Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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– ¿Vas a decirle la verdad? ¿Antes de marcharte?

– ¡ Si tuviera suficiente valor! Si no, me iré sencillamente. ¿Qué me aconsejas tú?

– No me lo preguntes. No puedo decirlo. En cuanto al viejo, pregunta número uno: ¿Sabe cómo cuidar del chico?

– ¡Espera a verlo!

Cualquiera que fuese el significado de la ceremonia para el viejo Costa, para Ethel constituyó el rito de despedida de su hijo.

La vieja iglesia se desmoronaba por carecer de bingo. El viejo sacerdote peludo también se había deteriorado. Hubo un momento en que todos advirtieron que la vista le había fallado completamente. Se habían dirigido en grupos por el pasillo central de la iglesia hasta una fuente de cobre martillado instalada sobre un trípode. Una mujer vieja la había llenado con agua caliente, arremangando después el hábito del sacerdote. Dispuesto, el religioso alargó las manos hacia Ethel.

– ¿Qué es lo que quiere? -susurró ella a Costa.

– Quiere el pequeño -respondió Costa. Costa era quien tenía el niño.

– No le dejes caer, hijo viejo de una zorra -murmuró al ministro de Dios cuando le entregó el niño desnudo.

– Y que puebles la tierra con griegos -dijo el viejo sacerdote concluyendo. Más tarde, mientras los acompañaba hasta el auto, habló del porcentaje de nacimientos de los turcos-. Se reproducen como ratas -comentó.

Ethel condujo a los hombres de regreso. En Tarpon Springs, Costa la mandó detenerse al lado de la plaza, diciendo que quería ir a la tienda de licores. Pero lo que realmente deseaba era caminar, lenta y gravemente, llevando a su nieto, cruzando el kentron, en donde los ancianos de la ciudad se reunían cada tarde. Ethel y el oficial que él había dado a la Marina de los Estados Unidos caminaban detrás de él.

Compró vino de Oporto, es decir, lo escogió, y Teddy lo pagó con el dinero que Ethel deslizó en su mano. En casa, Costa lo saboreó a placer, sosteniendo al pequeño dormido en su regazo.

– Que viva para sus padres -fue su brindis.

Ethel vio que Teddy iba a portarse debidamente con el chico. Había traído un paquete entero de «Polaroids».

Se excusaron pronto. Costa abrazó a Ethel como un amante al darle las buenas noches.

– Me has hecho hombre feliz -le dijo, acariciándole el rostro.

Teddy vio que Noola miraba a otro lado.

– Lo sé -le dijo Ethel cuando estuvieron solos-. Noola me odia.

– ¿Crees realmente eso?

– Lo sé. Actúa de la manera en que se la ha enseñado a comportarse, discretamente, no importa lo que suceda. Pero nunca me perdonará.

– Entonces lo que estás planeando hacer es la única solución. Desaparece. ¡Vete!

Ethel quedó sorprendida al oírselo decir tan sencillamente.

En su habitación sólo había una cama, la del capitán Theo. Teddy la sostuvo en sus brazos, pero no se excitó. Ahora tenía una chica, le contó.

– La viste aquella vez que viniste, y te gustó. ¿Te acuerdas de aquella chica que pensó que tú eras muy bonita? También es aspirante a oficial y tan ambiciosa como yo mismo.

¡Finalmente! Para progresar en la Marina, quiero decir. Creo que ahora tengo lo que necesito. Finalmente.

Planearon su divorcio.

– No, no me tocó -Ethel le dijo a Petros cuando lo llamó por teléfono desde una cabina a la mañana siguiente. Iba de camino al aeropuerto con Teddy.

– ¿Dormisteis en la misma habitación? -inquirió Petros.

– Sí -y mintió entonces-, pero hay dos camas y… oh, al diablo con todo eso, Peetie. Nunca te he dado el derecho de hablarme de ese modo. No estamos casados.

Y colgó.

– No estaré aquí la próxima vez que vengas -le dijo a Teddy al volver al auto.

Antes de separarse, Ethel entregó a Teddy doscientos dólares de sus ahorros.

– ¿No los necesitarás? -preguntó él.

– Te podría dar más -dijo Ethel-, pero tu padre ahora no tiene ingresos, ya lo sabes. De modo, sea adonde sea que yo vaya, tendré que enviarle dinero todas las semanas. Es decir, tan pronto como encuentre un empleo.

Teddy la besó.

– Algún día te lo devolveré, por él y por mí -dijo.

Ethel le acompañó hasta la puerta.

– La noche pasada tomé una decisión -dijo Ethel-. Voy a decirles, a los dos, que voy a irme.

– Eso va a resultar explosivo. ¿Quieres que yo y un par de marineros vengamos ese día? No estoy bromeando.

– No quiero recibir ayuda de nadie para salir de este trance -dijo ella-. O de ninguno más. Especialmente eso es lo que no quiero.

– Bueno… ¿he de decirlo? Buena suerte. Realmente te quiero – dijo Teddy.

– Episis -dijo Ethel, vocablo griego que significa «igualmente», una de las pocas palabras griegas que ella había aprendido.

Mientras le contemplaba cruzar la puerta y perderse de vista, Ethel presintió que estaba perdiendo su último refugio.

Aquella noche Ethel durmió en su cama. Sola. Despertó con un plan. Aquella misma mañana daría aviso a la propietaria. Eso le daría un plazo de dos semanas para deshacerse de todo lo que poseía, guardando únicamente lo que pudiera meter en la gran maleta que su madre le había dejado. Todo lo demás, lo dejaría fuera de su vida.

– He avisado que dejo el apartamento -le dijo a Petros. El había estado esperándola, dispuesto a dar la gran batalla-. Saldré de allí dentro de dos semanas.

Petros había estado tenso; ahora estaba apaciguado.

– Dentro de dos semanas -Ethel prolongaba el engaño-, celebraremos una fiesta en tu apartamento. Estaremos allí juntos. Y todos lo sabrán.

– Todos lo saben ya. Sólo tú no lo sabes.

– Lo sé. Se lo dije a Teddy ayer mismo.

– ¿Entre folladas? -Teddy tiene otra chica.

– Eso nunca detuvo a ningún griego.

– El único que no lo sabe es Costa.

– Yo se lo diré.

– Por favor, Peetie, deja que yo lo haga a mi manera. Yo voy a decírselo a Costa. Por favor.

Mirándole ahora, con sus labios apretados como un corte de cuchillo a medio cicatrizar, bajo el gran hueso de la nariz, Ethel se convenció de que cuanto antes se fuese, mucho mejor. Petros era una persona peligrosa.

A pesar de ello, había decidido decírselo e iba a hacerlo. Y también a Costa. No se avergonzaría nuevamente de sí misma.

No obstante, continuó fingiendo con Petros, haciéndole creer en su mentira, hablándole de México, del guacamole y de las margaritas, y de cuan feliz ella lo haría en las noches tibias y suaves, en los vestidos que ella se compraría, amarillos, rosados y blancos, y nada triste, decía, nada azul.

Hasta que, finalmente, Petros se dejó envolver en la fantasía.

– ¡De acuerdo! -dijo-. Así se hará. Tal como dices. Primero una fiesta y entonces ¡México! Tranquilos y felices. Te daré allí todo lo que se te antoje.

– Gracias -dijo ella-. Oh, Peetie, muchas gracias.

Ethel no creía en milagros, pero empezó a desear que ocurriera uno. Sus fantasías sobre desastres se hicieron más frecuentes y más intensas. Hacía su vida, sin pensar en «nada», cuando, de repente, imaginaba una escena sangrienta con Costa: Costa estaba acuchillándola por todas partes, tal como Ernie hizo con su chica. O -y esto se le ocurrió el mismo día- ella estaba encerrada en una habitación, con Petros, que acababa de descubrir los planes de Ethel para marcharse. O, lo más horrible, que el niño había sido destruido por Noola, que había descubierto de quién era.

Estos intensos pensamientos lúgubres que le llenaban de pronto la mente, golpes psicológicos instantáneos, llegó un momento en que se amontonaban uno encima de otro.

– Miss Laffey, ¿quiere usted acercarse un momento, por favor?

Una voz, medio recordada. Robín Bolt estaba en la cubierta posterior del Sara, rodeado por su personal. Quería cambiar un cheque y mientras escribía las cifras preguntó a Ethel:

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