Elia Kazan - Actos De Amor
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Petros se encogió de hombros y se alejó. Había sucedido como él imaginaba: sin peligro. Sonrió despreciativamente al barbero antes de irse. Entonces, dando grandes zancadas, se dirigió hacia el golfo por el muelle estrecho. Tenía, o fingía tener, un negocio pendiente con el gran yate al final, en el último embarcadero.
– Ayer me robaste mi cuchillo, tú, hijo de zorra -el barbero le dijo a Costa, que seguía sentado allí, dejándose insultar-. Dame mi maldito cuchillo, tú, viejo ladrón de mierda…
Ethel vio cómo el viejo aligeraba su peso, alzando lentamente una nalga y sacaba de su bolsillo el cuchillo sueco con mango de cuerno de reno. Mientras lo sacaba lentamente del pantalón, torció la cabeza y lanzó una mirada al muelle. Petros estaba aproximándose al embarcadero final, cerca del lugar en donde estaba amarrado el gran yate.
– ¿Quieres decir este cuchillo, barbero? -le preguntó Costa. Y le enseñó el cuchillo.
– Sí. Dámelo.
Costa asintió lentamente. Parecía adormilado, confuso, casi aturdido.
– Muy bien -dijo, mirando la hoja, y al barbero después, y de nuevo hacia donde Petros estaba caminando por el muelle.
Ethel supo entonces lo que Costa estaba esperando.
Petros había llegado al final del paso de madera, al final del cual sólo quedaba el agua del golfo, y Costa emprendió la carrera por el estrecho pasaje a una velocidad increíble.
– ¡Cuidado! -gritó el barbero-. ¡Petros! -Y comenzó a perseguir al viejo que corría. Pero Ethel, exaltada por la súbita acción de Costa, impidió el paso al barbero. Durante unos pocos segundos. Los necesarios para Costa.
Cuando Petros se volvió, se enfrentó a la carga de Costa que lo embestía con la cabeza agachada, vacilante su equilibrio sobre los pies, por el ímpetu de su furiosa acometida. Petros, sin posibilidades de echarse a un lado en el estrecho paso, recibió el golpe.
El barbero abofeteó a Ethel con la mano abierta y consiguió pasar.
Ella se volvió y vio que Costa había arrojado a Petros por el extremo del muelle. Ambos cayeron en el agua, y mientras caían -fue tan rápido que no hubiera podido asegurar que lo que había visto era la realidad- vio que Costa había cogido a Petros con uno de sus fuertes brazos y clavaba sus dientes en la parte delantera de la camisa de su enemigo. Sosteniéndolo de este modo, clavó en su presa que se retorcía la hoja de acero sueco que tenía entre los dedos apretados de su pesada mano.
Después se perdieron de vista, ambos cuerpos, peso muerto, desaparecidos en las aguas del golfo.
Ethel siguió al barbero que corría por el muelle.
De todas partes se acercaron los hombres. Una vez allí, no supieron qué hacer.
Era como estar contemplando dos grandes criaturas marinas. No se podía ver nada de lo que estaba sucediendo entre ellos a causa del remolino del agua del puerto y la nube de arena y lodo que se alzaba del fondo. Algo terrible estaba ocurriendo allí, pero nadie hubiera podido explicar el qué.
La gente se había amontonado al final del muelle. Los hombres se gritaban unos a otros, sugerencias, instrucciones, avisos.
Algunos se prepararon para echarse al agua, otros los retuvieron arriba.
Todos vieron entonces una mancha de sangre elevándose desde el fondo en donde luchaban los dos cuerpos, el oscuro color rojo mezclándose con los nubosos remolinos azulados del combustible de pantoque de la popa del yate anclado.
Ethel vio que Petros luchaba por liberarse, mientras que Costa, en su elemento, aquel elemento que él conocía muy bien, y que no temía, acuchillaba una y otra vez al hombre más joven que él.
Costa salió del agua, soplando y jadeando, con el cuchillo en la mano.
Buscó a Ethel, la encontró.
Costa quería, por encima de todo, que Ethel fuese testigo de lo que él había hecho. Era su respuesta a los actos de Ethel. Se encaramó al muelle. Agotadas sus fuerzas, se puso de pie lentamente.
Desde todos los lados, los hombres saltaban al agua.
Otros intentaron detener a Costa, pero los amenazó con su cuchillo. Sabían que Costa era capaz de cualquier cosa porque no temía a nada.
Sacaron a Petros.
Estaba en estado de shock, sangrando por múltiples heridas. No le quedaban fuerzas para luchar.
Lo tendieron en los tablones manchados de sangre en donde se había limpiado tanto pescado.
A la cabeza del paso, desde la oficina de la dársena, esperaba el «Chevrolet», con la puerta abierta y el motor en marcha. Costa tambaleándose primero y finalmente sobre sus rodillas y manos, se encaramó dificultosamente hasta el asiento de delante.
Lo último que Ethel vio fue al viejo volviéndose para mirar al niño que iba en la parte posterior. El auto se marchó después.
Petros sangraba por muchos cortes. Pero una rápida inspección en el hospital puso de relieve que la peor herida había sido la inferida en su orgullo.
Petros evitó dirigir la mirada a Ethel.
La Policía fue en busca de Costa. No estaba en su casa. Su esposa, Noola, dijo que no tenía ni idea de dónde podía estar y la Policía la creyó.
Fueron entonces en busca de Aleko el Levendis. Su esposa les dio una pista.
– Miren en casa de mistress Achuica, en Clearwater -les dijo.
Allí encontraron a Aleko desayunando tranquilamente y estudiando las carreras de caballos del Times de Saint Petersburg.
Aleko recibió cordialmente a los policías.
– No sé dónde está -dijo.
– ¿No era usted el que lo llevaba en el auto?
– Lo dejé frente a su casa.
La Policía no creyó que Aleko estuviera diciendo la verdad.
Sentada en la ventana, dando de comer a un bebé, estaba mistress Achillea. Uno de los policías aventuró una suposición.
– Sí -dijo el Levendis-, me pidió que trajese aquí al chico.
El niño parecía tranquilo bajo los cuidados de mistress Achillea.
– Los policías consultaron entre ellos.
– Sabe dónde está Costa -el policía cracker indicó a Aleko.
– Seguro que lo sabe -respondió el policía griego-. Pero, ¿qué podemos hacer?
– Podemos obligarlo a hablar. Hay modos de conseguirlo.
El policía griego miró al Levendis, que les estaba ofreciendo café, huevos, tostadas, mermelada… cualquier cosa excepto información.
– Hablaremos con usted más tarde -dijo el policía cracker-. No salga de viaje sin avisar.
– Estaré en el hipódromo -dijo el Levendis-. ¿De acuerdo?
La Policía se dirigió al apartamento de Ethel. La encontraron en la cama, vestida para salir de viaje. En el suelo, a medio hacer, había una gran maleta de viejo modelo.
– ¿Dónde piensa usted ir, mistress Avaliotis? -preguntó la Policía.
– No lo he decidido todavía -respondió ella.
Ethel quería tener las últimas noticias sobre Petros. Uno de los policías salió para llamar al hospital.
– Si descubre usted dónde está Costa -Ethel dijo al otro, el griego-, dígamelo.
– ¿Dónde podría estar?
– ¿Preguntaron a Aleko?
– O no lo sabe o no lo quiere decir. Al pequeño de usted, lo he visto allí. Con mistress Achillea, en Clearwater. ¿Conoce usted a esa mujer?
Ethel no respondió.
– Está cuidando bien del niño -dijo el joven policía-. No se preocúpe por tanto.
Ethel lo miraba fijamente.
– ¿Va a venir su marido?
– Está en el mar.
El policía griego continuó haciéndole preguntas, pero tuvo que repetir algunas.
– ¿Oye usted mal? -le preguntó.
Ethel había escrito notas a cada uno de los principales. Las notas estaban esparcidas sobre una mesa redonda, junto a la ventana de la alcoba, iluminadas por los rayos de sol.
El policía miró a quién estaban dirigidas.
– ¿Le importa? -preguntó señalando las cartas.
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