Elia Kazan - Actos De Amor
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Al cabo de un minuto, Ethel lo oyó acercarse a otro nuevo padre. Este hombre confundió a Costa con un campesino, habló de la circuncisión, y prosiguió su camino.
Una enfermera entró en la habitación de Ethel, y Costa detrás de ella, furioso.
– ¿Les has dicho tú que pueden hacer esto? -interpeló a Ethel indicando con el índice una línea cortante a través de sus genitales.
– Creo que ellos lo han hecho sin consultar. Quiero decir que me parece que ya lo han hecho -respondió Ethel-. Pero si me lo hubieran preguntado yo hubiese dicho…
Costa se había marchado.
– Que yo estaba de acuerdo -gritó Ethel a su espalda.
Ella sabía que era ella quien podía controlar a Costa; nadie más sería capaz.
Fue la primera vez que se sostuvo firme sobre sus pies.
En el pasillo, frente al gabinete de consulta del doctor Boyajian, Ethel vio un grupo de enfermeras frente a una puerta y oyó gritos de miedo y de indignación. Se acercó tan de prisa como le fue posible.
– Irrumpió en el cuarto estéril -le contó una enfermera-. Cuando vio que ya estaba hecho se puso furibundo.
En el umbral del gabinete de examen, abrieron paso a Ethel. Esta vio a una mujer negra sentada en la mesa del ginecólogo sosteniendo alto el vestido que había dejado caer para ser examinada. Agachado debajo de la mesa, el doctor Asían Boyajian vociferaba llamando a la Policía. Costa estaba dándole puntapiés, tratando de hacerle salir de su refugio. Aparentemente, un puntapié había roto los lentes del médico, pues éste los tenía agarrados en su puño cerrado.
– Costa -gritó Ethel-. ¡Costa, detente!
Alzando a la mujer negra fuera de la mesa, la arrojó a los brazos de Ethel.
– Cuida de esta pobre mujer -dijo. Entonces, antes de que Ethel pudiera impedirlo, pues tenía los brazos ocupados, Costa levantó la mesa de examen y la lanzó contra la pared. El doctor estaba ahora a su merced.
Por aquel entonces Ethel había pasado la mujer negra a una enfermera y se apresuró a colocarse entre Costa y el médico que estaba en el suelo.
Teddy le había enseñado cómo debía manejar a Costa.
– No seas un vlax, Costa -le dijo autoritaria-. Esto es América. El ha hecho lo que aquí es costumbre hacer.
– Nada importan las costumbres de aquí -dijo Costa, con los ojos centelleantes-. Ese chico es mío. ¿Has visto lo que le ha hecho, este armenio?
– Vamos, Costa, realmente, estás comportándote como un asno.
– Debió habérmelo preguntado, ¡qué demonios! ¡Vlax! |Asno!
– En cuanto a eso, tienes toda la razón -dijo Ethel-. ¿No es verdad, doctor Boyajian? -Se volvió hacia el médico que permanecía todavía de rodillas. – Dígalo, doctor, dígale que tiene toda la razón.
El doctor recibió el mensaje.
– En cuanto a eso -dijo-, sí. Supongo que tiene razón.
– Nada de «supongos» -replicó Ethel-. Costa tiene toda la razón. Dígalo. ¡Dígaselo a él con esas mismas palabras!
– Tiene usted toda la razón, señor -dijo el doctor Boyajian.
– Tenía que habérselo preguntado primero. Ahora usted lo sabe. Dígaselo.
– Ciertamente debía habérselo preguntado antes – el doctor le dijo a Costa.
– ¿Y de qué sirve ahora todo eso? -exclamó Costa alzando las manos.
– Dígale que lo siente -dijo Ethel-. Dígaselo.
– Lo siento, señor -dijo el doctor Boyajian-. Le presento mis excusas.
Ethel se volvió hacia Costa.
– Sé cómo te sientes por lo ocurrido, padre -le dijo- y lo lamento. Pero ahora… Costa, no estoy muy fuerte. ¡Corre! Llévame a mi habitación, padre.
– ¿Qué? -dijo Costa-. ¿Qué pasa?
– Sosténme -dijo Ethel, cayendo encima de él y agarrándose a su brazo buscando apoyo-. Sosténme.
La Policía se presentó preguntando por Costa. Lo encontraron en la habitación de Ethel, dormido en la cama cercana.
– Ha tenido un día agotador -dijo Ethel a los funcionarios de la ley-. Ya pueden ver ustedes que no es un hombre joven.
– Sólo queríamos comunicarle -dijo uno de los hombres- que el médico ha decidido no presentar denuncia.
Cuando los policías se hubieron marchado, Ethel cruzó la habitación y se sentó al borde de la cama donde el viejo estaba durmiendo. Gentilmente, acarició la cabeza de Costa. Sus tiempos felices ya habían terminado.
Amamantó al bebé por última vez antes de llevarlo a casa.
El joven Costa, según Ethel observó desde el primer momento, tenía un carácter fuerte. Cuando él la miraba, lo hacía de un modo penetrante. Sus ojos no vacilaban.
Ethel habló con el doctor al respecto y él le respondió que el bebé aún no podía enfocar su mirada, de modo que no la miraba en realidad a ella, que no le dirigía especialmente la mirada. Esta información de un experto le proporcionó cierta tranquilidad, pero, de todos modos, Ethel siguió pensando que el pequeño Costa la miraba a ella, especialmente a ella, y que sus ojos la estaban acusando.
– ¿Qué es lo que quieres? -le preguntaba Ethel cuando le daba el pecho-. ¡ Ay! -decía cuando sus encías duras le encontraban el pezón-. Tú te crees que yo soy de tu propiedad, ¿no es así, eh, pequeño bastardo? -le decía Ethel cuando el bebé se agarraba de su pulgar con la mano y con una fuerza que sorprendía a Ethel se mantenía aferrado como un pequeño mono-. ¿De qué te preocupas, monito? Tu madre no va a dejarte caer del árbol..
Pero Ethel sabía que iba a hacerlo.
Algunas cosas del niño eran esencialmente de bebé: el olor de su cuerpecito empolvado de talco, el ligero olor de orina, sus rosadas uñas perfectas, de color tan delicado como las piedras preciosas, el dulce hilillo de saliva que Ethel debía secarle de los labios, la manera en que movía sus piernas como si todavía estuviera intentando abrirse paso para salir de su vientre.
Lo principal en él, no obstante, era esa constante expresión de demanda en sus ojos, que causaba en Ethel un presentimiento vago como si el chico supiese que ella tenía intención de traicionarlo, de hacer con él lo que alguien antes había hecho con ella: Convertirlo en un niño sin padres.
«¿ Por qué vas a hacer eso conmigo?», es lo que Ethel leía en esa mirada.
Lo que, naturalmente, era una estupidez… ver un pensamiento.
Pero, ¿había también ira en esa mirada? Así parecía.
Cuando el chico no estaba en sus brazos, estos sentimientos de culpa se amortiguaban.
– ¿Por qué debería yo hacerme cargo de otra vida cuando todavía no he empezado realmente la mía? -se preguntaba Ethel-. Costa cuidará de ti -le decía al chico-. Lo hará mucho mejor que yo.
Algunas veces ella misma estaba convencida de ello. Otras no.
En casa, Costa vigilaba el horario de alimentación del bebé, de día y de noche. Cinco minutos antes daba unos golpecitos en la puerta de Ethel y decía:
– ¡Prepárate! ¡El espera!
Cuando el bebé terminaba, Costa lo cogía, teniendo mucho cuidado, observó Ethel, para no mirar los pechos de la madre, y lo sostenía en alto para el eructo. También se preocupaba por lodo lo que concernía al bebé. Hervía las sábanas.
– Demasiados microbios en el mundo -decía.
Lo que Ethel deseaba era exactamente lo que estaba sucediendo: Costa estaba quitándole el chico.
Pero resultaba evidente que ella no podría escabullirse tan pronto como había planeado. Tenía que destetar al pequeño Costa; el bebé tiraba de sus pezones con sus encías duras, enrojeciéndolos fuertemente. Sus necesidades eran absolutas. Todavía lo serían durante algunas semanas. Costa había dejado muy claramente sentado que esperaba que Ethel amamantaría al niño todo el tiempo mientras tuviera leche.
– Mi madre, igual -dijo-. Pero Noola, ¡papilla! Por eso yo soy más fuerte que Teddy. ¿Lo ves?
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