Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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Envió unas palabras al viejo carguero, diciendo:

– Pronto, pronto.

Sólo quedaba esto: durante los siete meses venideros ella debía fingir que lo que llevaba en ella, aquello que todavía no podía sentir, era de Teddy.

De esa manera pagaría sus deudas, a Teddy, a su padre y a su pasado. Daría la criatura a Costa y desaparecería.

Encontró música en la radio y emprendió la larga pendiente en dirección a Bradenton. Recordaba los hombres con los que había estado, el placer que había sentido con cada uno de ellos, la excitación de experimentar con una nueva persona, emparejando una vez en pleno vuelo, haciendo ofrenda de los dones de su naturaleza y tomando a cambio lo que le ofrecieran. Habría otros: un mundo estaba esperando… amigos, amantes, semejantes.

Lo único que debía hacer era recordar la lección aprendida con Teddy, saber cuándo todo había terminado y seguir adelante.

Su habitación estaba tan tranquila como el espacio bajo los árboles en un bosque de pinos. Alzó las ventanas. Las cortinas eran de algodón rizado y la brisa del golfo las movía como plumones blancos, dejándolas caer después lentamente. Los carillones japoneses de vidrio dejaban oír así su cristalino sonido.

Tenía el vestido empapado allí en donde se había apoyado en el asiento, así que se lo quitó. Sentía que la ropa interior la apretaba y se liberó de ella, rascando en los lugares donde la sujetaban bajo los pechos y en la cintura, proporcionando alivio a su piel.

Se había hecho la cama únicamente con las sábanas. No las abrió, tendiéndose encima, separando sus piernas y los brazos hacia arriba y hacia afuera.

La brisa la acariciaba.

Todo el sonido llegaba desde muy lejos.

No tenía adonde ir, ni con quién encontrarse. No estaba esperando ansiosamente a ningún hombre. Aquella noche nadie le pediría que «le hiciera estallar». Ni ella pediría los servicios de nadie para que la hiciera sentir completa. Se sentía el cuerpo transportado en un rapto de bienestar, más profundo que el sexual. No necesitaba del acto del amor para convencerse de que estaba viva.

O para pasar el tiempo. Se sentía celosa de sus minutos.

Hasta su respiración se había alterado. Era suave, uniforme y mesurada. Era exacta, era normal.

Durante siete meses, pensó ¡no tendré que mentir de nuevo!

Cerró los ojos y saboreó su propia presencia. No quería romper el silencio; no la amenazaba. No deseaba el sonido de una voz humana, no necesitaba enterarse de las últimas noticias. No le importaba la hora que pudiera ser.

Cuando comenzó a dormitar, invitó a los sueños.

Se vio a sí misma como un bebé desnudo. Un viejo sacerdote ortodoxo la llevaba hasta una pila bautismal de cobre, entonando el ritual mientras caminaba. La sumergió tres veces en el agua bendita, tibia como orina. La alzó después, renacida.

Más tarde ella era un sol pequeño y el resto del Universo daba vueltas a su alrededor, lejos, fuera de su alcance.

Aunque estaba medio dormida, fueron unos momentos que recordaría hasta el final de su vida, su intervalo de pureza, cuando el compromiso y la acomodación y el engaño ya no eran necesarios.

La noche después de su retorno, Ethel salió a cenar con Petros. Fueron en el auto a un lugar especializado en comida del mar cerca de Sarasota. Un buen grupo de personas, todas parejas maduras, esperaban su turno para tener el privilegio de comer en aquel lugar. Petros, presumiendo de su poder ante Ethel, pasó por delante de todos ellos y ocupó un compartimiento que acababa de desalojarse. La camarera que cuidaba de aquel sector asintió con la cabeza y le sonrió.

– ¿Cómo puedes salirte con la tuya? -le preguntó Ethel.

– Ella y yo -dijo señalando a la camarera- solíamos…

– Frotó sus dedos índice.

– ¿Y cómo puede ella admitir esto?

– Ahora ella sale con el jefe.

Mientras Petros encargaba una docena de ostras para él y algunos cangrejos para Ethel, ésta estuvo contemplando a la camarera. La mujer estaba en la treintena, limpia, pulida, respetable; parecía lo que era realmente, un ama de casa del Medio Oeste, ahora, por alguna razón, sola. No había nada de coquetería ni de artificio en su manera de dirigirse a Petros. La diversión sexual, adivinó Ethel, era simplemente uno de los problemas prácticos que la mujer había tenido que resolver por sí misma.

Petros observaba a Ethel para comprobar cómo había recibido la información íntima que acababa de darle.

– Me gusta -dijo Ethel-. Estoy contenta de que vayas con ella.

– No voy con ella -replicó Petros-. Eso fue durante el pasado invierno cuando llovía todos los días… ¿recuerdas esas dos semanas?

Ethel miró el rostro de Petros; era todo empuje. La nariz le partía la cara en dos. La línea del cabello era baja, su cara expresaba acción, no contemplación. Petros no era un hombre reflexivo.

– ¿Con quién sales ahora? -dijo Ethel.

– Contigo -respondió Petros-, salgo contigo.

– Amigo, yo estoy embarazada -dijo Ethel-. Soy una mujer casada, estoy embarazada y voy a dejar mi empleo al final de esta semana.

– ¿Estás embarazada? ¿Desde cuándo?

– ¿Qué es lo que quieres saber, el día y la hora?

– ¿Quién es el padre?

– Teddy. ¿Quién crees que puede serlo?

– Yo creo que eso sucedió mientras te fuiste a ver mundo. Lo viste, ya lo creo. Pero no pareces diferente.

– Todavía no se nota cuando estoy vestida.

Petros la miró allí donde sus pechos llenaban el vestido.

– Tienen el mismo aspecto, un aspecto excelente.

Permaneció silencioso durante la cena, parecía haber olvidado la noticia de Ethel. Entonces se decidió:

– No me importa -dijo -. Esperaré. Sigues siendo aquella con quien salgo.

– Petros, estoy casada; ¿es que no entiendes eso?

– Oye, zorrilla, ¿crees que soy idiota? Si estuvieras casada y mantuvieras tu matrimonio estarías con tu marido, allí donde esté él. Mierda, sé bien cuándo una mujer está casada.

– Dejaré tu empleo el viernes -repitió Ethel.

– Que te crees tú eso.

Petros tuvo razón en eso. Ethel recibía buena paga, tenía un empleo privilegiado, y estaba comprometida a proporcionar a Teddy veinte dólares a la semana. El viernes siguiente Petros aumentó su salario en diez dólares. No se lo mencionó; dejó el dinero en el sobre.

Cuando ella le preguntó al respecto, Petros respondió:

– Estamos haciendo un buen negocio. Yo me aumento, y te aumento a ti.

«La insistencia -se dijo Ethel- vence a cualquier chica. Así que, vigila.»

Hasta aquel momento Petros no le había hablado de su vida privada. Ahora él no ocultaba su libreta de notas ante Ethel. Esta, como secretaria suya, le concertaba las citas. Cuando, por ejemplo, Petros quería romper con una chica para ir con otra que estaba dispuesta de improviso, mandaba a Ethel que hiciera el trabajo sucio por teléfono. Cada mañana hacía un resumen de lo que había sucedido la noche anterior, algunas veces con detalles gráficos, indicando entonces a su secretaria social cuándo quería una representación repetida.

¿Qué es lo que le hacía creer que esto atraería a Ethel? Quizás él creía que ella suplicaría que le permitiera mantener la nariz fuera de las sábanas de Petros indicando así su interés en lo contrario.

Si es eso lo que pensaba, Petros subestimó la dureza de piel que Ethel había desarrollado. Ella se divertía jugando a ser su alcahueta. Se burlaba de sus ingenuos esfuerzos para humillarla y lo reñía sin piedad cuando Petros permitía que una adolescente estuviera con él.

Finalmente Petros se dio por vencido.

– Muy bien -dijo-. ¡No más gamo !

– ¿Qué es eso, gamo ? ¿Algo bueno?

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