Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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– No voy a presentar denuncia contra ese viejo temporalmente loco -se decía que Petros había declarado-. Comprendo por qué hizo lo que hizo.

– Es un buen hombre -interrumpió Costa-. Iré al hospital, me pondré de rodillas y le pediré perdón.

– «Todos saben de quién es la culpa -siguió leyendo el Levendis-. Ella debería irse de esta zona. ¡Con toda rapidez!»

– ¡Ese hijo de perra! -exclamó Costa-.¿Por qué se mezcla en mis asuntos de familia? – Le quitó el periódico a Aleko y comenzó a rasgarlo.- No hizo bastante todavía, ahora está diciendo quién debe irse de la ciudad. Y también quiere que sea con toda rapidez. ¡Tenía que haber matado en el agua a ese jodedor de asnos!

Jadeando, se dejó caer en la silla y se quedó silencioso. Durante unos momentos, el cerebro dejó de funcionarle, se rompieron los eslabones que daban sentido a las cosas, y la mente le quedó en blanco.

– Mi familia, mi problema, mi familia, mi problema -repetía murmurando.

Retornó entonces, de nuevo consciente de dónde estaba y de que su amigo lo observaba.

– ¿Qué es lo que dicen? -preguntó-. ¿En el kaffenion ?

– Esos viejos del bar, ya sabes cómo son.

– ¿Qué dicen, pues? ¿Sobre mí?

– ¿Quieres que te lo cuente?

– No me importa lo que ellos… ¿Qué?

– Que tú no puedes controlarla, que ella hace todo lo que le da la gana.

Costa asintió.

– ¿Qué dices tú? -preguntó.

El Levendis arriesgó su vida.

– Lo mismo -dijo.

– Todo el mundo conoce mis asuntos mejor que yo -comentó Costa.

– Te vi con ella en el bote, y ¿recuerdas cómo le cogías las manos cuando Anthea cantaba? ¿Te acuerdas de aquel día?

Costa se levantó y salió de la casa. El Levendis, contento por haber escapado por un hilo, lo contempló mientras Costa desaparecía por el naranjal.

Cuando Grace regresó para el almuerzo, Aleko estaba todavía allí.

– ¿Dónde está? -preguntó a Aleko.

Aleko señaló el estanque.

– Enloquecido cada vez más.

Costa caminaba por la ribera, cabizbajo, las manos golpeando el aire, hablando consigo mismo como un antagonista.

– Tienes razón, está tocado -dijo Grace-. Gritando y llorando toda la noche… no puedo soportar oír a un hombre adulto que llora. ¿Por qué se lo ha tomado tan a pecho? Petros se pondrá bien. Ya está concediendo entrevistas a la Prensa como cualquier político.

– No Petros. La chica. La desgracia sobre la familia. ¿Sabes lo que hacen en nuestra isla en una situación como ésta? ¿Quieres oír algunos casos?

– No mientras estoy comiendo.

Costa volvió.

– Aleko -le ordenó -, a las seis en punto. Trae el auto.

– Costa, por el amor de Dios. Tengo cosas importantes…

– Olvídate de las carreras hoy. ¡Auto! Seis en punto.

– A las seis ya está oscuro… ¿lo has olvidado?

– ¿Qué crees tú, que mi cerebro no funciona? Anda, ve, ve.

Cuando hubo terminado el trabajo del día y la luz comenzaba a desvanecerse, Grace pagó a los puertorriqueños y entró en la casa. Encontró a Costa en el cuarto de baño, vestido con la bata de Grace, y afeitándose lenta y cuidadosamente con la espuma producida con una barra de jabón «Palmolive» y la maquinilla que ella utilizaba para las piernas.

– Plánchame el traje, en seguida -dijo Costa-. Lo llevaba en el agua.

Observó cómo Grace presionaba con el hierro caliente sobre su vestido y el silbido del vapor a través del tejido reluciente.

– No vayas a verla -dijo Grace.

– Grace, hazme el favor, cuida de tus asuntos.

– Esa chica me gustó -dijo Grace.

– Me gusta también a mí -dijo Costa-. Pero sabemos una cosa de la Biblia, Grace, tú católica, lo comprendes. Debemos pagar lo que hacemos mal. Cuando pagamos, Dios nos perdona. ¿No es así?

– Recuerda tan sólo que tú no eres Dios.

– Yo soy el hombre de esta familia. Teddy es mi chico. Mi trabajo es limpiar el nombre de la familia.

Vestido con su traje negro, se sentó en el porche de delante, esperando la puesta del sol. Se le anunciaba un dolor de cabeza. Reconoció el aumento de la presión detrás de los globos de los ojos y las primeras pulsaciones en las sienes.

Cuando Ethel regresó a su casa, acabó de lavar unas prendas y las colgó en la cuerda sobre la bañera junto a las que había lavado la noche anterior. Escribió entonces una carta a la propietaria, dándole instrucciones para que cualquier cosa que ella dejara debía ser mandado a Beneficencia, excepto la pequeña mesita redonda que tanto admiraba la propietaria: podía quedarse con ella.

A las cuatro, desanimada y desconsolada, llamó a Anthea y le dijo que se daba por vencida.

– Ahora ya sé que él no vendrá -dijo.

– Aprovecha para dormir un poco -le dijo Anthea-. Te espera una noche pesada. Yo procuraré que el niño duerma todo lo posible. A las ocho te estará esperando, hermoso. Yo te llamaré a las siete y media, quizá, para asegurarme de que te despiertes.

Ethel se puso una camisa de dormir blanca, corta y una bata ligera y se metió en la cama. Estaba durmiendo cuando oyó un golpe fuerte en la puerta, una orden.

Entró el patriarca, trayendo la posibilidad de redención.

Se sentó en la butaca, y evitó mirarla.

– Cierra la puerta -dijo-. Con llave.

Ethel hizo lo que se le ordenaba, sentándose después en el borde de la cama esperando su juicio.

Se dio cuenta de que Costa había comenzado inmediatamente a sudar. La habitación se había sobrecalentado con el sol poniente. Costa se quitó la chaqueta, se sentó de nuevo, levantó las manos y con la parte carnosa de las palmas presionó suavemente sus ojos.

– ¿Dolor de cabeza? -preguntó Ethel.

– No.

Ethel nunca lo había visto tan circunspecto ni tan severo.

– He venido a hablarte -dijo Costa.

– Yo he estado esperando para hablar contigo -respondió ella.

– Oigo que la gente habla contra ti -dijo él-. Dicen que eres mala persona.

Ethel pareció aceptar satisfecha este juicio.

– Ellos olvidan que tú eres mi familia, es asunto mío lo que tú haces y lo que tú dices. Ellos olvidan que nosotros estamos juntos en esto.

– ¿En qué?

– Nuestro problema. Familia, estoy hablando. Por esto vengo a hablarte.

Eso pareció ser todo lo que tenía que decir por el momento.

La luz de los faroles de la calle iluminaban a Ethel, pero Costa estaba de espaldas a la ventana, de modo que él quedaba en la oscuridad. Únicamente sus ojos relucían. Costa observó la maleta en el suelo, preparada para el viaje, pero no hizo ningún comentario al respecto y dedicó su atención a la cama, durante tanto rato sin pronunciar palabra que Ethel comenzó a preguntarse qué es lo que Costa estaría pensando. Recordó que Costa nunca había estado antes en casa de ella.

«Ahora es el momento de decirle que me voy -pensó-, ahora, mientras está callado.»

– ¿Cómo está Petros? -preguntó Ethel.

– Habló en el periódico contra ti -respondió Costa.

– ¿Diciendo qué?

– No me hará denuncia, ha dicho. ¡Imagínate! Hijo de macarra. Habló sólo contra ti.

«Ahora -pensó Ethel-, díselo ahora.» -Puedo entender bien por qué lo hizo -dijo.

– «Todos saben de quién es la culpa», ha dicho. Quiere decir que es tuya.

Miró otra vez la maleta.

– Estás a punto de marchar -dijo. Una afirmación, no una pregunta.

– Sí -respondió Ethel, de nuevo dándose ánimos para contárselo todo, su resolución y sus planes, todo, ahora.

– Aleko está fuera, esperando en el auto. Nos llevará a casa -dijo Costa-. Pero, primero, he de decirte algunas cosas.

– Supongo que es así -dijo Ethel-, como Petros ha dicho: por culpa mía.

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