Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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El Levendis alzó la voz a ese nivel autocrático innato en todos los hombres griegos desde su nacimiento.

– Cuida de tus asuntos, mujer, o me volveré a casa.

– Me gustaría ver al niño antes de marchar -dijo Ethel. -Está en el patio posterior -dijo mistress Achillea-. He pedido prestado un cochecito a mi vecina. -Acompañó a Ethel por la puerta de la cocina.

– ¿Dónde vas a ir ahora? -se lamentó el Levendis-. Me has despertado, y ¿dónde está mi café? Una tostada, o algo, por el amor de Dios…

– Voy corriendo para que calle -dijo mistress Achillea.

El rostro del niño estaba al sol. Ethel dio la vuelta al cochecito. Con el movimiento, el niño abrió los ojos y miró firmemente a su madre bajo los pesados párpados, cerrándolos después de nuevo con un ligero suspiro.

¿Cómo podía abandonar a este niño? No importaba lo que hubiera dicho antes a Costa. Aceptaría el maldito trabajo de míster Bolt, iría a Nueva York, encontraría un apartamento, lo amueblaría, lo embellecería, y cuando encontrase una niñera que pudiera cuidar del chico, volvería y se lo llevaría.

Mistress Achillea había vuelto junto a Ethel.

– ¡Ese Aleko! -exclamó-. Pon algo en su boca, y se está tranquilo. Igual que un bebé.

Una al lado de otra, en silencio, ambas admiraron al bebé.

– Es una belleza, sí señor -dijo mistress Achillea-. Y un chico también, gracias a Dios. Se parece enteramente a su padre.

– Enteramente -respondió Ethel.

«Podría suceder así -pensó Ethel-. Puede comenzar en seguida a cobrar tu salario», había dicho míster Bolt. Si lo decía de nuevo…

– Dime -preguntó mistress Achillea-. ¿Teddy no lo ha visto todavía?

– Naturalmente, cuando fue bautizado.

– ¡Debió de sentirse tan orgulloso! -añadió mistress Achillea-. Este muchacho es un lokoum, hecho de miel. Oh, cuánto me gustaría que fuese mío…

Ethel miró cuidadosamente a mistress Achillea,

– ¿Realmente? -le preguntó.

– ¡Mira cómo sonríe! ¿Qué secreto le hará sonreír?

– Nunca lo sabremos -comentó Ethel.

El bebé hizo un ruido.

– Está soñando -dijo Ethel.

– Sí, ¡está soñando! Sueños muy importantes. Como si tuviera preocupaciones de negocios. Pero es tan buen chico; nunca llora.

– Todavía no ha tenido motivos para llorar, ¿no es así? -dijo Ethel.

Sí, pensó… si míster Bolt repetía su oferta, a lo mejor ella podría hacerlo mañana mismo, llevarse el chico sin más.

– Cuando le salgan los dientes -decía mistress Achillea-, entonces lo vamos a oír.

Maldita sea, ella debía eso al niño. Era su hijo y ella le había dado un mal principio de vida. ¡Tenía que compensarlo por ello! No debía hacer al niño lo que otros habían hecho con ella.

– Sécate los ojos -le dijo mistress Achillea-. Aleko se acerca. Toma. -Sacó un pañuelo de celulosa del bolsillo de su delantal, se volvió y gritó:- Aleko, amor mío, tráeme un cigarrillo, hazme este pequeño favor. Están en el dormitorio.

– Ya lo has visto, Ethel -dijo el Levendis mientras regresaba hacia la casa-, su verdadera intención es convertirme en un sirviente.

– ¿Por qué lo llamáis el Levendis? -preguntó Ethel mientras utilizaba el pañuelo-. ¿Vive para el placer únicamente? Siempre parece tan preocupado.

– Preocuparse, ése es su placer. ¿Por qué te has echado a llorar de repente?

– Lo contrario de él. Lloraba porque, de pronto, me he sentido feliz.

– Lo que no comprendo, y perdóname, es que puedas renunciar a este niño. Alguna pequeña bestezuela, bueno, no soy una boba con respecto a niños. ¡Pero éste! Míralo cómo sonríe otra vez. Como si tuviera un secreto.

– Lo tiene -dijo Ethel. Miró hacia la casa. Aleko no se veía por parte alguna-. ¿Puedo confiar en ti? -preguntó.

– Si se trata del niño, puedes.

– Quiero que te lo quedes aquí todo un día. No dejes que salga de tus manos, suceda lo que suceda. Encuentra algún motivo. Inventa lo que sea. Yo volveré mañana y me lo llevaré. ¿Harías eso por mí, mistress Achillea?

– Con tristeza por perderlo, con alegría porque creo que vas a hacer lo que es debido. Me llamo Anthea.

– Anthea. Tengo algunas cosas que hacer, y entonces…

– Vuelve Aleko -susurró mistress Achillea-. No tienes que decir nada más. Yo guardaré al niño contra quien sea.

– No se lo digas a Aleko.

– No le cuento nada importante.

– ¿De qué estáis hablando? -preguntó el Levendis cuando se aproximó-. Las mujeres siempre estáis murmurando.

– Bobadas de mujeres -respondió Anthea-. Nada.

– Una persona no murmura sobre nada -la corrigió el Levendis-. Ni una mujer hace eso. ¿Qué es lo que estabais diciendo que yo no podía escuchar?

– Que tienes miedo de Costa Avaliotis.

– Eso es razonable. Ese hombre está loco. Por otro lado, yo no le tengo miedo. Yo no tengo miedo de nadie.

– Cuando él te llama, tú ya corres con tu «Chevy».

– Calla, mujer, o a fe de Dios, que me voy a casa.

– Anthea, me voy -dijo Ethel-. Acompáñame hasta el auto.

Cuando cruzaron el portal del jardín, Anthea pasó su brazo alrededor de la cintura de Ethel, en demostración de afecto, y Ethel devolvió la caricia dando las gracias. Justo antes de que Ethel pusiera en marcha el auto, Anthea se inclinó y la besó.

– Ten cuidado -le dijo.

Regresó entonces al patio posterior, se sentó junto al cochecito, y espantó una mosca que había en la red.

El Levendis habló:

– Habrás notado que ni tan siquiera ha cogido al chico -dijo-. Ni una sola vez en los brazos. ¡Estas mujeres norteamericanas! ¡Corazones de hielo! Una gata se preocupa más.

El Sara se había ido, el embarcadero estaba vacío. Nadie, entre los que Ethel preguntó, sabía adonde había ido o cuándo regresaría.

– Como las aves -se tranquilizó Ethel-, todas las embarcaciones vuelven a puerto.

Pero mientras contemplaba el rectángulo de agua sucia en donde había estado el Sara, comenzó a dudar.

En el pasillo del hospital se encontró nuevamente con el contable de Petros. El hombre giró la cabeza, y cuando ella se alejaba de su lado, gritó con voz histérica.

– ¡Enfermera! ¡Enfermera! -La enfermera que pasaba en aquel momento se volvió. – Petros no quiere verla. -El contable señaló con el dedo a Ethel.

– Pero yo sí quiero verlo a él -dijo Ethel -. Enfermera, por favor, entre en esta habitación y pregúnteselo. Dígale que es Ethel. Ethel.

¡Ethel! ¡Ethel! A la mañana siguiente de la primera noche, hicieron otra vez el amor y Ethel recordaba que Peetie le había pedido que pusiera los brazos alrededor de su cuello, y sentada, Petros la había levantado de tal modo que ella estaba a caballo encima de los fuertes muslos de él. En esta posición, y él todavía dentro de ella, Petros se había incorporado de la cama, con las manos debajo de ella, sujetándola fuertemente contra él, y la llevó hasta el espejo.

– Mira bien -había dicho-, para que nunca olvides a quién perteneces y cómo van a ser las cosas de ahora en adelante. Mira y recuerda.

Ella miró y pensó que la imagen en el espejo resultaba grotesca, incluso ridicula, pero cuando miró la cara de Petros y se dio cuenta de cuánto significaba para él poseerla, Ethel se mantuvo allí donde él la tenía, y no sonrió.

– Ethel -había dicho él-. ¡Ethel! ¡Ethel! -como si ésas fuesen las únicas palabras que conocía.

– No quiere ver a nadie -dijo la enfermera al regresar.

– Dígale la verdad -dijo el contable-. No quiere verla a ella. No a nadie. A ella precisamente.

Dando una rápida vuelta alrededor del hombre, Ethel entró en la habitación de Petros, y deseó no haberlo hecho. Sus heridas no eran profundas pero sí numerosas. El único vendaje descolorido alrededor de su cuello era lo menos importante. A través de un tubo se estaba introduciendo en la corriente sanguínea de Petros un antibiótico en una solución estéril. Después de todo, había sido un cuchillo usado para despellejar animales. Dos heridas, abiertas todavía, estaban cubiertas con gasas y medicamento, y sangraban. El cuerpo de Petros estaba sujeto a la cama para que no pudiera moverse y desplazar alguno de los vendajes.

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