Elia Kazan - Actos De Amor
Здесь есть возможность читать онлайн «Elia Kazan - Actos De Amor» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:Actos De Amor
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:3 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 60
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
Actos De Amor: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Actos De Amor»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
Actos De Amor — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Actos De Amor», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
– Tú no lo has arrojado al agua, tú no le has clavado ningún cuchillo en el cuerpo. ¿Por qué no me denuncia a mí? ¡Ja! Di, contéstame eso.
– No lo sé.
– Porque, si no habla contra mí, la gente pensará qué hombre tan maravilloso es Petros, y cuando habla contra ti, todos piensan igual ahora. No soy imbécil. Comprendo estas cosas.
La bata se le había entreabierto. Mientras la plegaba sobre sus rodillas, Ethel se dio cuenta de que Costa la sentía con una sensibilidad próxima y viva.
– Tú eres mi problema -le dijo él-. Yo te diré lo que debes hacer, no Petros. ¿Entiendes lo que te digo?
– Sí, pero…
– Sí, pero nada. Nada de peros. Tú eres mi familia. Yo te protejo ahora.
Cualquiera que fuese en aquel momento el pensamiento de Costa, mientras observaba el mobiliario, la cama y la maleta en el suelo, ella podía ver que ese pensamiento era mucho más importante que lo que él estaba diciendo.
– Aquella mesita -dijo Costa-, la llevaremos a casa con nosotros. Me gusta esa pequeña mesa redonda.
– La he prometido a mi casera -dijo Ethel.
– Bueno, pues qué demonios, dásela a ella, dáselo todo. También la cama. No necesitamos nada de aquí.
Estuvo mirando la cama durante un largo rato en silencio.
– Tú no tienes problema de asustarte de nadie -le dijo-. ¿Lo entiendes? Yo estoy aquí.
Movía los ojos como si fuesen colibríes, de aquí para allá, suspensos en el aire, lanzándose después a otro lugar, recogiendo consecuencias, sospechas, dudas.
– Sólo temo a una persona -dijo Ethel.
– No te preocupes, yo arreglo a ese individuo, garantizado.
– No es Petros. Eres tú.
Ethel se levantó y se acercó adonde Costa estaba sentado, y se arrodilló frente a él. Costa persistía en no mirarla, de modo que Ethel le cogió la cabeza entre las manos y suavemente la giró en dirección de ella. Pero Costa seguía con la mirada desviada.
– Costa, querido -dijo Ethel-, mírame. Por favor.
– ¿Dónde lo hicisteis? -preguntó Costa.
– ¿Hacer, el qué?
– Con Petros, ¿aquí?
– No.
– ¿Entonces?
– Costa, ¿qué diferencia hay en dónde? Petros tiene un apartamento.
Costa se llevó de nuevo las palmas de las manos a los ojos apretando con suavidad. Estaba pálido y tenso y necesitaba de un alivio y no de lo que Ethel iba a decirle.
– Costa -dijo ella-, tengo que decirte algo.
– ¿También en la barca? ¿En su embarcación?
– ¿Qué puede importar eso, Costa?
– Si no tiene importancia, ¿por qué no me lo dices?
– No quiero hacerte daño.
– ¿Ahora te preocupas de eso?
– Siempre me preocupé. Por eso tuve tanto cuidado.
– La misma cama. ¿Dormiste en…?
– Costa, no me hagas más preguntas de ésas, por favor.
– ¿Te obligó a hacer cosas malas?
– Sólo lo corriente.
– ¿Y qué es eso, lo corriente?
– No pienso hablar más de esto, de modo que, no sigas, Costa.
Costa agachó la cabeza.
– Ahora escúchame -dijo Ethel-. Por favor, escúchame.
Costa movía la cabeza como un muchachito al que hubieran hecho daño.
Como medida desesperada, deseando que Costa se recuperara, Ethel le besó en la frente reteniendo fuertemente su cabeza para que no pudiera alejarse.
– Ya sé que tienes dolor de cabeza -le dijo.
Le besó dulcemente en los ojos, donde le dolía a Costa.
Costa giró la cabeza tan pronto como Ethel le soltó.
– Dime la verdad -dijo el viejo-, ¿te forzó?
– Oh, no, Dios mío, nada de eso.
– Entonces, ¿cómo es que fuiste a él?
– Por mi propia voluntad. Decidí estar con él. Y después decidí que no.
– Pero él te obligó a hacer cosas malas.
– ¡No! Petros no es un hombre malo.
– Conozco esos animales, cómo lo hacen.
– Como todos los otros; no hay diferencia.
– ¿Como todos los otros?
– Sí. Todos son lo mismo. -Ethel hablaba con voz frenética.- ¿Por qué me preguntas todo eso?
– Porque quiero la verdad. No debes decirme más mentiras.
– Yo no te miento.
– Has mentido. Muchas veces. Nunca me contaste de todo eso antes. Cada día, tú esperando que yo me fuese al Norte, ¿eh? Y entonces te ibas con él. Cada noche. En la barca. Aquí. Delante del golfo. ¿Crees que no lo sé todo?
– Bueno, está bien, es verdad.
– Cada día tú avergüenzas a mi familia, ¿verdad?
– Verdad.
– Así que ahora has de pagar por las cosas malas que has hecho. A mi hijo y a mi familia. La gente de aquí debe ver que estás avergonzada.
– ¡Pero es que no me has estado escuchando!
– Te he oído bastante. Ahora escucha tú. Tú has ensuciado mi familia. Tú debes limpiar la vergüenza que nos has causado. Cuando confieses tu pecado. Dios te…
Su parlamento se interrumpió al captar su atención la fotografía que había encima de la cama, aquella que había sido tomada hacía muchos años a bordo del Eleni. Allí estaba Teddy, un guapo muchacho de doce años, con la mano en el timón, y a su lado Costa, rodeando con su brazo los hombros del chico.
– ¿Ves esa fotografía de allí? -señaló Costa-. El Eleni. Mi barca. Dos semanas antes de venderla. Entonces llegó la marea roja. Todas las esponjas enfermas. No había pan en la mesa. Así que como siempre, hablé con mi padre. Imagino -se tocó la frente con la punta del dedo- que comprendes lo que él dijo. Me dijo que la marea roja se quedaría diez años. Mucho tiempo sin trabajar, dije yo. Así que vende la barca, dijo el viejo Theophilactos, abre tienda para anzuelos, botes, etcétera, una tienda pequeña. Con eso podrás vivir. Okey. Eso es lo que yo hice. Ahora, sobre ti, lo mismo. Imagina lo que él diría. ¿Cuál es la costumbre de mi gente en la isla? Para estas cosas no soy americano. Ciudadano, sí. Pero en estas situaciones soy todavía del otro lado. Para nosotros hay tres cosas posibles cuando la esposa hace lo que tú has hecho. ¿Me escuchas?
– Sí.
– Primera posibilidad. El cabeza de familia mata a la mujer. Se ha hecho mucho tiempo. Ahora menos. No es para mí. Únicamente un animal mata a otro. Así que, número dos. Se envía la mujer con su familia. Tú no tienes familia. La madre, una mujer distinguida, muerta. El padre nada te ha enseñado. Un caso perdido. Así que, número tres.
– ¿En qué consiste?
– Decirle a Teddy que te tome otra vez.
– Teddy no quiere que yo vuelva con él.
– Teddy hará lo que yo le diga. Lo mejor para la familia.
– Costa, él no quiere que yo vuelva nunca más con él.
– Ya arreglaré yo a Teddy para eso. Le diré que eres buena chica. Haces cosas malas, pero eres buena chica. Quizá.
– Teddy tiene otra mujer.
– Porque, furioso contigo. Yo haría lo mismo.
– Por favor, por favor, no pienses de esa manera.
– Nosotros somos todo lo que tú tienes, condenada boba. ¿No sabes eso? ¿Quién hay en todo el maldito mundo a quien importas un bledo sino yo?
– Nadie más, Costa.
– ¿Quién se preocupará de ti si yo no lo hago? ¿Quién te cuidará ahora?
– Yo me cuidaré. Yo voy a cuidarme de mí misma.
– ¡Cuidar de ti misma! ¡Mira lo que ha pasado cuando tú te has cuidado de ti misma! Cómo podías ir con todos esos hombres si tú te cuidabas de ti misma… ¡Uno encima de otro! ¡Cómo podías hacer eso!
– No creo que pueda explicártelo -dijo Ethel-, pero lo intentaré. ¿Puedes escucharme ahora? ¿Un minuto solamente? Costa quedó silencioso.
– Teddy no puede tener hijos – dio Ethel-. Eso ya lo sabes tú.
– Sólo Dios sabe eso.
– Y los médicos. Pregúntale a Teddy. Bueno, entonces… ¿los otros? Lo hice por ti. Entonces hubiera hecho cualquier cosa por ti. Y lo hice.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «Actos De Amor»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Actos De Amor» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «Actos De Amor» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.