Elia Kazan - Actos De Amor
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El contable entró detrás de Ethel y comenzó a tirar de ella para sacarla, pero un gesto de la mano libre de Petros le ordenó que la dejara.
Petros entonces indicó a Ethel que se acercara, y cuando ella lo hizo, que se inclinara hasta su boca de modo que él pudiera hablarle.
Ella se inclinó, muy cerca, y murmuró:
– Procura perdonarme, Peetie, por favor, intenta perdonarme.
Ella lo miraba directamente a los ojos cuando él le escupió en la cara. Después de lo cual siguió mirándola en silencio.
Ella continuó con la cabeza inclinada, aceptando el castigo.
La enfermera, que había estado vigilando desde la puerta, acompañó a Ethel hasta fuera de la habitación.
En casa de Costa, no había nadie. Ethel, sintiéndose de nuevo como una extraña, esperó a Noola en su auto durante dos horas.
Noola vio a la joven, pasó por su lado y entró en la casa.
Al cabo de unos minutos, Ethel se obligó a cruzar el destrozado pavimento, a través de los arbustos y las plantas que Costa había trasplantado de la tumba de su padre.
La puerta estaba cerrada. Ethel llamó.
Oyó pasos en zapatillas. Oyó que se detenían.
– No puedes entrar -le dijo Noola gritando a través de la puerta.
– Sólo un minuto, Noola, por favor.
Noola abrió la puerta, sin esperar preguntas o excusas.
– Ahora ya sé lo que siempre supe -dijo, y cerró la puerta.
– ¿Dónde está Costa? -gritó Ethel-. Quiero hablar con él. Un minuto solamente. Para decirle adiós. Entonces no me verás nunca más.
– Has destrozado a todos los de aquí -dijo Noola. Y también pasó el pestillo violentamente.
A la misma hora, aquella misma tarde, Teddy regresó de su misión en el mar. Dejó caer su maleta en el portaequipaje de su «Pinto» y, en vez de ir a su alojamiento, se dirigió a casa de su amiga Betty. Betty no estaba, pero tuvo un presentimiento de dónde podría hallarla. Estaba en la lavandería del barrio.
– Vamos a casarnos -le dijo mientras regresaban a casa de ella-. Para citar a mi viejo: «He decidido por los dos.»
Betty, tan cuidadosa y controlada como Teddy, se quedó sorprendida ante el atrevimiento. Pero sabía que era el momento de besarlo.
Decidieron concederse un final de semana en la playa próxima de Ponte Vedra. Encontraron una bonita habitación con ventana que daba al agua. El motel, construido con argamasa coquina [24], relucía con su color rosado bajo el sol de la tarde. Cogidos de la mano, caminaron por la playa al atardecer. Después se fueron a la cama.
Ethel pasó aquella noche lavando su ropa interior y las medias, y lavando también su cabello, recogiendo sus cosas en la enorme maleta de antiguo modelo que Emma había dejado. Eran más de las once cuando terminó. Decidió ir a la dársena. Si el Sara entraba aquella noche, ya habría llegado.
Bajando la amplia rampa de entrada, sintió la humedad y el frío que en la oscuridad desprendía el agua. Cuando llegó a la esquina de la oficina vacía, vio que el Sara estaba amarrado en su embarcadero. Las luces de noche, de proa y popa, estaban encendidas, y de los ojos de buey salía resplandor. El barco estaba absolutamente quieto.
Ethel sabía que aquél era un mal momento. Vaciló, caminó un poco, se paró, y siguió caminando hasta llegar al costado de la embarcación. Oyó un murmullo. En una amplia tumbona de cubierta vio lo que parecía ser dos personas, cubiertas con una manta. Totalmente absortas, una con la otra, no habían notado la proximidad de Ethel.
Sus ojos adaptados ya a la oscuridad, Ethel distinguió dos formas humanas, pero una sola cabeza, la de un muchacho joven que no había visto anteriormente. Alguna especie de juego amoroso se desarrollaba en cubierta; Ethel tenía una idea clara de lo que podía ser. Dio la vuelta y comenzó a alejarse.
– ¡En, tú! -el muchacho la había visto-. ¡Tú! ¿Qué es lo que estás mirando?
La cabeza escondida salió a la vista. Era Robin Bolt.
Ahora que la había visto, era tan imposible alejarse como quedarse allí. Además, si se marchaba al día siguiente, ésta podría ser su última oportunidad. El Sara quizá saldría otra vez por la mañana.
Retrocedió y se acercó otra vez al barco.
– Míster Bolt -dijo Ethel-. Lo siento.
– ¿Quién es? -preguntó Bolt a su compañero.
– Una mujerzuela -dijo el muchacho-. ¿La habías citado o algo parecido?
– No sé quién es -dijo míster Bolt.
– Es Ethel, míster Bolt, Ethel Avaliotis, ¿se acuerda?
Ethel pudo ver que ambos estaban muy borrachos, sin coordinación en sus movimientos, y el muchacho cayó por el costado de la tumbona cuando trató de ponerse en pie. Al incorporarse no se ajustó la ropa.
– ¡Vete de aquí, maldita zorra ! -exclamó agitando los brazos-. ¡Ve a mover el culo a otra parte!
– Sólo un par de cosas, míster Bolt -suplicó Ethel.
– Vete, viejo coño de mierda -dijo el muchacho- a buscar tu pitanza a otra parte.
– ¿Ethel? -preguntó míster Bolt, y su habla era confusa y arrastrada-. ¡Sí! ¿Mistress, qué? Algo. ¿Es que no sabes hacer otra cosa que molestar a un hombre en su tiempo libre?
Viendo que Ethel no se movía, el muchacho cogió un taburete de mimbre y se lo arrojó.
– ¿Qué es lo que haces, Andy? -preguntó Bolt, riéndose. Parecía deleitarse ante la extravagante exhibición de celos del muchacho.
– Estoy echándola de aquí. ¡Vete, vaca vieja!
Cogió la mesa de mimbre, la sostuvo sobre su cabeza, balanceándola, y corrió entonces hasta la barandilla y la lanzó contra Ethel. Pero su puntería era insegura y la mesa cayó al agua.
Bolt reía sin poder contenerse. El salvajismo del muchacho lo fascinaba.
Ethel siguió inmóvil, esperando. Las mejillas le ardían. -Vamos, Andy -dijo Bolt-. Hace frío aquí fuera. -Tomó al muchacho de la mano y tiró de él hacia una puerta. – Andy, vamos he dicho, déjala sola. -Andy estaba buscando algo más para arrojarlo a Ethel.- Es una buena chica. Vamonos ahora.
– Que se joda -dijo Andy mientras finalmente se cubría un poco-. Estaba allí mirándonos y no sé cuánto rato haría.
– ¿Y qué? -dijo Bolt-. No es la primera vez que esto te ha sucedido. Vamos.
Y se fueron. Ethel no se alejó.
Estaba avergonzada de sí misma, suplicando de ese modo, humillándose, para conseguir aquel trabajo nauseabundo. ¿Es que su futuro dependía realmente de algunas palabras casuales, de una observación lanzada al azar por Robin Bolt? ¿Es que su vida dependía de aquel hilo?
Cogió el taburete de mimbre y lo arrojó contra la única ventana de cubierta que estaba iluminada. Subió entonces corriendo a cubierta del Sara, cogió una gran bandeja de plata con vasos y hielo, bebidas y coctelera, corrió hasta aquella ventana iluminada y estrelló la bandeja contra el cristal.
Desde dentro se oyeron gritos de indignación.
Ethel salió de la embarcación a todo correr, cruzando la pasarela, por el lado de la oficina y hasta la ancha rampa de entrada.
Estaba furiosa, no contra Bolt y su muchacho, sino contra ella misma.
Estaba rabiosa. ¿Por qué se había valorado tan bajo?
Demonios del infierno, era una buena secretaria. ¡Los hombres para los que había trabajado en aquella compañía mexicana de productos químicos habían luchado entre ellos por obtener sus servicios!
No quería el maldito empleo de Bolt. No tenía por qué comerciar con sus pechos como tampoco tenía por qué comerciar con su trasero. Estaba capacitada.
Entró en su auto y cerró de un portazo.
¿Era Arturo acaso más listo que ella? Arturo era un chiquillo, ¡un muchacho malcriado!
¿Petros? ¿Más listo que ella? Y un cuerno. Más astuto, quizá. Más duro. Sí… eso, sí. Pero ella ya conseguiría hacerse más sensible. Después de haber dado vueltas todo el día, y de recibir portazos en la nariz, ser despreciada y expulsada, maldita sea, tendría que ser mucho más insensible, y con toda rapidez.
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