Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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– Confío totalmente en que lo harás. Modo adecuado.

– De acuerdo, entonces. ¿Es mío?

– Sí. Y mío. Pero tú puedes criarlo. ¡Te lo confío!

– ¡Garantizado! -dijo Costa-. Otra cosa más. Vendrás a ver; ¿no tendrás miedo de mí?

– Me gustan los hombres que se enfurecen; los que no me gustan son esos que no se enfadan cuando deberían hacerlo.

– Entonces ven a verme muchas veces. -Se echó a reír. – En seguida.

– Este final de semana.

Costa la besó nuevamente en la boca. Entonces, sin despedirse de Petros, que para él no contaba, salió para irse a casa.

– ¿Adonde vas? -preguntó Petros el siguiente domingo por la tarde.

Petros había decidido comportarse como un hombre al que están engañando.

– Al Norte.

– No te creo.

– Ese es problema tuyo.

– ¿A quién vas a visitar al Norte?

– Al viejo.

– No irás a recorrer todo ese camino para visitar a un viejo.

Ethel salió de la oficina, se metió en su auto y lo puso en marcha.

Tenía el vago presentimiento de que la seguían. Pensó haber distinguido el auto de Petros detrás de ella, durante todo el camino hacia el Norte.

Costa había puesto los cimientos de bloques de cemento y ceniza, sobre los que había colocado cuatro por cuatro, sujetándolos a los pernos metidos en el cemento. Había hendido un lado de la casa haciendo un puente en los cimientos. Estaba trabajando sin planos, pero era obvio que había estado pensando en ello durante largo tiempo.

Ethel le contemplaba mientras él trabajaba, hacía recados para él, le trajo un nuevo suministro de clavos de tres pulgadas, y le preparaba la cena.

Por la noche, Costa dormía en el cuarto a medio terminar, y cualquiera que pasara por aquel lado de la casa desde la calle podía ver la gran cama vieja con su enorme cabecera.

Ethel aceptó la posición que Costa le había asignado, de indolencia, esperando. Costa tapizó el lecho para tumbarse de día bajo el roble, y le trajo una radio portátil. Ethel contemplaba el musgo colgante y escuchaba música alegre. Desde la casa oía los martillazos de Costa.

Por la noche, Ethel y Noola ocupaban camas gemelas en el mismo cuarto… por sugerencia de Ethel. Sentía pena por la mujer y, desacostumbrada al tipo de violencia que Costa había exhibido, creía que Noola necesitaba protección. Intentó suavizar los sentimientos de Costa hacia su mujer, pero no tuvo éxito.

Costa consideraba a Noola como una traidora. Todos sus afanes se concentraban en Ethel.

Trabajó parte del domingo, y después lo dejó. Se lavó cuidadosamente, se afeitó y se friccionó con un perfume demasiado dulzón.

Entonces se dirigió adonde se hallaba Ethel tumbada, y colocó su mano en el abdomen de la mujer.

– Te enseñaré -le dijo-. Los chicos -su mano se movía suavemente hacia arriba, tranquilizadora-, de este modo, aquí, altos. Las chicas -deslizó su mano hacia abajo-, están de este modo, aquí, así me enseñó mi abuela.

Ethel no rechazó sus caricias.

Cuando Ethel volvió, Petros no dijo palabra. Ethel se comportaba ahora abiertamente como su amante, dormía en su embarcación, le preparaba la cena, cumplía con sus obligaciones. No iba a durar mucho tiempo, de modo que Ethel decidió portarse bien con él mientras durase. Aparentemente, él la había seguido, pues nunca se quejó cuando ella desaparecía los finales de semana.

Ethel sabía que estaba caminando al borde de un cráter, con precipicio en ambos lados.

Transcurrió el tiempo. Ethel pasaba todos los fines de semana en la vieja casa. El nuevo cuarto ya estaba terminado y ella llevó a Costa en su auto a visitar anticuarios de mobiliario, en donde examinaron los restos de viejos muebles. Ethel lo ayudó a escoger una cuna y una cómoda. En «Sears» compraron una canastilla.

Ethel leía a Costa libros sobre el cuidado de los bebés. Costa lo aprendía todo cuidadosamente, con laboriosidad. Nunca había estudiado anteriormente… sobre nada.

Almacenaron pañales de papel, y llenaron un estante con polvos de talco y aceite para bebés.

Todo estaba en su lugar, esperando.

Ethel se pasaba las tardes en el patio posterior, como una calabaza al sol. Cuando el día refrescaba, Costa acudía junto a ella, bajo el roble, dejándose llevar por el ensueño mientras la Tierra se alejaba del Sol. Una sonrisa leve, pero perfecta, le alzaba las comisuras de los labios. Sus ojos expresaban la satisfacción que experimentaba interiormente.

Cuando el sol se ponía, Ethel le traía su aryan, yogur clareado con agua, mezclado con tiras de pepinos al que añadía cubitos de hielo. Costa no le agradecía el servicio hasta después del primer sorbo. Entonces correspondía a la muchacha con un asentimiento de la cabeza y una sonrisa.

Ethel se sentía feliz al hacerse cargo de este rito diario. Costa, durante esas semanas perfectas, fue su Buda en el altar, un dios de seguridad, benigno, perfecto.

Físicamente, Costa había aumentado su familiaridad con ella. Ethel había mencionado su preocupación por marcas de tirantez en la piel de su vientre. Costa la tranquilizó y frotó su abdomen con aceite de oliva, otra de las antiguas técnicas de su abuela. Le indicó que hiciera lo mismo con los pechos, que ahora eran enormes.

Había entre ellos una familiaridad satisfecha, una confianza física total. Siempre que Ethel estaba presente, ella preparaba la cena. Noola, ganadora acreditada de un salario, aceptaba este servicio. Costa lo esperaba.

Ethel estaba actuando como si fuese su esposa en todos los aspectos excepto en uno.

Cuando caminaba desde su lugar de descanso bajo el roble, a la casa, de la cocina a la mesa del comedor, Ethel sentía que Costa observaba su movimiento y su porte.

Costa vivió esas semanas con ella, esperando del mismo modo que ella esperaba.

Cuando el bebé comenzó a moverse, Costa colocaba la palma de su pesada mano sobre el vientre de Ethel y medía la fuerza de la vida en cierne, cerraba el puño y exclamaba:

– ¡Ese pequeño bastardo da puntapiés como un demonio! -Y dirigiéndose después directamente al bebé, añadía:- ¡Eh, tú, tío duro! Yo espero y espero, y ahora, de pronto, ¿por qué tienes tanta prisa?

Cada final de semana Costa insistía para que Ethel abandonara su trabajo.

Finalmente, cuando ya finalizaba su tiempo, ella le dijo que ya lo había dejado.

Petros no había presentado objeción; la razón era obvia.

El tiempo se midió en semanas, y después en días. No había manera de hablar con Costa, quien parecía estar siempre sobre ascuas.

Únicamente se mostraba gentil y paciente con Ethel.

Ethel deseaba que el niño naciera en la casa, pero Costa insistió para que fuese al hospital.

– Todo ha de ser de lo mejor -decía.

Era un argumento que Ethel no deseaba discutir. El bebé era de Costa; él dispondría de esos detalles como mejor le pareciera.

Teddy recibió entonces su primera misión en el mar, uno de los requisitos del período que separaba la primera de la segunda fase de entrenamiento en el Centro Naval. Después de haber explicado el problema a Ethel por teléfono, Teddy quiso hablar con su padre.

Cuando Costa habló a su hijo, Ethel percibió en la voz del viejo un nuevo respeto hacia su hijo.

Estuvieron hablando largo rato. Ethel pensó que Teddy estaría contándole a su padre lo que le había dicho a ella: lo importante que era el ejercicio en el mar y que él no deseaba perderlo.

Cuando hubo terminado, oyó que Costa decía:

– No te preocupes, hijo mío, yo me haré cargo perfectamente de las cosas de aquí.

Costa quedó al mando del campo.

21

Las contracciones se hacían más frecuentes. Había desaparecido ya la poca paciencia que le restaba a Ethel. Quería estar sola y batallar en silencio. Pero desde que hubo llegado aquella mañana, Petros había estado llamándola por el teléfono al lado de la cama, como si se tratara de uno de los supletorios de su oficina. Y Costa, en el umbral de la puerta, de pie, con las piernas separadas, lanzaba miradas furibundas a cualquiera que pasara hablando en voz superior al murmullo, mientras él se quejaba continuamente de todo con una voz que todos podían oír. Al menor espasmo del cuerpo de Ethel, la miraba con ansiedad y llamaba a la enfermera.

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