Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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– ¿Has pensado alguna vez en mis sugerencias?

– Míster Bolt, se lo agradezco mucho, pero realmente no podría.

– Empezaría en seguida, inmediatamente, digamos a trescientos cincuenta la semana. Si resultara ser buena en el trabajo, pronto ganaría una cifra considerable.

– ¿Cómo podría ser buena en el trabajo? Mis pechos no varían.

– No estoy precisamente interesado en sus glándulas. La mayoría de tetas jóvenes pueden tener inmejorable aspecto dentro de uno de nuestros productos. Es el contraste lo que me interesa.

– ¿Qué contraste?

– Usted tiene… Emil, escucha. -Habló con un ayudante que estaba dibujando.- Yo iba a decir que ella tiene poitrine de una concubina real del siglo dieciocho. ¿Qué te parece eso para dar nombre a una nueva línea? ¡Concubina Real! ¿No? De acuerdo. -Se volvió de nuevo hacia Ethel. – Y la cara de un ángel de Tintoretto. Ese contraste, entre tu busto, que es voluptuoso, y tu rostro, que es un cebo seguro de pureza, puede resultar, creo yo, altamente comercial. Daríamos énfasis a tu cara, y cubriríamos tus pechos con uno de nuestros mejores modelos. A propósito, ¿son más o menos como eran antes del acontecimiento?

– No los he mirado. -Ethel se echó a reír. – Profesionalmente, quiero decir.

– Ven a mi camarote.

– Oh, no, gracias. Gracias, míster Bolt, pero realmente no.

Aquel mismo día, más tarde, Ethel estuvo fantaseando sobre una vida de trescientos cincuenta dólares a la semana.

Al día siguiente se decidió. Primero se lo diría a Costa. Costa era el menos peligroso.

– Me marcho de aquí -le diría-. ¡No es hijo de tu hijo! -le confesaría finalmente. A continuación se lo contaría todo, cerraría los ojos y se lo confesaría. Cuando él dijera: «No lo entiendo», ella empezaría a contárselo de nuevo. Y cuando él dijera: «No te creo», ella lo repetiría. Y cuando él comenzara a palidecer y temblar y dar bufidos, ella se lo diría una y otra vez, y de nuevo, y después le pediría perdón. ¡ No ! ¡ A la mierda! Ella no había hecho nada malo; ¡no pediría perdón a nadie!

Después de Costa, Petros. Ese sí era peligroso.

Entonces ella contaría los hechos a todo el mundo, a cualquiera que deseara escucharla, a cualquiera que se lo pidiera. ¡Qué gran descanso, quitarse ese peso de encima!

Las causas que la habían inducido a obrar como lo hizo, habían sido honorables. Incluso generosas.

Sus actos eran merecedores de agradecimiento. Y no todo lo contrario.

¡Finalmente! Estaba ansiosa para que la verdad saliera a la luz.

Alguien la ganó por mano.

22

A quien Costa nunca perdonaría en la vida, era su mujer.

Sólo el hecho de verla, en su nueva independencia, lo ponía furioso. Cuando Noola regresaba a casa, del trabajo, Costa le volvía la espalda. Si Costa estaba en su cuarto cuando ella regresaba a casa, él daba un puntapié a la puerta para que ella oyese el portazo.

Ethel había adivinado los sentimientos actuales de Noola. Pero, ya que Noola había sido influida por la independencia de Ethel, ésta confiaba que ella pudiera sentir finalmente un poco de admiración, hasta un poco de gratitud.

Pero no era así. Noola pensaba que Ethel había destruido a su familia.

Últimamente había hallado un nuevo motivo para odiar a la joven.

Una de las mujeres compañeras de trabajo tenía una prima que cada día dedicaba media jornada para limpiar el apartamento de Petros frente al golfo. Ella fue quien contó a Noola lo que estaba sucediendo.

Noola pensó que ello era un castigo para su esposo. Aceptó la invitación para cenar y pasar la noche con la mujer cuya prima trabajaba para Petros, y llamó a Costa por teléfono para decirle que aquella noche no iría a casa.

– Si te quedas fuera esta noche -dijo Costa-, no vuelvas a casa mañana.

– Lo que tú digas -respondió Noola.

Pero al día siguiente… ¿adonde podía ir? Nadie deseaba tenerla como huésped. Estuvo pensando en buscarse un apartamento para ella sola, o una habitación amueblada cerca de la fábrica, pero no estaba preparada todavía para eso. De modo que no tenía humor al llegar a casa para oír a Costa diciendo que la única mujer que había hecho algo por él en toda su vida era Ethel: Ethel le había dado un nieto.

– Anda, ve a escuchar lo que están contando de ella -respondió Noola.

– ¡No hables más de la cuenta! -rugió Costa-. No insultes lo que ha quedado aquí, ¡puta!

– Es tu querida hija política la puta -dijo Noola. Costa la abofeteó.

– Limpiaré el nombre de ella de tus sucias compañeras de trabajo -dijo, dispuesto a abofetearla de nuevo.

– Es mejor que primero lo limpies de ella misma -replicó Noola.

Cuando Costa la golpeó nuevamente, Noola cayó en una silla y se quedó allí, dispuesta a defenderse del ataque que sabía estaba próximo.

– Yo no vivo contigo -gritó Costa-. ¡Vete!

– Vete tú. ¡Yo hice esta casa tanto como tú! Si no quieres vivir conmigo, vete a vivir a otra parte.

Entonces Noola le contó simplemente lo que había oído decir. Costa dijo que no creía ni una palabra de todo ello; era la malicia femenina la que hablaba, añadió.

– ¿Por qué no está viviendo con Teddy? -preguntó Noola-. Tú sabes que ella debería estar con él; he oído que se lo decías a ella muchas veces. ¿Por qué crees que ella está viviendo aquí?

Costa no respondió. Durante un largo rato estuvo mirándola como si Noola estuviera traicionándolo. Dejó vagar entonces la mirada y salió de la habitación.

Una hora y media más tarde, Noola le oyó hablar por teléfono, ordenando a Aleko que viniera en su auto a la plaza de la villa.

Diez minutos después salía de la casa, llevándose al chico.

Era la última hora de la tarde, la hora en que los ancianos se reunían en el kentron, para chismorrear.

Costa se sentó apartado, en un banco de piedra, sosteniendo al niño en su regazo.

Cuando vio que Aleko se acercaba en el auto, se dirigió hacia él. Abrió la puerta posterior del auto, envolvió al bebé en una manta y colocó la otra en el asiento posterior, acomodando al niño para dormir. Cogió entonces la llave de manos de su amigo y cerró las cuatro puertas.

Cogió entonces a Aleko del brazo y lo condujo al centro del círculo de bancos y arbustos en el corazón del parque.

Se detuvo allí y colocó sus brazos en los hombros de su amigo. El Levendis pudo comprobar que Costa estaba sufriendo desesperadamente.

– Aleko, ¿eres mi amigo?

– Sí, naturalmente. Tú ya sabes eso.

– Pues, dímelo.

– Decirte, ¿qué?

– Cuéntame lo que dicen.

Los hombres de la plaza estaban observándolos.

– No sé de qué me estás hablando -dijo Aleko.

Costa se dejó caer en el suelo, y cogió las rodillas de su amigo entre las manos. Aleko trató de alzarlo, pero Costa parecía haber perdido el control de sus extremidades, como un peso muerto.

– Lo sé -dijo Costa. Estaba sentado en el suelo-. Lo sé -repitió. Miró a su alrededor, a los otros hombres-. Siempre lo he sabido -añadió.

– ¿Sabías qué? -dijo Aleko-. ¡Levántate Costa! -murmuró.

Costa seguía sentado, inmóvil, cabeza gacha.

– ¿Por qué no me cuentas lo que sabes? -preguntó-. ¿No te das cuenta…? Mírame… ahora ya puedes contármelo. Si ya lo sé. ¡Vamos! ¡Vamos!

Oyó que algunos hombres murmuraban en un banco cercano. Uno de ellos, contemplando el espectáculo de un viejo bobo sentado en el suelo, había comenzado a reír.

Costa lo agarró por el cuello. Sacudiéndolo, gritó:

– No es verdad. Todos sois mentirosos. ¡Nunca he confiado en ninguno de vosotros! No sois mis amigos si creéis eso.

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