Elia Kazan - Actos De Amor
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– ¿Quién sabe? Es la palabra griega para matrimonio, gamo también significa negocio en griego. -Dio una palmada al lado de su puño cerrado.
– ¡Qué primitivos sois los paganos! -exclamó Ethel. -Muy bien, me doy por vencido, nada pido, nada espero. Soy un monje.
Fue un largo día, caluroso y húmedo. El mes de septiembre en la costa oeste de Florida tiene unos días y unas noches que no tienen nada de recomendable. Aquélla fue la primera noche que Ethel pasó en la cama de Petros.
Dejó caer la sugerencia en el escritorio de él, al finalizar la tarde, cuando recogió el correo que Petros había firmado.
– Si todavía me quieres, esta noche me quedaré contigo -le dijo Ethel, y regresó a su propio escritorio para colocar las cartas dentro de los sobres.
Lo que la sorprendió fue que Petros no se precipitó hacia ella, ni tan siquiera dio por recibida su oferta besándola o tocándola en cualquier lugar que no hubiera hecho antes. En lugar de decirle «vamonos a la cama», Petros dijo: Vamos a cenar.
La llevó a un restaurante en el que ya habían estado antes, y comieron lo que habían comido otras veces, los cangrejos favoritos de Ethel, y los lenguados favoritos de Petros. La única señal de que se trataba de una ocasión especial fue que Petros encargó un Chablis de importación.
– ¿Qué te ha sucedido, así, de repente? -le preguntó después de su primer trago de vino.
– Ya que significa tanto para ti, pensé que…
– No me concedas favores especiales, miss Laffey -dijo él ¡Zorra! ¿Por qué sonríes?
– Ese vino es para saborearlo, no para tragarse un vaso entero de una vez.
– Estoy nervioso -comentó él.
– No te desvistas -le dijo Petros más tarde. Se hallaban en la embarcación y estaba oscuro en la bodega-. Yo quiero hacerlo. Se acercó a la escotilla y miró hacia fuera.
– El aire viene ahora por el Oeste -dijo-. Lloverá. Y cerró la escotilla.
Ethel apagó la luz de la litera para que la oscuridad tranquilizara los nervios de Petros. Con ella siempre había dado resultado, recordó, cuando los hombres se tranquilizaban.
Tendidos uno al lado del otro en la cama, sin tocarse, hablaron de cosas diversas… y ella esperaba.
– Quiero darte algo -dijo Petros acercándose a un armario cerrado-. He estado guardándolo para esta noche, aunque nunca pensé que llegara a ocurrir.
– ¿De quién es? -preguntó Ethel cuando Petros volvió a su lado con una fotografía pegada a una cartulina.
– Mi familia. En nuestra isla. -Encendió la luz de la litera y alzó la pantalla.- ¡Aquí! Mi madre. ¡En medio!
– ¿Dónde está tu padre?
– Mi padre, maldito bobo, se unió al ejército, en mil novecientos cuarenta y… ¿podrías imaginarlo…? Los italianos lo mataron. El fue el único griego que los italianos mataron en esa maldita guerra. Estas son mis tres hermanas, dos de ellas casadas ahora.
– ¿Y quién es éste de aquí?
– Tu amigo. Con cinco años.
El muchachito de aspecto vehemente sostenía la mano de su madre como si quisiera darle seguridad, como si no hubiera razón para preocuparse si él estaba allí. La mujer vestida de negro, con toscas medias negras, contemplaba a su único hijo como si fuese el redentor.
– Yo soy toda su esperanza -dijo Petros-. Cada mes le envío dólares.
– ¿Es ésa tu casa, detrás de ese montón de rocas?
– Eso es lo que nosotros tenemos allí, rocas. Sólo crecen los olivos.
Ethel contempló su rostro desigual, sus ojillos negros de aceituna.
Fue entonces cuando él la tocó.
– Tienes los pechos más bellos que existen -le dijo Petros al soltarlos del sujetador.
Su tacto tenía una delicadeza que ella no había esperado. Era una caricia más que un estrujón.
– ¿Estás asustado todavía? -le preguntó ella algo después.
– Más que antes -respondió Petros.
Dentro del camarote hacía calor; ambos estaban cubiertos por una capa de sudor.
Para lo que Ethel no estaba preparada, era para la reacción que ella experimentó cuando él se deslizó dentro de ella.
– ¡Oh! -suspiró, aspirando en una convulsión de sorpresa-. ¡Oh! -Finalmente -Ethel le oyó exclamar.
Únicamente cuando todo hubo terminado y ambos quedaron quietos, Ethel se dio cuenta de que aunque ella había entrado tan casualmente en su unión sexual, era la primera vez en muchos meses que había sentido el final. Y no era por causa de nada que él hubiera hecho. Simplemente Petros le había mostrado una fotografía.
Cuando él terminó, Petros continuó contemplándola, como un rapazuelo que no puede creer en su buena suerte.
– Nunca creí que llegara a ser posible -dijo-. Una muchacha como tú.
Cuando Petros tuvo un segundo orgasmo, su gritó causó escalofríos en Ethel. Petros gritó:
– ¡Oh, Mama ! ¡ Mama !
Se quedó dormido después, y ella lo sostuvo como la madre a quien él había invocado.
Comenzó a llover. La embarcación se balanceaba suavemente.
Ethel sabía que por la mañana lo miraría y pensaría lo que entonces estaba pensando: ¿Por qué con él, por qué con ese hombrecito de nariz delgada y cuerpo desproporcionado, ese «negro blanco», como lo llamaban los trabajadores, «míster Cinco-por-Cinco»… ¿Por qué con él y no con los otros que eran mucho más «atractivos» y mucho más seguros de sí mismos?
Adrián había bombeado y bombeado, y finalmente, exasperado, había inquirido:
– ¿No terminas tú?
Pero, de acuerdo con su credo, Adrián tenía razón. Lo que sucedía finalmente con los hombres contaba la historia. A menudo resultaba una sorpresa, aparentemente una contradicción.
Los ojos de Adrián, cerrados hasta ser un destello, no lo delataban cuando él terminaba. No mostraba simpatía ni preocupación, ni tan sólo se mostraba personal.
Aarón, el demócrata de Israel, la había poseído como un autócrata, su orgasmo era un premio por los buenos servicios de ella. Ernie revelaba lo que sentía verdaderamente, sólo en ese momento.
– Eres una zorra rica y mimada -gritaba, expresando en su voz el odio que ocultaba normalmente.
Teddy, un hombre preocupado generalmente, en aquel momento se alejaba, quizás hasta sentía alivio de haber terminado; le producía sueño.
Julio lo hizo por venganza.
– ¿Dónde está ahora tu papi? -vociferaba-. ¿Eh, tú, puta! - ¿O estaría vociferando a su esposa que lo abandonó?
Arturo se pavoneaba como un torero, esperaba que ella le premiara con las orejas y el rabo. A pesar de todos los halagos, de los cumplidos y los constantes ofrecimientos de regalos, ella pudo haber sido cualquiera entre una multitud.
Petros, ¿el amo fanfarrón de una importante dársena? No, un muchacho sin hogar en un panorama rocoso lamentándose por su madre.
Ethel hubiera podido escribir un libro sobre todos ellos. Pero no al estilo de Adrián. Su libro sería escrito con simpatía. Ethel veía patéticos a esos miembros del «sexo fuerte».
Hubo un tiempo en que deseó ser un chico. Ya no. Ellos eran más vulnerables que las mujeres, constantemente tenían que representar un acto que revelaría lo que ellos trataban de ocultar en sus vidas. Las mujeres podían, si era necesario, ocultarse.
– No pertenezco a ninguno de ellos, nunca más -se dijo a sí misma-. Ni a éste, ni a ninguno de ellos.
Lo que, naturalmente, Petros no oyó, pero respondió.
– Nunca te permitiré marchar -le dijo, despertándose. Y se durmió nuevamente entre los brazos de Ethel.
Pero Ethel permaneció despierta, lo sostuvo y sintió por él y por todos los demás. Pues, aun cuando no había amado a ninguno de ellos, los amaba a todos.
Lo único que ahora le preocupaba es que Costa no lo descubriera. Ya que Petros y ella estaban juntos, podían comportarse con más facilidad, en público, como si no lo estuvieran.
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