Elia Kazan - Actos De Amor
Здесь есть возможность читать онлайн «Elia Kazan - Actos De Amor» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:Actos De Amor
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:3 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 60
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
Actos De Amor: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Actos De Amor»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
Actos De Amor — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Actos De Amor», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
Ed Laffey no comentaba al respecto. Tenía otras noticias.
Después de haber visto el resto del mundo, Tucson nos parece mezquino y estrecho. De modo que hemos decidido hacer un gran cambio. Pasado mañana nos iremos para buscar un nuevo hogar. Va a ser en una isla -Mallorca, Ischia, Capri, Ceilán (que ahora se llama de un modo que no sé deletrear), las Célebes, ¿quién sabe? De modo que, Kit, querida mía, me temo que estamos abandonándote…
Al parecer, Margaret le había quitado la pluma de los dedos y escribió:
¡Y un cuerno te abandonamos! Cuando encontremos nuestra isla mágica tú vas a ser nuestro primer invitado.
Proseguía entonces su padre:
Según habrás podido adivinar por esa decidida corrección, Margaret y yo nos hemos casado.
Y ella escribía:
Y eso no ha arruinado nuestra relación.
Y él seguía:
Todavía no.
Ambos enviaban besos.
Ethel había olvidado comunicarles el nacimiento del bebé. Y ahora, cuando hubiera podido hacerlo por teléfono, no lo hizo. Una llamada telefónica se convertiría inevitablemente en una llamada de ayuda. «Arrastrarse», pensaba Ethel. De rnodo que no lo hizo y pasó un día, y otro, y ya era demasiado tarde. Ethel ya no sabía en qué lugar del mundo podría encontrarlos.
Ethel se quedó en su propio apartamento, visitando a Petros, como solía hacer antes, en su embarcación. Un día Petros la llevó para que viese otro apartamento. En todas las habitaciones había enormes ramilletes de flores, una bienvenida extravagante. Petros, no tan sólo había cambiado de apartamento, sino que también había cambiado de mobiliario. Había llegado al extremo de contratar un decorador del teatro de la comunidad de Sarasota, y le había dado una única instrucción:
– Es para mi mujer. Si a ella le gusta, me gustará a mí.
El lugar se había decorado con esta simple premisa en mente. En la cocina había un horno de microondas, empapelado romántico en las paredes del dormitorio, y en el cuarto de vestir un enorme espejo enmarcado con ninfas, cisnes y cupidos.
– Owen -le había dicho Petros a su decorador-, cambia cualquier cosa que ella quiera.
– Owen -había dicho Ethel- ¿quién podría pedir nada más?
Cuando Ethel miró por la ventana del dormitorio, nada había a la vista, excepto las aguas azules del golfo de México y la prolongada curva de una playa blanca perfecta con el Cayo Casey en la distancia.
Petros había ido a fantásticos extremos -y gastos- en beneficio de Ethel.
Se le secó la leche en pocos días, pero Ethel sentía todavía el instinto de amamantar. El bebé estaba destetado; ella no.
Petros había exigido que ella se quedara con él aquel fin de semana. De hecho, se lo había ordenado. Pero cuando llegó el domingo, Ethel sentía remordimientos acerca del pequeñín en el Norte, se sintió culpable por primera vez y dijo a Petros que se marchaba. Cuando Petros protestó, Ethel le desafió.
Fue un día muy húmedo y la temperatura ascendió a más de 40 °C. Por el camino escapó por poco de un accidente. Estaba distraída y cruzó la línea, retrocediendo, justamente a tiempo, ante el indignado estruendo de bocinas por todas partes.
Se había estado diciendo, en aquel momento, que esta vez no debería huir; por una sola vez en su vida, debería decir la verdad y afrontar las consecuencias.
Llegó a la casa a las cuatro de la tarde, la hora más pesada y calurosa de la tarde. No había nadie a la vista. Probablemente estaban dormidos, pensó Ethel, de modo que entró de puntillas en el nuevo cuarto de Costa. Abriendo la puerta sin hacer ruido, vio al viejo y al niño desnudos en la cama, haciendo la siesta.
Costa tenía unos atributos masculinos voluminosos, con un escroto mayor que cualquiera que ella hubiera visto antes. Su pecho era un barril que se alzaba y descendía, rítmica y lentamente, tratando más tiempo que el normal en llenarse y vaciarse.
El niño se despertó en aquel momento y pateó.
Esto despertó a Costa. Miró al pequeño con adoración. Se volvió entonces hacia la puerta en donde Ethel permanecía de pie, y la miró sin tratar de cubrirse.
Ella cerró suavemente la puerta y se dirigió a la salita, oscura y fresca. Miró las viejas fotografías empalideciendo en las paredes, la historia familiar, oscureciéndose con la edad. Cerrando los ojos, se quedó sentada inmóvil.
Después, entró en su auto y volvió al Sur.
El día siguiente con Petros resultó muy tempestuoso. Petros había decidido que ella se divorciara inmediatamente de Teddy, se casara con él y se instalaran juntos, incluido el niño.
– Estás comiendo el pan de mi enemigo cuando vas allí -dijo Petros -. Te quiero aquí conmigo, la semana próxima, y se acabó. Y también el chico.
– No puedo quitar el niño al viejo -dijo Ethel-. Yo hice ese niño para él.
– Yo se lo quitaré. Me divertirá hacerlo.
– ¿Y qué harás cuando él venga detrás de ti? Ya sabes cómo es, una furia.
– Lo mataré. Costa siempre está contando cómo lo hacen en nuestra isla. Así es como ellos lo hacen.
Ethel sabía que ella lo incitaba, empujándolos, a ambos, a un terrible encuentro. Pero parecía no saber cómo detenerlos. «¿Es que acaso me divierte? -pensó-. ¿Es que deseo realmente que se peleen por mí hasta que uno mate al otro?»
– Nunca más voy a privarme de tener mi propio hogar -dijo Ethel.
– Vas a hacer lo que yo te digo, de modo que decídete.
– A la mierda.
– ¿Cuándo?
Una broma. Pero no lo era. Era una técnica. Cuando Petros sentía que ella estaba saliendo de los límites, eso es lo que hacía, su solución a todos los problemas. Petros creía que de aquella manera siempre la hacía callar.
Había llegado el momento. No había razón alguna -o modo – de posponerlo más tiempo.
A la tarde siguiente, Costa la llamó por teléfono a la oficina. Por teléfono parecía una persona diferente. -Ven en seguida -dijo.
– ¿Adonde, padre?
– ¿Adonde? A mi casa. ¡Adonde! Vamos… Esta noche.
– Pero, padre, yo…
– Vamos, vamos. Estoy esperando. Teddy también viene. Adiós.
Y colgó el teléfono.
Ethel estaba preocupada. Había sido tan autoritario, su voz tan dura. Pero a lo mejor… quizá le había sucedido algo al niño. Subió en el viejo «Oldsmobile» de Petros y se dirigió al Norte.
Costa se hallaba bajo el roble, sosteniendo a Costa el joven apoyado al lado de su cadera. Le mostró la habilidad del chico en colgarse agarrado a los pulgares del abuelo.
– Como un gorila, fuerte -dijo orgullosamente-. Este chico será almirante, cosa segura.
– O un acróbata. ¿Por esto me has hecho venir corriendo?
– Mañana gran día -respondió Costa.
– ¿Qué gran día?
– Llamé a Tampa. Sacerdote a punto. Teddy también, vendrá mañana por la mañana en avión. Aquella zorra, Noola, no quiere renunciar a su paga de un día. Así que bautizaremos al pequeño Costa sin ella. ¿Ya es hora, verdad?
Ethel recordó que el viejo había estado esperando que su hijo regresara de sus deberes en el mar para este acontecimiento.
Al día siguiente por la mañana, Ethel dejó a Costa y el niño en la vieja iglesia de Tampa y se fue al aeropuerto para recibir a Teddy.
Teddy parecía realmente un oficial. Desde su explosión frente a Costa, se había convertido en otro hombre, tratando los problemas del resto del mundo de igual manera que trataba los suyos, con una inquebrantable confianza en las respuestas acertadas que poseía, puesto que todas ellas figuraban en el manual.
Mientras se dirigían de nuevo a la iglesia, Ethel le dijo:
– No puedo seguir con este asunto. No lo siento, lo he hecho, pero he llegado al fin.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «Actos De Amor»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Actos De Amor» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «Actos De Amor» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.