Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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– Sólo generalmente. Al Norte. Y ya no mentiré más. Ni a ti, ni a nadie.

– Bueno, si es verdad -dijo Costa-, ¿qué dices si yo voy contigo? Al Norte.

Una sugerencia que Ethel no había previsto y no sabía qué responder.

– ¿Tú no quieres eso? -preguntó él.

– No -dijo Ethel-. No quiero que tú vayas conmigo.

– Si nadie te espera, ¿por qué te importa?

– Quiero estar sola. Sin nadie más.

– Siéntate -dijo Costa-. Porque no vas a ir a ninguna parte.

Ethel no supo qué responder. Para romper el hechizo, Ethel se arrodilló junto a la maleta, plegó la parte superior e intentó unir las dos mitades para poder abrocharlas.

– La verdad es -insistió Costa- que vas a reunirte con alguien.

Ethel ya no tuvo paciencia para seguir negando. Juntó las dos mitades de la maleta de Emma. Tenía el cuerpo en tensión. Esta maldita maleta, pensó, está demasiado llena. La dejó caer de lado, y se sentó en una esquina presionando con todo el peso de su cuerpo. Oyó cómo se rompía el cristal de la fotografía. Miró a Costa. No se había dado cuenta. Tenía que meter las presillas y sujetarlas. Rápidamente.

– Mira fuera -Ethel le oyó decir. Costa estaba junto a ella, sosteniendo todavía la chaqueta frente a él. Puso la otra mano en la maleta.

– ¿Por qué cierras esto? -preguntó.

Ethel miró por la ventana. Ya era de noche.

– ¿Dónde crees que vas a ir, en medio de la noche, como una loca en camisón?

Dios mío, era cierto, aún tenía que vestirse. Pero eso le llevaría exactamente dos minutos.

– Ethel, estoy hablándote.

Sonó el teléfono. Anthea. Debían de ser las siete y media. Sonó de nuevo. Ethel no lo cogió. Y siguió sonando una y otra vez. Costa la observaba.

– ¿Por qué no respondes al teléfono? -preguntó-. ¿Eh? -Señaló el teléfono, esperó.- Yo sé por qué -dijo-. Ese es el tipo, que te llama, ¿verdad?

El teléfono sonó nuevamente. Los ojos de Costa no dejaban de examinarla.

– Responde -dijo-. ¡Responde! ¿Por qué no respondes al teléfono?

Ethel siguió apretando la maleta.

El teléfono quedó silencioso.

Con la mano que tenía libre, Costa le quitó la maleta de las manos, la abrió y arrojó el contenido por el suelo, esparciendo vestidos y fragmentos de cristal.

Finalmente, Ethel se sintió aliviada, y supo por qué. Ira. Estaba al borde como él.

Pero Costa no debía de darse cuenta. Podría ser la mecha.

Rápidamente, Ethel comenzó a recoger los vestidos que Costa había esparcido.

– Dirne -le dijo Costa-, ¿quién más sabe lo que me has dicho?, que no es de Teddy. Estoy hablando del pequeño Costa.

– Teddy y tú.

– ¿Estás segura de eso?

– Sí.

– Petros, ¿nada?

– Sólo lo que sucedió con él.

– Teddy y yo y… ¿tú solamente? ¿Solamente? Dime la verdad.

– Esta es la verdad.

– ¿Y cómo puedo saberlo?

– Porque yo te la digo.

– ¿Cómo sé si más adelante, algún día, no se lo cuentas a otro, quizás al nuevo hombre?

– No lo sabes.

– Deja esos vestidos. Siéntate y di la verdad por una vez.

Nuevamente, Ethel se vio obligada a contener su ira.

– ¿A quién podría contarlo? -preguntó-. ¿Y por qué?

– Al hombre con quien vas.

– No tengo nadie con quien ir.

– Más pronto. Más tarde. Algún día.

– Así lo espero. Voy a llevar una vida normal.

– ¿Cuál es tu idea de una vida normal? -

Todavía no lo sé. Voy a tener que descubrirlo.

– Tú dices mentiras a veces, ¿verdad?

– A veces.

– Muchas veces.

– Pero no sobre esto. Nunca contaré a nadie que no es… Oh, ¡al cuerno con todo esto!

Ethel se levantó y miró la puerta. No quería sentirse intimidada, nunca más. Hubiera querido estar vestida. Se acercó a la ventana dando la espalda a Costa.

El tráfico de regreso al hogar ya había cesado. Todo estaba silencioso en la autopista. Faltaban veinticuatro minutos para las ocho.

– Costa, ¿por qué no te vas ahora? -preguntó Ethel.

El estaba aproximándose a la joven.

Ella pasó por su lado, dándole la vuelta, hasta estar junto a la maleta, se arrodilló en el suelo y comenzó a empaquetar de nuevo sus vestidos. Se clavó un trocito de vidrio en un dedo que ella se llevó a la boca y chupó.

Costa la contemplaba.

Cuando Ethel terminó de hacer la maleta, la cerró nuevamente -consciente de la vigilancia de Costa- e intentó apresar el cierre.

– Dime -dijo Costa, acercándose a ella -. Petros, seguro que sabe algo del pequeño Costa, de quién es…

Esforzándose encima de la maleta, Ethel respiraba trabajosamente.

– Creo que él lo supone -dijo tan sosegadamente como pudo mientras empujaba con todo su peso hacia abajo-. No lo sabe, pero lo supone…

¡Finalmente! ¡Una cerradura presa!

– Que el niño no es de Teddy -dijo-. Y eso es todo.

No conseguía apresar la otra cerradura.

Ethel se detuvo un momento, sin respiración, y chupó el dedo herido. No era un corte profundo, pero no había cesado de sangrar.

– Pero antes de que tú se lo dijeras, él no sabía nada -prosiguió Costa.

– No sabe nada. Lo supone. ¿Cómo puede saberlo él si ni yo misma lo sé?

De nuevo intentó encajar el cierre, casi lo tenía y se le escapó de los dedos.

– ¿Tú tampoco lo sabes? -preguntó Costa.

– Te lo he dicho un centenar de veces.

– Dímelo cien veces más y no me lo creo.

El teléfono sonó de nuevo.

Ethel miró rápidamente a su reloj de pulsera. Eran las ocho menos veintiún minutos.

– Vamos -dijo Costa, mirando el teléfono-. El está esperándote.

Al demonio con la maleta. El teléfono sonaba. Se marcharía ahora mismo, esquivando a Costa, saliendo por la puerta, bajando aprisa la escalera, saliendo del edificio, en bata, hasta su auto. El teléfono sonaba. Todo lo que necesitaba realmente era su bolso. Dentro había el billete. Lo agarraría mientras se dirigiera a la puerta. El teléfono sonaba.

Costa cogió el cordón y, de un tirón, lo arrancó de la pared.

Ethel corrió hasta el cuarto de baño y cerró la puerta con el pestillo.

Encendió la luz, la apagó. En el tendedero encima de la bañera había visto, en ese instante de iluminación, el lavado del día anterior. Había un vestido de sus favoritos, seco, dispuesto para llevar. Y bragas, sujetadores, hasta un par de alpargatas.

Desde el cuarto no llegaba ni un ruido.

Por encima de la bañera había una ventana y fuera un cuadro del tipo de existencia que Ethel nunca había tenido ni deseado, una vida tranquila, a pesar de una figura que se movía.

Frente a la parte de atrás del edificio donde Ethel vivía había la correspondiente de otra construcción exactamente igual, con una piscina en el patio, iluminada interiormente. Relucía como una joya en la noche.

Un solo nadador, un hombre joven, nadaba lentamente de uno a otro extremo, daba una rápida vuelta y volvía a nadar lentamente. Ethel pensó que habría vuelto a casa tarde del trabajo y estaba relajándose antes de la cena. Al extremo de la piscina, al borde, había una bebida. El hombre se acercó a la bebida saliendo directamente como una flecha desde el fondo, tomó un largo trago, y reanudó su natación.

A unos tres metros de la piscina había un columpio infantil. Sentada en el columpio, contemplando al nadador, había una mujer joven, en bata de casa azul claro, columpiándose con lentitud, con sensualidad.

Ethel imaginó la escena que seguiría, la cena sacada del horno y colocada en la mesa, la comida saboreada con charla afectuosa, pronto a la cama, sin cubrecama por el calor, sin ropas de dormir, suave intimidad amorosa, y profundo sueño.

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