Elia Kazan - Actos De Amor
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De nuevo Costa llevó a cabo una ceremonia de compras. Pidió pescado en el muelle, escogió una gran escorpina y se hizo jurar que era fresca. No pagó nada: un pescador no paga a otro pescador. En el almacén de vinos compró -a crédito- tres botellas de «Hymettus», un vino importado de Atenas.
En todas partes adonde fue, anunció el acontecimiento futuro.
– Va a nacer un salvador -parecía estar proclamando -, ¡un redentor!
De pronto Ethel se sintió avergonzada; deseó no haber hecho lo que hizo. ¿Qué la había hecho creer que podía jugar de ese modo con esta clase de persona? Hubiera querido huir de todo, pero ya no le era posible hacer eso.
Harta de comida, llena de vino, pesada por el embarazo, durmió en la cama donde había muerto el padre de Costa, la cama que ahora pertenecía a Teddy. Despertó durante la noche y tuvo que ahogar el impulso de saltar de la cama y echar a correr. Por la mañana decidió que no le quedaba otro recurso sino pasar por ello.
El domingo por la mañana lo pasó al lado de Costa, visitando la lumba de su padre, escuchando mientras Costa hablaba con la imagen de su padre (¿oiría él algún mensaje del más allá?), contemplando cómo Costa recortaba la hierba alrededor de la tumba (¿quién más, pensó ella, cuida de sus muertos de igual modo?), sacando después su pequeña escoba de paja y barriendo los fragmentos caídos de la piedra. Lógicamente, resultaba absurdo. Sin embargo, la devoción por sí misma, el sentimiento que demostraba, ése era un valor que Ethel no podía despreciar.
La tarde era calurosa y húmeda. Ethel soñolienta por el calor, se sentía a gusto sentada en el patio, leyendo bajo la sombra del roble.
Pero no sucedía lo mismo con Costa. Cuando despertó, Costa ya había regresado y vestía un mono blanco de lona. Ethel observó que seguía siendo un hombre fuerte y musculoso.
En el suelo había el pico y la pala que Costa había ido a pedir prestados; al lado, una caja conteniendo cordeles y cuerdas viejas y algunas estacas en las que Costa hacía punta en un extremo con un hacha pequeña. Ese fue el ruido que había despertado a Ethel.
Ahora, mientras ella miraba, Costa clavó las estacas en el suelo, marcando un doble rectángulo, uno dentro de otro, siendo la pared de la habitación de él un lado de la figura. Hecho esto – ¿Qué está haciendo?, se preguntó Ethel-, Costa comenzó a estirar pedazos de bramante, en diferentes longitudes, que ataba juntas, de una estaca a otra, alrededor del doble perímetro de las líneas paralelas.
– Pongo nuevo cuarto aquí -respondió Costa-. Bonito porche, mampara metálica, etcétera. El puede dormir conmigo al aire libre, muy sano para el chico, ¿comprendes?, sin mosquitos, ¡limpio!
Canturreaba en griego. Ethel no oía las palabras y aunque hubiera podido oírlas no hubiera comprendido su significado. Pero comprendió la canción. Era un himno de nostalgia por una tierra perdida hacía mucho tiempo. Mantenía vivo el recuerdo de la patria, rememoraba una civilización.
Terminado el rectángulo de cordel, Costa cogió el pico y abrió la tierra con un poderoso Harumph. Y siguió abriendo y abriendo alrededor del perímetro entre los muros de cordel. Hecho esto, comenzó a cavar una zanja de tres lados con la pala.
– Aquí pondré el cemento. Mantendrá firme el cuarto -explicó.
– ¿No hace demasiado calor para trabajar? -preguntó Ethel.
– Sí -dijo él-, mucho calor. -Y se echó a reír complacido mientras se limpiaba la frente con un pañuelo y se enjugaba por debajo de las cejas por donde el sudor había resbalado haciéndole escocer los ojos.- Mucho, mucho calor.
Ethel lo había convertido en un hombre feliz. Ahora ella se sentía contenta. Valía la pena el riesgo, decidió medio adormecida, y cayó de nuevo en el sueño de una tarde de verano.
20
Pero, al atardecer, el ambiente se tornó agrio.
En primer lugar, se hizo evidente para Ethel que Costa esperaba que ella abandonara inmediatamente su trabajo en la dársena. Era algo que ni tan siquiera debía discutirse.
Ethel reaccionó discretamente.
– Teddy quiere que trabaje -le dijo a Costa-. No quiere que sea gorda y perezosa; él quiere que yo sea como las campesinas griegas de vuestra isla, trabajando hasta el último día.
– No, no, no -Costa no quiso escucharla-. El chico no entiende lo que está bien.
– Sin embargo -replicó Ethel-, ése es su deseo.
– Yo lo explicaré todo -dijo Costa, dirigiéndose al teléfono.
Pero Teddy no estaba en casa, así que el asunto quedó aplazado y se suavizó la decisión.
Ethel le dijo a Costa que ella enviaba a Teddy treinta dólares cada semana. El Gobierno de los Estados Unidos no mantenía adecuadamente a los miembros de sus programas de entrenamiento para oficiales, se quejó Ethel, de modo que a ella le correspondía ayudarlo.
Costa frunció el entrecejo, apretó sus gruesos labios, asintió, escupió.
– Teddy quiere que yo ahorre todo lo que pueda -dijo Ethel-. Quedan todavía tres años durante los que necesitará de mi ayuda…
– Yo se la daré -dijo Costa.
– Tú necesitas el dinero para otras cosas -dijo Ethel-. Además, Teddy quiere mantener a su propia familia; no quiere que le den limosnas.
– ¡De su propio padre! Eso no es dar limosna.
– Así es como él lo cree -replicó Ethel.
– ¿Y tú, qué crees?
– Yo hago lo que Teddy me manda -dijo Ethel.
Costa respetaba esa manera de hablar y, durante algún tiempo, le acalló.
Además, tenía otro problema; Noola no quería renunciar a su trabajo en la fábrica de medias. Ethel los oyó disputar aquella noche en la habitación al otro lado del vestíbulo, Costa dando gritos, y Noola respondiendo siempre con su voz moderada y controlada, sin perder en ningún momento la calma. Al día siguiente, Costa no dirigía la palabra a su mujer.
El y Ethel salieron juntos hacia el Sur; ambos estaban llegando tarde al trabajo. Mientras caminaban hacia la dársena, Costa aceptó los razonamientos y la decisión de Ethel.
– Debes hacer lo que necesita tu marido -le dijo-, pero es probable que yo mate a mi mujer, puede ser la semana próxima. -Se echó a reír al decir esto, y añadió:- En mi isla, ¡oh, mi abuelo! ¡Oh, mi padre! ¡Lo que ellos hubieran hecho allí!
Noola había descubierto lo que Ethel tenía, aquella independencia que proviene de la posesión de dinero. Habiendo saboreado ese tónico, no estaba dispuesta a renunciar.
– Mi esposa -dijo Costa, cuando se separaban- olvida quién es.
– ¿Y quién es ella?
– Ella es una mujer griega, ella es mi esposa. Se lo enseñaré otra vez, con esto. -Mostró a Ethel su mano grande, un puño cerrado.
Si su nuevo empleo de capataz del muelle le hacía sentirse más importante, al conocer la preñez de Ethel se había puesto exultante. Todos comenzaban a quejarse de su arrogancia. El trabajo ahora le aburría y ventilaba su impaciencia sobre los demás, caminaba furioso por los embarcaderos de la dársena haciendo sentir a los clientes lo que realmente eran, incompetentes en las tareas del mar.
– No le hagáis caso – Petros advertía a los propietarios de embarcaciones que protestaban del talante de ese viejo sujeto orgulloso-. Acaba de saber que va a ser padre.
Lo que, Petros se lamentó a Ethel, no era totalmente una broma.
– Dile que te quite las manos de encima -le dijo.
– Oh, vamos, Peetie…
– No quiero que esté manoseándote todo el tiempo.
– Es un hombre viejo. Además, tú y yo no estamos casados. No te he dado ningún derecho para que vayas dándome órdenes, así que, ¡no me hables de ese modo!
– Un minuto más, y te doy una zurra.
– No, no lo harás. Soy capaz de derribarte.
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