Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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Pero primero debería ir a casa de Anthea para recoger al niño.

Necesitaba ver la hora en su reloj de pulsera.

– Costa -murmuró-, pesas mucho.

Lentamente, Costa alzó su voluminoso cuerpo, liberando el desordenado cuerpo de Ethel, y quedó de pie. Dando la espalda a la joven se dirigió hasta la butaca en donde había dejado su chaqueta. Al sentarse, la colocó cruzando su regazo. De nuevo quedó silencioso, con la cabeza baja, los labios entreabiertos, respirando jadeante, un hombre desconcertado.

Todavía en el suelo, Ethel encogió las piernas tanto como pudo debajo la bata, y dio una ojeada rápida a su reloj: las siete y tres minutos. Había dicho a Anthea que estaría en su casa a las ocho. Todavía le quedaba tiempo. Pero no mucho.

– ¿Estás bien? -preguntó.

Costa no respondió.

Ethel recordó que Costa sólo había estado una vez en el lugar y le indicó la puerta del cuarto de baño.

– Es allí -dijo.

Costa se subió más arriba la chaqueta en el regazo, alzó la cabeza y la miró. En su rostro había una extraña sonrisa, una sonrisa que ella nunca le había visto anteriormente.

– ¿Qué estás pensando? -le preguntó.

Esa sonrisa, pensó Ethel, era la de un muchacho pillado en una travesura.

– ¿Yo también? -preguntó él.

– ¿Qué? ¿Tú también, el qué, Costa?

Costa hizo un gesto con las manos, alzándolas ligeramente y separándolas, las palmas hacia arriba.

– Ahora también me has cogido a mí -dijo-. Elévalo, bájalo.

Y siguió sacudiendo la cabeza, llegando, al parecer, a su comprensión particular de lo que había sucedido.

– Mi hijo -dijo Costa- es débil para estas cosas.

– ¿Qué quieres decir, Costa?

El indicó el lugar en el suelo donde habían estado.

– Ahora ya sé por qué -dijo-. Tú le hiciste débil.

– No entiendo lo que quieres decir, Costa. Teddy no es débil.

– Oh, sí. Sí para estas cosas. Te deja ir por ahí, por aquí.

– Y yo no lo hice débil.

– A mi hijo y a Petros y Dios sabe, en toda tu vida, a cuántos más hiciste caer. Y ahora también a mí, ¿qué crees?

– Costa -dijo ella-, no has hecho nada malo. Sucedió simplemente. Una de esas cosas.

– Entonces, ¿por qué tan nerviosa? ¿Ahí sentada tan quieta?

– Estoy esperando nada más que tú…

Casi lo había dicho, que quería que él se fuese.

Alzándose, Etheí se acercó al escritorio y se miró en el espejo. Arqueó la espalda en donde sentía tensión, echando atrás los hombros y estirando los brazos. Se sentía bien, como si hubiera quedado atrapada en el fondo del mar, a una gran profundidad, y de pronto se hubiera liberado emergiendo en la superficie.

Se estudió el rostro en el espejo, se arregló el cabello.

– ¡Mañana! -prometió a su amiga del espejo.

Alzó los ojos hasta Costa. Costa parecía avergonzado y enfadado.

¿Qué podía decirle ella para ayudarlo?

– Estoy contenta de que hicieras lo que has hecho -dijo. Y pensó por qué lo había dicho. No era verdad.

Ante su propia sorpresa, se sentía hambrienta. Hacía más de un día que no comía.

– Esto me ha demostrado tus sentimientos -dijo mientras se dirigía al refrigerador-. Siempre conservaré el recuerdo.

Lo que tampoco era verdad. Estaba diciendo cosas que no sentía.

– Seguro que siempre te acordarás -dijo Costa-. Porque ahora… -Vaciló.

Había un poco de queso, un pedazo de cheddar, que Ethel partió y mordió.

– Me has hecho caer contigo -terminó Costa.

– Oh, Costa -dijo Ethel-, déjalo. -Había algunas manzanas en el compartimiento de verduras. Ethel escogió las mejores y cerró la puerta.- No es nada de eso -dijo.

– Sí -dijo Costa-, me has hecho caer en el fango. Contigo.

– Costa, déjate de bobadas. Toma. Una buena manzana. Tómala. Y anímate. Yo no estoy preocupada; ¿por qué has de estarlo tú?

Costa la miró fijamente, sin decir nada.

Realmente, pensó Ethel, había algo de verdad en lo que Costa había dicho. De pronto él estaba también «caído en el fango» con todos los otros.

Y Costa lo sabía. Por eso estaba tan enfadado.

¿Consigo mismo? ¿O con ella?

Deseó estar vestida.

Cuando Costa la miró, ella le dio la espalda, pero se movió de modo que podía verlo en el espejo.

Sin darse cuenta de que ella le observaba, Costa levantó su chaqueta y miró rápidamente la mancha, e inmediatamente volvió la cabeza hacia Ethel.

Ella desvió los ojos justo a tiempo, cogió el cepillo del cabello que no había guardado y lo pasó entre su pelo.

A pesar de la amenaza contenida en el comportamiento del viejo, Ethel se sentía aliviada. Lo que fuese que la había mantenido encogida durante todos aquellos meses, se había soltado. Podía sentirlo en su cuerpo; ligero y elástico. Si Costa no hubiese estado en la habitación, ella hubiera podido reír jubilosamente. Estaba a punto de ser libre.

– Ahora no puedo volver -dijo Costa-. Ahora no puedo volver a vivir en casa.

– Oh, naturalmente que puedes.

– Tú estropeaste las cosas, a Noola y a mí.

– Bobadas -dijo Ethel, cepillándose el pelo, produciendo hormigueos en las raíces-. Noola me odia, pero siempre te querrá a ti, no importa lo que ella diga. -El cepillo era metálico y hacía un pequeño ruido cuando ella lo deslizaba entre su largo cabello fino.

Se volvió sin moverse.

– Costa, créeme. Noola siempre te…

– No la quiero -respondió Costa. Con tono de voz convincente.

Ethel tomó otro mordisco del queso y echó una mirada furtiva a su reloj de pulsera. Las siete y catorce minutos. Pronto tendría que irse. Anthea estaría esperándola. Fuera, estaba desvaneciéndose la última luz del día. Tan pronto como Costa se marchara, ella se vestiría y…

¿Cómo podría hacerle marchar?

– Mañana voy a irme de aquí, Costa -dijo.

– Tú no te vas -dijo él-. ¡Olvídalo!

Ethel ahogó su reacción dándole la espalda para concederse el momento que necesitaba. Podía verlo en el espejo, estirando el cuello hacia atrás de la butaca, aliviando su tensión y después moviendo la cabeza de un lado a otro. Oyó el clic de las vértebras. Se le ocurrió -sin razón que ella comprendiera- que quizá tendría que correr.

Cogió la última manzana. Mientras masticaba descubrió una marca azulada en la parte interior de su brazo y profirió una pequeña exclamación en parte admirativa, en parte despreciativa.

– Eres tan fuerte -dijo, volviéndose para enseñarle el cardenal.

La transformación que Ethel vio en el rostro del viejo la alarmó. Tenía que acabar de hacer el equipaje. Pronto sería demasiado tarde.

Se encaminó rápidamente a la pared en donde colgaba la fotografía del Eleni, esa fotografía que a ella le gustaba, padre e hijo junto al timón, la desenganchó del clavo y la colocó, junto al cepillo, con el cristal para abajo encima de los vestidos en la maleta de Emma.

– ¿Con quién vas a encontrarte ahora? -preguntó Costa-. ¿Con esa maleta lista?

– ¿Encontrarme dónde?

– ¿Dónde vas? -dijo él-. Ahora.

– No lo sé.

– ¿No sabes adonde vas?

– No. Pero no voy a encontrarme con nadie.

– Pero quizá mañana. ¿Alguien? Seguro.

– No tengo esos planes.

– Mientes otra vez -dijo Costa-. Puedo ver estas cosas, de la manera que tú… -Hizo una serie de gestos rápidos con la mano, agitándola de un lado a otro para describir los movimientos de Ethel, rápidos y nerviosos.

¿Estaba ella moviéndose de esa manera? ¿Como un pez asustado?

– Puedo ver cómo mientes.

– No estoy mintiendo. *

– ¿Me dices que no sabes adonde vas?

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