico. Entonces, ¿por fin voy a poder adoptarte?

Y colgó adivinando su sonrisa.

Lo que siguió después es más triste.

Charles guardó el disco de Sibelius en su funda, se puso un jersey, fue a la cocina, levantó las tapaderas, empezó por separar lo demasiado hecho de lo carbonizado, suspiró y terminó por tirarlo todo a la basura. Aún tuvo el valor de poner las cacerolas en remojo, cogió la botella de vino y lanzó una última mirada a esos candelabros ridículos…

Apagó la luz, cerró la puerta y… ya no supo qué hacer.

De modo que no hizo nada.

Esperó.

Bebió.

Y, como en su habitación de hotel la «noche» anterior, no le quitó ojo al segundero de su reloj.

Trató de leer.

Pero no pudo.

¿Una ópera, entonces?

Demasiado ruidosa.

Recuperó la calma hacia medianoche. Laurence no era ese tipo de mujer que se arriesga a perder un bonito zapatito en la calle…

Pero no.

Esa noche no había ningún hada madrina…

Calculaba que volvería hacia las dos. Una cena en buena compañía y el tiempo de encontrar un taxi, dos horas, podía ser.

Pero no.

Descorchó la segunda botella.

Las tres menos cuarto, se estaba deprimiendo.

Esto está muerto.

Una expresión de Mathilde que no quería decir nada.

¿Qué estaba muerto?

Nada.

Todo.

Bebió en la oscuridad.

Le estaba bien empleado.

Así aprendería a volver sin avisar…

Fue a buscar el sobre con las fotos.

A esas alturas, qué más daba meter el dedo en la llaga un poco más.

Alexis y él. De niños. Amigos. Hermanos. En el parque, en el jardín, en el patio del colegio, en la playa, el día del Tour de Francia, en casa de su abuela, dando de comer a los conejos de la granja y detrás del tractor del señor Canut.

Alexis y él. Cogiéndose por los hombros. Siempre. Y para siempre. Habían mezclado la sangre de uno con la del otro, salvado a un pajarito y robado un número de la revista Lui en el café-kiosco de Brécy. Lo habían leído detrás del lavadero, se habían reído mucho, pero seguían prefiriendo sus tebeos. Se la habían cambiado al gordo de Didier por una vuelta en su Vespino.

Alexis antes de una audición. Serio, con la camisa abotonada hasta arriba, una corbata que le había regalado Henri y la trompeta apoyada contra su corazón.

Anouk después de esa misma audición. Orgullosa. Emocionada. Con el dedo índice debajo del ojo y el rímel corrido.

Nounou en el extremo del banco con Claire en su regazo. Claire, con la cabeza inclinada, debía de estar jugando con sus anillos.

Su padre. Foto cortada. Sin comentarios.

Él de estudiante con mucho pelo. Agitando la mano ante la cámara y haciendo muecas.

Anouk bailando en casa de sus padres.

Vestido blanco, pelo recogido, la misma sonrisa exactamente que en la primera foto, bajo el cerezo, casi quince años antes.

Sin embargo, pocas horas después, ella…

Qué más da.

Charles se reclinó hacia atrás. Pero… ¿de qué vas?, se fustigó. Estás ahí, revolviéndote en el pasado como un cerdo en su cochiquera cuando lo que debería preocuparte es el presente. Lo que se va a la mierda es el presente, chaval. ¿Eres consciente de que tu mujer está en la cama con otro mientras tú lloriqueas con tu pantaloncito corto?

Reacciona, maldita sea. Levántate. Grita. Da puñetazos contra la pared. Ódiala. Sangra.

Por favor…

¡Al menos llora!

He llorado todo lo que tenía que llorar en el avión.

¡Entonces di que eres desgraciado!

¿Desgraciado? Sacudió la cabeza de lado a lado. Pero… ¿qué quiere decir desgraciado?

Has bebido demasiado, lo sabrás dentro de unas horas…

No. Nunca había estado tan lúcido, al contrario.

Charles…

¿Qué pasa ahora?, se irritó.

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