Elia Kazan - Actos De Amor
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Ethel decidió no soportar más, y, entre contracciones, pulsó el botón de llamada.
– Inmediatamente desconectaremos su teléfono -dijo la enfermera-. Y, dígame, ¿es forzoso tener que soportar a ese viejo que está bloqueando la puerta? ¿Quién es, un detective o un miembro de la Gran Mafia?
Costa, que había estado fuera de visión durante algunos minutos, regresó e hizo gestos a la enfermera para que se fuese. Lo que hizo la enfermera, apresuradamente. Se le veía nuevamente ansioso, cerró la puerta, y susurró a Ethel:
– Lo he descubierto.
– ¿Has descubierto qué?
– Tu doctor, es un armenio. Se llama Boyajian. ¿Sabes?, su nariz está torcida. ¡Así! -Y se torció grotescamente su propia nariz.
– Por el amor de Dios, padre, ¿qué demonios tiene que ver su nariz o su nacionalidad con sus habilidades como médico? Quiero decir, ¿qué clase de razonamiento es ése?
– En esto no necesito razonamiento. -Y uniendo apretadas las puntas de los dedos se golpeó el pecho, en donde él creía se refugiaba la seda de sus instintos.- Lo sé aquí dentro. No es hombre bueno. Voy a pedir un cambio.
– De ningún modo vas a pedir que lo cambien. Es mi cuerpo y es mi doctor. -Se sintió desfallecer entonces.- ¡Déjalo estar! ¡No sigas! Ahora estoy sintiendo otra vez esas malditas contracciones, padre, y no deseo tantas atenciones y tantas órdenes. Quiero que esto esté muy tranquilo, padre, ¡aunque sea sólo hoy! Quiero decir que ¿querrás irte ahora de aquí hasta que yo salga de este trance y te produzca un bebé?
– ¿Qué pasa? -preguntó Costa-. Yo he estado aquí como un ratoncito, muy callado.
– Ve a dar un paseo… ¿querrás dar un largo paseo? Y cuando venga el médico, es mejor que no te atrevas a faltarle el respeto, porque a mí me gusta ese médico, y si te muestras rudo con él, juro por Dios que haré nacer una niña con dos bocas y un ojo. ¿Me oyes?
– He oído y me voy. Pero te diré una cosa. Si sucede algo al chico, ¡mataré a ese armenio!
– Todavía no hay chico alguno, padre. La moneda está rodando, padre.
– No te preocupes por eso -dijo Costa mientras salía de la habitación con paso majestuoso, la cabeza alta y las rodillas rígidas-. De eso estoy totalmente seguro.
Permaneció fuera más de una hora, pero tenía la puerta vigilada, pues cuando el doctor Boyajian entró con su equipo para llevarla a la sala de partos, Costa los siguió.
– Perdone, por favor, malos pensamientos, -Boyajian -dijo Costa.
– ¿Qué malos pensamientos? -preguntó el doctor mientras examinaba a Ethel, inclinado sobre ella.
– Todo olvidado ahora. Usted es gran doctor, estoy seguro. A lo mejor un científico. -Golpeaba nuevamente su esternón con las puntas de los dedos rígidas.- Confío a usted mi vida.
El doctor agradeció el cumplido con una ligera inclinación.
Costa añadió entonces:
– ¡Mejor, pues, que tenga cuidado!
Siguió al lado de la pequeña procesión blanca hasta llegar al ascensor. Ethel se sintió aliviada al ver que no le permitían continuar más allá. Mientras ella lo saludaba con la mano a través de la reja que se cerraba, estaba pensando cómo debería decírselo si el bebé era una niña.
Cuando Ethel vio por primera vez al bebé, estaba en los brazos de Costa.
Su primer visitante fue Petros.
– Así que -dijo el hombre celoso- él ha conseguido lo que quería, un chico.
– Costa cree -dijo Ethel- que Dios lo ha premiado por su fe.
– Está loco -comentó Petros-. Oye, tienes mucho mejor aspecto sin barriga.
De pronto se metió en la cama del hospital con ella.
– Pero, ¿qué demonios estás haciendo? -gritó Ethel-. ¡Sal de aquí! ¡Vete!
Lo empujó de tal modo que Petros cayó de la cama.
Se quedó en el suelo, riendo.
– ¡Eres una zorrita muy vigorosa! -le dijo mientras se levantaba-. ¿Cuándo vas a volver?
– Nunca.
– Te concedo una semana. Entonces vendré a buscarte. Y dejaré de fingir como hasta ahora.
– Vamos, vete. He terminado con todos vosotros.
Petros rió nuevamente.
– ¡Una zorrita fuerte! -dijo-. Uno de estos días… muy pronto, voy a darte una buena sorpresa.
– No la quiero. Ahora no quiero nada de ti.
– Ahora no. Eso es lo que quiero decir, una sorpresa. Pero, date prisa, estoy esperando.
El nuevo hecho -era la madre de un hijo- al principio causó poco efecto en Ethel. En los intervalos entre los amamantamientos, parecía que ella se olvidaba del chico. Se reservaba sus emociones, conteniéndolas.
Y tenía otras preocupaciones.
Las grapillas se cerraban. Al cabo de uno o dos días saldría del hospital. La promesa de la sorpresa de Petros era una amenaza. Las miradas adoradoras y posesivas de Costa, otra. ¿Le permitirían que se «desvaneciera»? Ernie y Aarón y Teddy y los otros, todos eran muchachos. Estos dos griegos eran hombres de otro mundo, mucho más rudo.
Y aunque consiguiera desaparecer, ¿adonde escaparía? Su padre se había ido.
Se tragó el miedo. En México se había probado que podía obtener un empleo y mantenerlo. El primer paso era escoger el momento propicio para la huida. Pronto. Mientras quedara todavía un resquicio por el que pudiera deslizarse.
Algo más la preocupaba también. El hombre de Arturo, Ignacio Alvarez, le había dado un trabajo sólo porque quería poseerla. Petros había dicho lo mismo a Teddy. ¡Sin darle importancia! ¿Podría obtener, o mantener, un empleo, prescindiendo de eso?
Naturalmente que podía. No todas las chicas que trabajaban se veían obligadas a comerciar con su trasero.
¿O sí?
Tenía que formarse rápidamente, mejorar sus habilidades mecánicas. No, haría más que eso: aprendería alguna especialidad, contabilidad o declaración de renta, y si no, afrontar el hecho de que cuando un hombre contrata una secretaria bonita, ese hombre espera también obtener sus favores.
A última hora de aquella misma tarde, Noola vino a ver al hijo de su hijo, la visita tradicional de la suegra. Llevaba su mejor sombrero de día comprado a crédito, y permaneció sentada observando cómo Ethel amamantaba a la criatura.
– Parece que tienes mucha leche -comentó. Los pechos de Noola estaban marchitos.
A intervalos regulares, Costa pasaba por delante de la puerta, comprobando si Noola estaba todavía dentro. Sus nervios, ¿qué sería esta vez?, pensó Ethel, mantenían a todos en vilo.
Cuando la enfermera se llevó al chiquillo al cuarto estéril, Noola cogió su sombrero con las plumas temblorosas.
– Se dice por ahí que tu patrón va a casarse -dijo.
– ¿Petros? ¿Con quién?
– Nadie lo sabe. Es una sorpresa. Debe de ser con alguna de categoría, pues ha alquilado un apartamento del grupo frente al golfo, un contrato de tres años.
Cuando Noola se hubo marchado, Ethel tuvo el presentimiento de que Noola había echado el anzuelo.
Costa tenía una nueva preocupación. En el cuarto estéril había una docena de bebés y:
– Quizá se confundan, ¿quién sabe?
Quería un lugar separado para su bebé, así que esperó en la habitación de Ethel la visita del doctor Boyajian.
Con un dejo de impaciencia, el doctor informó a Costa que lo que le estaba pidiendo era imposible.
– En este caso, mi chico y yo nos vamos a casa.
– No hasta mañana, por favor -respondió el doctor Boyajian-. Hay un par de cosas que hemos de terminar antes aquí.
– ¿Qué es eso, un par de cosas? -Costa exigió conocer.
– Algo que usted no puede hacer en su casa. -El doctor Boyajian se volvió hacia Ethel.- Está usted en inmejorables condiciones -le dijo-. Fijemos mañana a última hora de la tarde, ¿le parece? Aquí falta sitio.
Costa opinó que Boyajian se había mostrado siniestro en su manera y con sus palabras, de modo que lo siguió hasta el vestíbulo. Ethel no podía oír lo que allí se habló, pero, a juzgar por el barullo, Costa no estaba quedando satisfecho.
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