Elia Kazan - Actos De Amor
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Ethel intentó liberarse. Pero Costa era la persona más fuerte que ella había conocido. Su fuerza no era natural, la asustaba. Las lágrimas que había en los ojos de Costa, formaban parte del terror. Ethel no podía moverse.
– No quiero que digas nada más -dijo él-. Acaba con esto.
– No es cosa tuya lo que yo haga. Déjame ir.
– No hables más -repitió él. La retenía ahora por el cuello.
– Suéltame, maldita sea. No sigas.
Ethel le golpeó las manos y el rostro. Pero Costa parecía no sentirlo. Excepto que apretó más su presa.
– Asunto terminado ahora -dijo-. Estáte quieta. Quieta.
Y Ethel quedó quieta. Entre sus manos.
– Y nunca más estarás con nadie. ¿Lo entiendes?
– Lo estaré, lo estaré -dijo Ethel; pero la voz era ronca, rasposa.
Costa la sacudió.
– Ahora has de entender eso. Ahora eres mía.
Ethel entonces luchó por su vida, utilizando toda la fuerza que le quedaba.
Sosteniéndola por el cuello, Costa la alzó del suelo, las piernas agitándose de un lado a otro, las manos luchando con las de él. La sostuvo en alto, por encima del suelo, hasta que ella quedó vencida y quieta.
– Ahora -dijo Costa-. ¿Entiendes lo que quiero de ti? ¡Dilo!
Esta era su oportunidad y Ethel lo sabía. Si decía lo que él esperaba oír, si ella se doblegaba a su voluntad, estaba de acuerdo con sus condiciones, Costa creería que ella sería lo que él quería que fuese, lo aceptaría y la dejaría libre.
– ¿Qué? -dijo Costa, aflojando sus manos suficientemente para que ella pudiera recuperar la voz-. ¡Dilo!
– No importa lo que me hagas -dijo Ethel, y le dolía pronunciar cualquier palabra-. Yo no te pertenezco y nunca te perteneceré.
Cuando Costa apretó más fuertemente, Ethel volvió la cabeza y le mordió en las manos.
Costa le hizo girar la cabeza y Ethel dio un grito de dolor. La habitación quedó silenciosa.
Ethel abrió la boca como si tratase de aspirar el aire que necesitaba.
Consciente de lo que estaba sucediéndole, se borró su voluntad y se debilitó su decisión. Le acarició las manos lo mejor que pudo, diciéndole, lo mejor que podía, un susurro, un murmullo, un suspiro:
– Padre, escucha, por favor, no sigas, por favor, padre, no sigas, padre, no quiero odiarte, padre, no sigas, por favor.
Pero Costa no podía oírla. El hecho de que ella moviera todavía los labios le bastaba. Apretó más las manos. Ethel se dio cuenta de que estaba loco. Unos segundos después, intentó arañarle. De nuevo Costa la sostuvo en alto hasta que Ethel quedó inerte y colgante de sus manos.
Y estaba entonces poseído, espíritu divino, castigando justicieramente al transgresor.
– Nunca más estarás con otro -pronunció, los ojos centelleantes con la luz de la revelación-. ¡Está hecho! ¡Terminado!
– Estaré, estaré, estaré -decían los labios de Ethel. Pero no había voz.
Costa vio los labios en movimiento de ella y detuvo también eso.
– Decídete -dijo-. Lo que yo digo ahora es lo que será.
– Jódete -quiso decir Ethel. Pero no pudo. Ya era demasiado tarde.
– Así debe ser, callada -dijo Costa-. Lo mejor para ti. ¿Lo ves? Cuando no hablas, todo bien, ¿eh?
Los labios de Ethel se movieron por última vez, y los brazos de Costa se cerraron.
Se oyó una estrangulación, como cuando un pedazo de comida es demasiado grande para ser tragado.
Costa no la estrangulaba; la retenía para que no pudiera marchar. Era un acto de amor.
De la garganta de Ethel salió un sonido, que ella no hizo por voluntad, un chasquido, como el ruido de un hueso de pollo haría al romperse.
Y Ethel era suya, tal como la deseaba Costa, silenciosa.
Al cabo de un rato, salió un hilillo de sangre por una ventana de la nariz de Ethel.
La brisa del golfo hizo revolotear las suaves cortinas blancas, las hinchó elevándolas, y después las dejó caer.
Una hora después, Teddy entró abriendo con su propia llave. La habitación estaba a oscuras. La poca luz que había provenía de un faro! de la calle y se filtraba por entre las ramas y las hojas de un árbol pimentero. Cuando la brisa refrescó, las sombras se agitaban encima de la cama. Y del cuerpo. Y en la espalda de un hombre, en silueta.
Teddy comenzó entonces a percibir algo. Costa estaba sentado en una silla de respaldo alto a un lado de la cama, en donde había el cuerpo compuesto de Ethel. Tenía los ojos cerrados. El cabello esparcido por la almohada y reordenado primorosamente. El vestido estaba alisado sobre sus piernas largas y delgadas. Las rodillas y los tobillos estaban juntos, como los de una niña bien educada. Una de sus manos descansaba en el cuello, y la otra entre los pechos, los dedos ligeramente curvados, relajados. El cuadro era de una reminiscencia de ciertas pinturas religiosas de los difuntos bendecidos. Estaba adorable y en paz.
Únicamente cuando Teddy se inclinó más cerca, vio las marcas en el cuello, y que la boca, tan acogedora en sus horas de amor, tan húmeda entonces, tan tibia y blanda, se había endurecido, y sus labios estaban secos y ásperos.
La brisa movió el móvil japonés, produciendo un cristalino tintineo.
Costa no se había movido. Su posición sugería que estaba simplemente esperando que la persona amada despertara de su sueño.
El informe del médico forense del Condado fue breve.
«La víctima reveló leves marcas semicirculares en el cuello, por encima de los músculos mastoides derecho e izquierdo. Una incisión en el cuello reveló hemorragias en el cartílago tiroides con fracturas del hueso hioides. La tráquea estaba hundida. Un examen de la cavidad oral reveló que la lengua había sido empujada hacia arriba y hacia atrás obstruyendo el paso nasofaríngeo.
»Causa de la muerte: asfixia por estrangulación manual. Homicidio.»
26
Un juicio por crimen pasional no requiere mucho tiempo. El instinto juzga en un instante.
¿El veredicto? Culpable.
Ethel, no Costa.
Pero el juicio oficial era otro asunto. Para empezar, fue pospuesto. Costa fue enviado a una institución en donde debía ser examinado para decidir si estaba en condiciones de presentarse ante un jurado. Por alguna razón, esto requirió algunos meses.
Entretanto, segura de su terreno, la Moralidad habló. Se pronunciaron sermones, los líderes de la comunidad redescubrieron la rectitud, la Prensa se anticipó al jurado, los intelectuales examinaron las ironías de la culpabilidad, y el carácter étnico de la comunidad griega quedó reafirmado.
Pero pronto murieron estos ejercicios de Bueno y Malo. Se presentaron titulares más nuevos, igualmente funestos, nuevos motivos de preocupación y debate. Cuando se creyó que Costa ya estaba en condiciones de afrontar el juicio, la gente ya había perdido interés. Hasta el propio fiscal creía -privadamente- que Costa había sido arrastrado a la locura por un demonio. Era mucho más sencillo pensar en el acontecimiento de esa manera. Aliviaba el alma. Solucionaba el caso. No había nada más que hacer. Ella estaba muerta. ¿A quién interesaba el riesgo de defenderla públicamente?
No hubo quejas cuando no se consideró culpable a Costa en razón de una locura temporal. Salió libre, un héroe.
Mientras que el juicio dejó públicamente señalada a Ethel como una mujer que había arruinado la vida de todas las personas con las que se relacionó.
Pero en los recuerdos de aquellos con cuyas vidas Ethel se había relacionado, el tiempo, en su paso, no se acomodó a este veredicto.
Petros, por ejemplo. Algunos meses después del juicio, se compró un espléndido guardarropa de verano, un billete para Atenas y después para la isla de Kalymnos. Allí descubrió que sus tíos no habían exagerado la belleza o la virtud de una jovencita despina, de dieciséis años recién llegada a la edad nubil. Todas las familias con un hijo disponible estaban interesadas en ella. Pero Petros la ganó. Después de una boda en la isla, que duró casi una semana, Petros la trasladó rápidamente a Florida, en donde, a su debido tiempo, un doctor la declaró preñada. Otro hijo siguió al primero. No había ninguna razón que indujera a Petros a creer que esta cosecha no continuaría.
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