Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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– Cuénteme lo que pasó.

Ella pareció aliviada. Le traía sin cuidado que fuera arquitecto o charcutero, y ya no aguantaba más sin compartir con nadie todo lo que estaba a punto de contarle. De hecho, era el motivo por el que se había permitido insistirle a esa secretaria tan creída… Encontrar a alguien que la hubiera conocido, contarlo todo, soltar el lastre, vaciar el agua de la bañera, pasarle a otro su paquete de tristeza, y a otra cosa, mariposa.

– Lo que pasó ¿a partir de cuándo?

Charles reflexionó un momento.

– La última vez que la vi fue a principios de los años noventa-Normalmente suelo ser más preciso, pero… -meneó la cabeza sonriendo-, creo que me he esforzado mucho por no serlo ya más… Como todos los años, me había invitado a comer por mi cumpleaños y…

Su anfitriona lo animó a seguir. Un gestito de asentimiento con la cabeza, un gestito amable y tan cruel a la vez. Un gestito que decía: no te preocupes, tómate tu tiempo, ya no hay ninguna prisa, ¿sabes…? No, ahora ya no hay ninguna prisa.

– … fue el más triste de todos… Anouk había envejecido mucho en un año. Tenía la cara como más gruesa, le temblaban las manos… No quiso que pidiera vino y fumaba un cigarrillo tras otro para aguantar el tirón. Me hacía preguntas pero le traían sin cuidado mis respuestas. Mentía, decía que Alexis estaba muy bien y que me mandaba recuerdos, cuando yo sabía de sobra que no era verdad. Y ella sabía que yo lo sabía… Llevaba un jersey lleno de manchas y que olía a… no sé… a tristeza… a una mezcla de ceniza fría y de colonia… El único momento en que se le animó la mirada fue cuando le propuse acompañarla un día a la tumba de Nounou, donde no había vuelto nunca más. ¡Oh, sí! ¡Qué buena idea!, exclamó, alegre. ¿Te acuerdas de él? ¿Te acuerdas de lo bueno que era? ¿Te acuer…? Y entonces unos lagrimones lo ahogaron todo.

»Tenía la mano helada. Al tomarla entre las mías caí de pronto en la cuenta de que ese anciano que podía haber sido su padre y al que no le gustaban las mujeres había sido su única historia de amor…

«Insistió en que le hablara de él, en que le contara recuerdos, una y otra vez, incluso aquellos que conocía de memoria. Yo me esforzaba, pero aquella tarde tenía una cita importante y hacía lo imposible por vigilar mi reloj sin que se diera cuenta. Y, además, no me apetecía mucho recordar nada… O, si acaso, no con ella. No delante de ese rostro devastado que lo estropeaba todo…

Silencio.

– No le ofrecí tomar postre. ¿Para qué? De todas maneras no había comido nada… Pedí dos cafés y volví a llamar al camarero para recordarle que trajera a la vez la cuenta, luego la acompañé al metro y…

Sylvie debió de notar que había llegado el momento de echarle una manita.

– ¿Y?

– No la llevé nunca a Normandía, a la tumba de Nounou. No la llamé nunca. Por cobardía. Para no seguir viendo cómo se destrozaba, para conservarla en el museo de mis recuerdos y para impedir que me creara mala conciencia. Porque era demasiado… Pero los remordimientos me pesaban de todas maneras, y cada año me los sacudía un poco de encima en el momento de mandar las tarjetas de felicitación navideñas. Tarjetas de felicitación del estudio, por supuesto… Impersonales, comerciales, horribles, y en las cuales, como hombre educado que era, yo añadía un par de líneas manuscritas y un «muchos besos» para concluir. A partir de aquel día la llamé dos o tres veces, una de las cuales, lo recuerdo muy bien, porque mi sobrina se había tragado no sé qué pastillas… Y un buen día mis padres, que hacía tiempo que no la veían, me dijeron que se había mudado y se había marchado lejos… A Bretaña, creo…

– No.

– ¿Cómo?

– No estaba en Bretaña.

– ¿Ah, no?

– No estaba muy lejos de aquí…

– ¿Dónde?

– En una ciudad dormitorio, cerca de Bobigny…

Charles cerró los ojos.

– Pero ¿cómo? -murmuró-. Quiero decir, ¿por qué? Era su única certeza, recuerdo, la única promesa que se había hecho a sí misma… No hacer nunca algo… ¿Cómo es posible? ¿Qué pasó?

Sylvie levantó la cabeza, lo miró a los ojos, deslizó el brazo sobre el sillón y quitó el tapón de la presa.

– Principios de los años noventa… Bueno, puede ser… No recuerdo bien las fechas… Debes de ser la única persona con la que quedó para comer en aquella época… ¿Por dónde empiezo? Estoy un poco perdida… Empezaré por Alexis, supongo… ya que él fue la causa de que todo se fuera al traste… Hacía años que apenas tenía noticias suyas… Creo recordar que tú eras uno de los únicos vínculos que aún los unían, ¿no?

Charles asintió.

– Era doloroso para ella… Por eso se mataba a trabajar, acumulaba guardias y horas extra, nunca se tomaba vacaciones y sólo vivía por y para el hospital. Creo que por aquel entonces ya bebía mucho, pero bueno… Ello no le impidió ascender a enfermera jefe y estar siempre en los servicios más difíciles… Después de trabajar en inmunología, pasó a neurología, y fue entonces cuando volví a coincidir con ella… Era mala enfermera jefe, de hecho… Prefería cuidar a los enfermos que organizar los horarios de las demás enfermeras… Recuerdo que les prohibía a los pacientes que se murieran… Les echaba la bronca, les hacía llorar y también reír… Todo lo que estaba prohibido, vamos…

Sonrisa.

– Pero era intocable porque era la mejor. Lo que le faltaba en materia de conocimientos médicos, lo compensaba con lo muchísimo que cuidaba de la gente.

»No sólo era siempre la primera en percibir los más mínimos cambios, los síntomas más ligeros, sino que además tenía un instinto extraordinario… Un olfato… No te lo puedes ni imaginar… Los médicos se dieron cuenta enseguida y se las apañaban siempre para organizar sus visitas a los pacientes en función del horario de Anouk… Por supuesto, escuchaban lo que decían los enfermos, pero cuando ella añadía algo, puedes creerme, no perdían ripio, no. Siempre he pensado que si su infancia hubiese sido distinta, si hubiese podido estudiar, habría sido una médico fuera de serie. De esas que honran su servicio sin perder jamás de vista el nombre, el apellido, la cara y las angustias de los pacientes-Suspiro.

– Era fantástica, y supongo que porque ella misma no tenía vida, por eso les daba tanto a los pacientes… No se ocupaba sólo de los enfermos, sino también de sus familias… Y de las enfermeras más jóvenes, las auxiliares que entraban en algunas habitaciones como haciendo un esfuerzo, y les costaba tanto deslizar una cuña bajo esos cuerpos tan… Anouk tocaba a la gente, la abrazaba, la acariciaba, volvía cuando ya había terminado su turno, sin bata y un poco maquillada para suplir a las visitas que esos pacientes no tenían o habían dejado de tener. Les contaba historias, y recuerdo que hablaba mucho de ti… Decía que eras el chico más inteligente del mundo… Estaba tan orgullosa de ti… En aquella época todavía almorzabais juntos de vez en cuando, ¡y un almuerzo contigo era algo sagrado, madre mía! ¡Ahí ya no se bromeaba con los horarios, y todo el hospital podía irse a la mierda! Y también hablaba de Alexis, de música… Se inventaba cualquier cosa, conciertos, la gente de pie aplaudiendo, contratos millonarios… Era al final del día, todo el mundo se tambaleaba de cansancio, y se oía su voz por los pasillos… Sus mentiras, sus delirios… Se consolaba a sí misma, todo el mundo se daba cuenta. Y, de repente, una mañana, una llamada del Samu que fue para ella como un jarro de agua fría en plena cara: su supuesto virtuoso se estaba muriendo de una sobredosis…

»Y ahí empezó la bajada a los infiernos. Para empezar no se lo esperaba en absoluto… Lo cual de hecho nunca dejará de extrañarme… Pero ya se sabe, "en casa del herrero, cuchillo de palo"… Anouk creía que fumaba porros de vez en cuando porque lo ayudaban á "tocar mejor". Sí, seguro… Y entonces ella, esa mujer, la mejor profesional con la que he trabajado nunca, porque antes te hablaba de su ternura, pero también sabía mostrarse dura, sabía mantenerlos a todos a raya: a la Parca, a los médicos siempre desbordados, a los internos arrogantes, a las compañeras de trabajo insensibles, a los funcionarios burócratas, a las familias pesadas, a los enfermos complacientes, nadie, ¿me oyes?, nadie se le resistía. La llamaban La Men, o también Amén. Lo asombroso, lo excepcional era esa mezcla de dulzura y de profesionalidad, e imponía respeto… Espera, que he perdido el hilo…

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