Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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– Haga lo que quiera -dijo Ethel. No se había movido de la cama.

Cuando el policía griego, un muchacho sentimental, las hubo leído, miró a Ethel con piedad.

– Es mejor que las disimule -dijo-. Si él las lee -podían oír al policía cfracker que subía la escalera- podría ser que la llevara a la comisaría para ser interrogada.

– Haga lo que quiera -repitió Ethel.

El policía tapó las cartas con una revista, justo en el momento en que su compañero entraba en la habitación.

– No está en la lista de ios casos graves -dijo el policía cracker. Esperó que Ethel dijera: «Eso está bien», pero ella no dijo nada.

– Bien, mistress Avaliotis -dijo el policía cracker-, será mejor q ue no salga usted de la ciudad durante un par de días.

No supo qué decir más.

23

Vestida para emprender un viaje, insegura de adonde o cuándo, Ethel Laffey se quedó sentada junto a la ventana, mirando a través de la neblina de calor a los postes de telégrafos a igual distancia de separación y a las señales luminosas del motel en la lejanía: LIBRE… LIBRE.

Cuando le entró temblor, no por el frío, sino por el miedo, se metió en la cama tal como estaba, completamente vestida. Cubriéndose con una manta, se encogió como solía hacer en sus años de adolescencia cuando se sentía sola y sin esperanzas.

Había vivido más de veintidós años y nunca, anteriormente, había estado tan cerca de aquel tipo de violencia: aquellos dos hombres habían reñido a matar y ella era la causa. Se engurruñó todavía más, las rodillas tocándole la barbilla.

En la cómoda, metida entre el marco del espejo y el cristal, vio las «Polaroids» que Teddy había tomado de su hijo. El bebé miraba a la cámara con una expresión igual a la que tan a menudo la había mirado a ella. Acusadoramente.

¿Podía realmente dejar este niño con el viejo que había visto salir del agua dificultosamente, con un cuchillo en la mano y la frente empapada de fuel y sangre?

Pero, ella había prometido a Costa que el niño era para él.

Se echó a temblar nuevamente.

Decidió aliviarse con un baño y dejó correr el agua tan calienta como podía soportarla.

Ed Laffey le había contado que halló a su esposa en la bañera en donde había permanecido tanto tiempo que el agua ya estaba fría. Había tenido que sacar a Emma sosteniéndola en los brazos, un peso muerto.

«Me pregunto dónde está Ed ahora», pensó Ethel.

Pero Emma no tenía razón alguna para seguir viviendo, no tenía hijo, ni esposo, ni suficiencia, ni interés, ni talento para el placer. Emma tenía que morir antes de poder expresar sus verdaderos sentimientos.

Ethel se incorporó y salió del baño. El agua caliente había hecho afluir la sangre debajo de la piel. Su cuerpo estaba rosado. Con una toalla enjugó el vapor del espejo colocado en la puerta del cuarto de baño, y se miró. No se encontró ningún cambio, ninguna marca de tirantez en el vientre allí donde Costa había frotado el aceite de oliva, sus pechos sin ninguna disminución, ningún signo de decaimiento. Su cuello era firme y suave, sin ningún vello. Ningún signo descubría su reciente preñez.

– Eres bella -se dijo.

Su voz era desafiadora; se estaba impacientando consigo misma. ¿Por qué demonios la proposición de Robín Bolt tenía que causarle tanta repugnancia? A Ethel Laffey, ¡que había estado en la cama de Julio el metalúrgico! ¡Trescientos cincuenta dólares semanales hubieran cambiado su vida!

Decidió vestir algo diferente, un modelo atrevido, vistoso, recién llegado de la tintorería. Haciendo una pelota con el papel de seda lo arrojó a la papelera al otro lado de la habitación. El vestido estaba confeccionado a su medida; ponérselo la hizo sentir mejor.

Decidió recoger sus cosas de la oficina y del apartamento con vistas al golfo. Eso sería un primer paso. Hacia cualquier lugar.

Antes de salir miró las cartas que tenía encima de la mesa y las rompió. Esta vez no iba a dejar notas detrás de ella. Iría al hospital a ver a Petros, encontrarse con Noola y afrontar su desprecio, seguir la pista a Costa y encararse con su ira. Haría frente al castigo.

Al salir, la luz la deslumbró. Hacía tanto calor que la zona parecía estar cubierta por una neblina. Tuvo dificultades para concentrarse en la carretera y en los autos que le venían de frente. Conectó la radio para mantenerse alerta y la cerró después, temerosa de lo que pudiera oír.

Metió la llave en la cerradura del apartamento frente al golfo, pero no consiguió darle la vuelta.

– Míster Kalkanis envió a alguien para que cambiara el cilindro -le dijo el conserje- hará una media hora. Sí, yo tengo una llave pero el hombre me ha dicho que no debía entregarla a nadie. Lo sé, señorita, lo sé. Lo siento.

En la dársena vio a míster Bolt, envuelto en una bata a rayas verdes, desayunando solo bajo el toldo que daba sombra a la cubierta posterior. Estaba leyendo el periódico de la mañana, y claramente se veía que no deseaba ser molestado. No muy decidida a dar aquel paso, Ethel se sintió aliviada.

La oficina parecía abandonada. Rápidamente metió todo lo que había en su escritorio en una bolsa de la compra. Al hacerlo, se dio cuenta de la presencia del contable de Petros, un griego de Alejandría, de piel morena, que la miraba desde el umbral de la puerta.

– Recojo mis cosas -explicó.

El no respondió, y le dio la espalda mientras ella se iba.

Ethel comenzó a dirigirse hacia el Sara para hablar con míster Bolt. Pero, en aquel momento, míster Bolt estaba rodeado por sus amigos, todos charlando y riendo. No era el momento oportuno, decidió Ethel. Se iría en el auto a Clearwater, vería a su hijo, y volvería al Sara dentro de una hora.

El Levendis estaba dormido, le dijo a Ethel mistress Achuica.

– La noche pasada, en medio de la cena -contó-, el Levendis dejó caer la cabeza sobre la mesa y eso fue sus buenas noches.

– Ha estado bajo mucha tensión -explicó Ethel.

– Ha sido terrible -dijo mistress Achillea- esa tensión.

– Sólo quiero hacerle una pregunta -dijo Ethel-. Por favor, despiértelo.

Mistress Achillea estaba a punto de negarse, pero recordó la primera visita de Ethel y el Dalla Sua Pace de Mozart, y cómo, mientras ella cantaba la última nota, se había vuelto hacia Ethel y la joven había dicho algo que nadie hubo dicho antes, que Aleko y ella formaban una bella pareja y nunca debían separarse.

De modo que gritó:

– ¡Alekooooo! ¡Oh, Aleko, corazón mío!

La respuesta, cuando llegó, fue un gruñido.

– ¿Qué es lo que quieres ahora, por amor de Dios?

Mistress Achillea sonrió tiernamente.

– Mi ángel se ha despertado -murmuró a Ethel-. Ethel ha venido a verte, querido mío -gritó. Y continuó, bajando la voz-: De todos modos, algo bueno ha salido de todo esto. Es la primera vez en ocho años que ha dormido aquí toda una noche. ¡Imagínese! ¡Estos griegos! Y su esposa ha dicho… ¿Me estás escuchando?

– Sí.

– Que no va a aceptarlo de nuevo. Me ha llamado una amiga para decírmelo. Tú has cambiado mi suerte.

Aleko salió envuelto en un albornoz, de vistoso color naranja, que pertenecía al hijo adolescente de mistress Achillea. En la espalda se leía impreso: EQUIPO DE NATACIÓN.

– Te diré la verdad, Ethel -le dijo en respuesta a su pregunta-. Sé dónde está. Pero me pidió que no lo dijera a nadie.

– Sólo a mí -suplicó Ethel-. Voy a irme para siempre. Dímelo a mí y a nadie más.

– Especialmente no debo decírtelo a ti -respondió él -. Perdóname, no deseo herirte.

– Si no quieres herirla, ¿por qué la hieres? -dijo mistress Achillea-. Mira lo que le has hecho. Mira su cara.

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