Elia Kazan - Actos De Amor
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El lunes siguiente, Petros le preguntó cómo iban las cosas. Sabía que Teddy había venido. Ethel vio que estaba lleno de curiosidad.
– Bien -respondió ella, cortando su interés.
– ¿A quién intentas engañar? -le preguntó él.
Dos semanas después Ethel avisó a Teddy que pensaba ir a visitarlo en su auto. Le daba tiempo para cancelar sus citas.
– He alquilado una habitación en un motel -le dijo Teddy cuando ella llegó.
Y colocó un bolso ligero de viaje en el maletero del auto que había pedido prestado a su compañero de cuarto.
– Demos unas vueltas por aquí, primero -dijo Ethel.
– Te enseñaré el campus -dijo Teddy-. Es bonito.
Lo era. Los edificios eran sencillos, modernos y limpios. Por todas partes se veían reclutas femeninas y negros en un buen número. Ethel no se dio cuenta de nada.
– Vayamos a la playa -dijo-. ¿Hay una playa?
– Sí. Una belleza. Ponte Vedra. Por el camino se encuentran dos grandes instalaciones de la Marina y…
– No quiero verlas. Quiero que me lleves a un lugar en donde pueda decirte que estoy embarazada.
– ¡Fantástico! -dijo Teddy-. ¡Formidable!
– Sí -respondió ella-. Pero hay esto además: dudo que sea tuyo.
Teddy no respondió ni una palabra.
– Quizá seas el padre -dijo ella-, pero no es probable.
– ¿Quién entonces? -preguntó Teddy después de un momento.
– No lo sé.
– ¿Qué es lo que quieres decir, no lo sabes?
– Quiero decir que lo sé, pero no pienso decírtelo. La cuestión es que no es tuyo.
Al parecer, Teddy no tenía nada que decir.
– ¿No vas a protestar por ello? -preguntó Ethel-. ¿Ni un poquito?
– ¿Qué podría hacer ahora? Ya ha sucedido.
– ¿De acuerdo entonces?
– No, no estoy de acuerdo, pero…
– ¿Pero qué?
– Nada.
– ¿Otra vez nada? Bueno, entonces, llévame al motel.
– ¿De quién podría ser?
– Esa pregunta no voy ni a hacérmela a mí misma.
Teddy estuvo dando vueltas sin rumbo fijo.
– Hay algo más -le dijo Ethel-. Me libraré del bebé si tú lo quieres.
Teddy no respondió.
– Ya sé por qué no puedes decir nada -dijo ella- y voy a decírtelo. Pero primero quiero aclarar que nada de lo que sucedió lo tengo en cuenta contra ti. Creo que ya no somos el uno para el otro. Este tiempo pasó. Es el final, ¿te das cuenta? Y si quieres que me libre de la criatura, lo haré. Tú has de decidir.
Teddy no respondió.
– Por lo visto has desarrollado esa reserva de oficial de la que hablan -dijo ella-. ¿Qué es lo que en realidad estás pensando?
– No sé en qué pienso.
– ¿Has ido alguna vez a ver al médico?
– Sí.
– ¿Y qué?
– Mi cómputo de semen, o como se llame eso, es bajo.
– ¿Por qué no me lo dijiste?
– Resulta embarazoso… para un hombre.
– ¿Y no lo es para una mujer? Bueno, olvídalo. Te lo preguntaré otra vez, ¿quieres que me libre de la criatura? Tienes que decírmelo.
– ¿Ahora?
– ¿Por qué no? La única cosa que quiero hacer antes de irme de aquí… y de dejarte… me gustaría dar a Costa lo que tanto desea. Quiero a tu padre y… también te quiero a ti en cierto modo. Así que haré esto por ti y por él… pasaré por esto durante ocho meses, o siete, o lo que sea. Le daré esta criatura. Lo haré si tú me dices que lo haga. Si no lo quieres, me iré esta noche.
– Déjame pensarlo.
– De acuerdo. Digamos mañana, ¿de acuerdo?
Teddy la acompañó al motel.
– ¿Quieres entrar? -le preguntó Ethel.
– ¿Por qué no?
Teddy se sentó en la silla y ella se tumbó en la cama, permaneciendo ambos silenciosos durante un largo rato. Después él se tendió en la cama junto a ella.
Teddy le hizo el amor con más sentimiento del que nunca hubiese mostrado. Perderla le hacía sentir más apasionado. La abrazaba fuertemente.
Después, no se separó de ella. La mantuvo abrazada.
Más tarde, la amó de nuevo. Nunca, anteriormente, había reanudado con tanta rapidez.
¿Se excusaba de esa manera?, pensó Ethel. ¿Diciendo así lo que no sabía expresar con palabras?
Dormitaron. Al despertar, ya era oscuro y todo estaba muy tranquilo.
– Mira, querido Teddy -dijo Ethel-, podemos ser amigos, así que ya puedes decírmelo. Tienes alguien aquí, ¿verdad? Una chica.
– Sí -respondió él.
– Bien. ¿Y te gusta?
– No tanto como tú.
– Bueno, naturalmente -respondió ella-. ¿Quién va a ser tan buena como yo?
Se echaron a reír y súbitamente sucedió. Ya no estaban casados; eran amigos.
– Muy bien -dijo él-, dale la criatura al viejo. Será nuestro secreto. ¿Qué demonios, por qué no? De todos modos, todo está hecho un lío.
– No, no lo está. Si tú pudieras engendrar, yo haría cualquier cosa que tú quisieras. Pero el chico que Costa quiere, también podría ser mío. También le gusto yo, ¿no es verdad?
– Ese viejo bastardo está enamorado de ti. Sólo sabe hablar de ti. Ethel esto y Ethel aquello, ¿cuándo va a regresar Ethel?, o ¿has recibido carta de Ethel?
– ¡Debía haberle escrito!
– Te hice quedar bien. Le dije que te habías hecho cargo del funeral de tu madre y el resto. Inventé muchas historias.
– Entonces, inventemos una más.
– De acuerdo por mi parte.
Cuando Ethel se despertó por la mañana, Teddy ya se había marchado. Recordó vagamente que, a la primera luz del día, él se había deslizado de la cama y ella no intentó retenerlo.
Aquel día Teddy tenía desfile, y ella lo vio con su traje blanco, gallardo y atractivo, con todo el aspecto de un oficial. Quizás ahora resultaba duro para él, sabiendo lo que sabía, pero Ethel creía que su carrera en la Marina era más importante para Teddy que cualquier otra cosa, y que se convertiría en un excelente oficial.
Ella le saludó con la mano. Teddy se acercó corriendo cuando todo hubo terminado.
– Estás muy guapo con tu uniforme -le dijo ella. «Y también muy distante», pensó.
– Gracias -dijo él.
– Y sobre la noche pasada… ¿sigues pensando del mismo modo?
– Sí.
– ¿Quieres que lo conserve?
– Creo que sí. Sí.
– Bueno, entonces, lo haré. Y… estoy contenta de que hayas decidido eso. -Así que, pensó Ethel, ya se ha terminado.
19
En Saint Petersburg, el tráfico era como una maraña. Pero hacia el Sur hay un gran puente que cruza por encima de la boca de la Bahía de Tampa, un techo tan largo y tan alto que parece más estrecho de lo que realmente es. Es bastante inclinado, pero un auto puede recorrerlo sin disminuir la velocidad y el conductor tiene la sensación de que se está elevando por encima de los humos y la frustración que quedan abajo.
Cuando Ethel corría hacia la cima de esa ala metálica, se sintió invadida por una misteriosa confianza y la exaltación de fuerza inherente.
– En este momento sería capaz de hacer todo aquello que quisiera -se dijo.
Desde la cresta del puente contempló por el costado aquella extensión plateada y vio, dirigiéndose hacia el golfo abierto, a un pequeño carguero, un viejo trotamundos, antiguamente vestido de blanco, y ahora envuelto en la luz dorada del sol poniente, el humo de su chimenea como un velo. Parecía un sueño, que no surcaba el agua, sino que se deslizaba por encima. Ondeaba la bandera mexicana. Debía de dirigirse a Veracruz, pensó Ethel, o a Tampico.
Recordó algo que, precisamente el oficial de educación de Teddy, había dicho en cierta ocasión:
– ¡Oh, tener de nuevo dieciocho años, y todo lo que se posee en un saco marinero! ¡Uno es invencible entonces!
Aquella tarde Ethel se sentía, si no invencible, sí autosuficiente, completa, dispuesta para lo que fuese.
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