Elia Kazan - Actos De Amor
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– Todos esos hombres. Uno encima de otro. ¿Por mí?
Costa no estaba riñéndola. Era una reprensión de amante.
– ¿No quieres al pequeño, Costa? -dijo Ethel-. ¿No es eso lo que tú querías?
Costa no supo qué responder.
– Fueron hombres decentes -prosiguió Ethel-. Todos ellos. Amigos. Todos de mi agrado. Pero tú eres el único a quien quise.
Ethel se acercó más a él, el cuerpo de ella entre las rodillas de él.
– Te di nueve meses de mi vida, Costa -dijo. Agotada, dejó caer la cabeza sobre la rodilla de él-. Ya no puedo seguir hablando de todo esto. -Sintió escalofríos y temblores en el cuerpo.- Maldita sea -dijo mientras comenzaba a llorar-, yo no quería que esto sucediera.
Costa le acercó más a él y su voz era dulce.
– Ahora yo te protejo -dijo-. Tú haces lo que yo diga y yo te protejo. -Acarició su cabello.- Quizá, corno dices, lo has hecho porque todos te gustaban. A lo mejor esta vez es la verdad.
Lo que hizo que Etheí llorase más fuertemente, ante el intento de Costa de comprender lo que había sucedido según ella se justificaba.
– Quizá tú no eres chica en quien podamos confiar en ese aspecto -dijo Costa-. Quizá tú necesitas que alguien te vigile todo el tiempo.
– Quizá -confirmó ella, con el deseo de admitir cualquier cosa. Y añadió-: También lo hice por mí. Para liberarme de todos vosotros. Y esto es lo que quiero hacer ahora. Por eso voy a marcharme. ¿Me estás escuchando? He dicho que me voy a ir.
Si Ethel esperaba que esto llegara hasta el viejo, se equivocó.
– No entiendo lo que me dices -dijo Costa-. Pero ahora no importa. Estáte quieta. Así. Mírame.
Y ella lo hizo.
– No llores más. Yo te cuidaré ahora.
Costa le besó las mejillas, húmedas por las lágrimas.
– Voy a marcharme -repitió Ethel-. Por favor, por favor, trata de entender eso.
– No vas a ninguna parte -dijo Costa. Y le cubría de besos todo el rostro-. No hay razón de huir. Yo estoy aquí. Tú estás conmigo. Segura. Me perteneces.
Ethel se dio cuenta de que él no la había oído… o no había podido… o no había querido.
Fue en ese momento cuando se decidió.
Lo único que podía hacer era lo que siempre había hecho… no tratar de explicar lo que iba a hacer, sino hacerlo simplemente, desaparecer sin una explicación, sin dejar ninguna pista sobre adonde iba, ni una nota explicando el porqué.
No le quedaban fuerzas para hacer otra cosa sino desaparecer. En el rostro de Costa no había comprensión en aquel momento. Ethel vio en él únicamente lo que había visto tantas veces en tantísimos otros rostros.
No tuvo que adivinar lo que estaba sucediendo a Costa. Ella lo supo antes que él.
Le vino la idea de que tenía que poner espacio entre los dos.
– Costa, querido -dijo, colocando las palmas de sus manos en las rodillas de él-. Es mejor que me levante ahora.
Comenzó a incorporarse sobre las rodillas. Pero las manos de Costa estaban sobre sus hombros, suave pero pesadamente, dulce pero inflexiblemente, impidiéndoselo.
Costa sacudió la cabeza, expresando en sus ojos igualmente reproche y ansia. Costa quería decir algo, pero carecía de vocabulario para hacerlo.
Ethel se le acercó de nuevo, y ahora le pidió permiso para dejarlo, diciendo:
– Por favor, Costa, por favor, adiós por ahora.
E intentó alzarse de nuevo, pero él la retuvo en el mismo sitio.
Cuando Costa consiguió hablar, lo hizo dificultosamente. Con la cabeza baja, la respiración jadeante, tuvo que hacer un esfuerzo para expresar las palabras.
– Modo adecuado. No temas. Yo explico todo. A Teddy. El te acepta No te preocupes.
– Muy bien -dijo Ethel-. De acuerdo. Gracias.
– Buen muchacho. Buen hijo. Obedece a su padre. Yo le digo lo que está bien. Arreglo al muchacho Teddy. Sobre esto.
– Sé que lo harás Costa, de acuerdo, de acuerdo.
Para que él creyera, Ethel le dio un rápido beso de despedida otra vez e intentó incorporarse. Pero él la retuvo cerca de él.
Ethel se dio cuenta de su erección y trató frenéticamente de liberarse de lo que había provocado.
– Costa, querido, por favor. -Ethel ahora suplicaba.- Déjame levantar. Y te escribiré desde allí donde vaya y tú me escribirás y me contarás cómo está el chico, así que ahora déjame ir. Y, durante mis vacaciones, vendré a veros y a estar con el niño y contigo, ya verás qué bonito será todo, y os traeré regalos a los dos, y cada Navidad estaré con vosotros, pero ahora tengo que marcharme, Costa, y en verano saldremos juntos a la mar, los tres, Costa, verás, ahora tengo calambre en una pierna, así que, por favor, déjame ir, y también iremos a la tumba de tu padre y nos sentaremos allí los tres y tú le contarás al chico lo que solías contarme a mí, todo lo de la familia. ¿Sí? ¿Sí?
Pero cuando ella miró hacia arriba a Costa para suplicarle otra vez que la soltara, eso es todo lo que ahora podía hacer, suplicar, Costa la besó en los labios, los labios de él pesados y envolventes.
– Eres muy perversa -le dijo dulcemente.
Ethel percibió de nuevo aquel aroma que provenía de él, oriental y agradablemente ácido.
– Pero no me importa -prosiguió Costa-. ¡Maldito si me importa en absoluto!
Ethel no se movió cuando sabía que debía hacerlo.
Porque sabía también que si ahora le rechazaba, debería empujarle con todas sus fuerzas, y le heriría de una manera que ella no deseaba hacer.
– Eres tan perversa -decía él-. Tan perversa.
Costa estaba temblando y la besaba una y otra vez en la boca, y eran sus besos esencia de la necesidad que surge al final de la vida, únicamente entonces.
– Llámame padre -decía-. Llámame padre, como antes.
– No hagas eso, Costa -suplicaba Ethel en un susurro-. Por favor, no lo hagas, no lo hagas… por favor, Costa, por favor.
– Dilo, di padre.
Cuando Ethel comenzó a luchar ya era demasiado tarde.
– Costa, no sigas. ¡Yo no quiero eso!
Deslizándose de la butaca, Costa estaba en el suelo junto a ella.
– Costa -suplicó Ethel-, no lo hagas. Por favor, no lo hagas. Costa la sujetó de modo que Ethel no podía escapar. -Yo no te quiero de esa manera, Costa -suplicaba Ethel. Encima de ella en aquel momento, Costa no la oía.
Todo lo que podía hacer Ethel ahora, era esperar, nada más.
Costa no hizo lo que ella esperaba, no alargó la mano para alcanzar debajo las ropas de ella, no se liberó a sí mismo. Como un muchachito, se apretó contra ella con toda su fuerza.
Si lo necesita tanto… pensó Ethel.
Entonces Costa comenzó a vibrar.
– Jesús, ayúdame -dijo finalmente.
Ethel cerró los ojos.
– Jesús -dijo él-, estoy muriendo.
25
Permanecieron inmóviles.
Ethel sintió un impulso de culpa: ella estaba tan serena, y él destrozado.
Costa aflojó su opresión y Ethel pudo respirar, pero seguía sobre ella todavía el peso muerto de Costa que ocultaba el rostro contra el cuello de Ethel.
Silencio.
Ethel dejó vagar el pensamiento.
¿Hubiera podido quizás obtener más dinero por el auto? El comerciante de coches usados le había dicho que podía intentarlo en otras partes, pero ella tenía prisa por arreglar las cosas, de modo que estuvo de acuerdo en aceptar lo que él le ofrecía. Setecientos diez, más lo que tenía en el Banco, menos el coste del billete de avión… llegaría a Nueva York con casi mil quinientos dólares. Con eso podría vivir algún tiempo.
¿Qué hora debía ser? Anthea había dicho que llamaría a las siete. No, a las siete y media. Y en «Lazy Louie's Used Cars» el hombre había dicho:
– Tenemos abierto hasta las nueve. Tendré el dinero contante a punto -había prometido- y la llevaré al aeropuerto.
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