Elia Kazan - Actos De Amor
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Cuando Petros vino a visitarlos aquel fin de semana, Costa no le permitió entrar en la casa.
– Estás sucio -dijo simplemente. Pero le ofreció echar una ojeada al heredero del genio familiar a través de la mampara de rejilla de la nueva habitación.
– Se comporta cada vez más como si él fuese el padre -dijo Petros. Entonces, a pesar de Ethel, dijo en voz alta a través de la rejilla-: Eh, tú, vlax, yo me ducho tres veces al día. ¿Cuántas veces te duchas tú? Me cambio de ropa interior todas las mañanas. ¿Cuándo te cambiaste tú por última vez?
– Sigues estando sucio -respondió Costa.
– Puedo olerte desde aquí. Siento lástima por ese chico. Crecerá con el convencimiento de que es normal para cualquier hombre oler como una esponja muerta.
– Vamos, vete a casa antes de que me ponga furioso. -Costa tiró de un biombo de madera alrededor del bebé dormido.
– La gente de la dársena habla todavía de la peste que dejabas detrás de ti. Están rogando para que venga un huracán que se lleve tu efluvio.
Costa se acercó a la mampara.
– Vete de mi propiedad -vociferó.
– Los negros de allí huelen mejor que tú. ¡Son un perfume al lado de tu mierda!
– Ultima oportunidad. Vete de prisa. Antes de que te mate.
– Ya has dicho eso demasiadas veces.
Mampara por medio, ambos estaban casi nariz contra nariz. El bebé durmió pacíficamente durante toda la disputa. Ethel tuvo que alejar a Petros casi por la fuerza. Ya en su coche, sentado frente al volante, estaba temblando todavía.
– ¿Cuándo te veré? -Petros preguntó a Ethel. – Me estoy volviendo loco, ahí abajo, solo.
– Búscate otra chica -respondió Ethel.
– ¡Tú eres mi chica! Vamos, Ethel, te necesito. ¿No ves que estoy angustiado? Tendré que matar a ese viejo bastardo, lo juro, a menos que tú me calmes. ¡Ethel! ¡Vamos!
Ethel hizo una rápida visita a Petros, llevando con ella al bebé metido en una cesta para ropa, forrada con una manta. Petros le mostró la «sorpresa», el apartamento con vistas al golfo. Ethel nunca lo había visto tan ansioso por nada.
El lugar había sido amueblado enteramente por un decorador de interiores griego, un recién llegado de la madre patria. Los muebles no eran griegos; se trataba del mobiliario internacional de la clase media, respetable e incómodo.
Petros observaba el rostro de Ethel, mientras ella recorría el apartamento.
– Muy bien, muy bien – dijo-, tampoco a mí me gusta. No va contigo. Lo cambiaré todo.
Cuando Ethel entró en el dormitorio, miró por la ventana directamente a la ventana de otro dormitorio del predio vecino. Una dama vieja y arrugada, de cabello dorado, estaba mirándola. El efecto fue espectral, como un espejo del tiempo.
Petros hizo bajar la persiana de un tirón. Rompió el mecanismo.
Cerró también las cortinas de brocado.
La cama crujió, y Ethel rió nerviosamente. Petros tuvo que reír también. Les fue imposible hacer el amor con unos muelles de acero quejándose debajo de ellos.
– La próxima vez -dijo Ethel-. De todos modos, ahora no debería, por lo menos durante dos semanas.
Pero Petros la tumbó en el suelo y la tomó.
Ethel se enfadó, pero no dijo una palabra. Pronto se marcharía.
Costa se puso furioso. Aunque no en su manera acostumbrada, perdiendo el control. No, se sentía abandonado, traicionado. Y de igual modo lo sentía, declaró una y otra vez, el pequeño Costa. ¿Cómo podía Ethel haber hecho eso a su nieto? ¿Llevarlo a visitar a ese cochino?
– Dime la verdad, ¿tú le habías pedido que viniera aquí, la otra vez?
– Sí -dijo Ethel-, yo se lo sugerí.
– No quiero que ese hombre venga aquí nunca.
– Muy bien, padre.
Ethel estaba asegurándose de que antes de que ella se marchara, Costa hubiese aprendido los misterios del cuidado infantil.
– ¿Qué es tan difícil? -se jactó Costa mientras empolvaba al bebé después de su baño-. Vosotras las mujeres hacéis de todo eso un asunto importante, pero yo aprendo perfectamente en dos semanas. ¡Lavar! ¡Empolvar! ¡Vestir! ¡Todo limpio! ¡Eso es todo! -Bajó la cabeza, abriendo su bocaza cerca de la blanca barriguita del joven Costa, regodeándose allí.- Guwhaguwhaguwhaguwha -exclamaba-. ¡Voy a comerte!
– Si yo tuviera tetas -Costa dijo a Ethel-, lo haría mejor que tú. Para el próximo a lo mejor me crecen tetas a mí. ¿Qué dices a eso?
La miró entonces, tímidamente; estaba coqueteando con ella.
Pero, principalmente, su trato estaba revestido de la veneración con que se trata a una virgen; le hacía regalos, de poco precio, chucherías escogidas amorosamente. Bajaba la voz cuando hablaba con Ethel. Nunca pasaba por alto la proximidad de Ethel y cuando ella amamantaba al bebé, él volvía la cara al otro lado.
Ethel recibió una carta de su padre, que había regresado a Tucson. Ernie había matado a su amiguita… o así lo creía la Policía por lo menos. El cuerpo desnudo de la muchacha había sido hallado con veintiocho puñaladas.
Los vecinos informaron de sus peleas violentas. Sabían que la chica estaba dando mala vida a Ernie. Pero, ¡veintiocho puñaladas! ¿Qué cosa podía justificar eso?
Tales horribles noticias deprimieron a Ethel. Ella sabía que su hijo era de Ernie; tenía sus mismos ojos soñolientos, demasiado pesados, aparentemente, para las cuencas. No podía ser de Teddy, y cuando empezó sus relaciones íntimas con Petros ella ya estaba encinta.
¡Oh, no había por qué preocuparse! El pequeño Costa era lo que ella deseara que fuese. ¡Sólo suyo!
Ethel pensó que siempre tendría el recurso de volver junto a su padre. Podría resultar humillante, pero se sentía contenta deque existiera un último recurso.
Había llegado el momento de preparar el primer paso que la alejara… en la dirección que fuese.
Una mañana le dijo a Costa que el niño debería ser destetado, que se le estaba secando la leche. No era verdad, pero Costa no tenía ningún medio para descubrir si lo era.
De modo que prepararon una fórmula… los ingredientes, cómo se preparaba, la alimentación y el proceso de esterilización.
Costa estuvo contento de hacerse también cargo de este trabajo.
Ethel le dijo entonces que ella pensaba volver a su empleo y que los finales de semana vendría a casa. Esperó la respuesta explosiva de Costa.
– No quiero que trabajes para ese hombre -declaró él.
– Cuando tú consigas un trabajo, padre, yo dejaré el mío -respondió Ethel.
Costa se ofendió mucho. Porque no tenía respuesta.
– Ahora tengo que cuidarme del chico, de modo adecuado -dijo-, comprobar que todo esté bien, no se ponga enfermo, etcétera. ¿No? ¿Qué?
– Seguro. Y estás haciendo un buen trabajo. Pero, entretanto, alguien tiene que pagar lo que comemos. Tú no quieres dinero de Noola. Mis ahorros están acabándose rápidamente. Teddy está esperando que yo le envíe cada semana treinta dólares.
– El chico no debería pedirte eso.
– No me importa. Pero por ese motivo debo seguir con el empleo.
– Entonces, ¿por qué has de mirarlo todo el tiempo? Ya es bastante malo que tomes su dinero… ¿Por qué has de mirarlo de la manera en que lo haces?
– ¿De qué manera?
– De la manera en que lo hiciste cuando estuvo aquí. De esa manera sólo se mira a un ser humano. Ese individuo… ¿no ves su cara? ¡Es un animal!
– Bueno, ¿y qué puedo hacer yo?
– Te lo dije. Mira al suelo cuando está cerca.
– No puedo trabajar para ese hombre y mirar al suelo.
– De acuerdo. Pero te digo que un día ese hombre va a tener ideas erróneas sobre ti y yo tendré que matarlo.
En la oficina de la dársena, Ethel encontró otra carta de su padre. Primero leyó el anexo, un fragmento del periódico de Tuc son que informaba a la comunidad de que Ernie se había rendido, admitido su crimen y que iba a ser juzgado por asesinato. El periodista recordaba a sus lectores que el castigo que el Estado de Arizona aplicaba por un crimen tan grave éra la cámara de gas.
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