Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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Y Petros hizo una concesión táctica: cada tarde esperó hasta que Costa hubo tomado el autobús hacia el norte antes de acercarse a Ethel.

Ethel estaba preocupada por Teddy. Temía que él se enterara por alguien, por un rumor. Por la mañana lo llamó por teléfono y le sugirió que viniera a Mangrove Still para un «consejo de guerra».

Le contó entonces los hechos con palabras claras. También le dijo una verdad que Petros desconocía: que ella pensaba desaparecer tan pronto como tuviera el niño. Lo entregaría a Costa y estaba convencida de que el bebé tendría todos los cuidados necesarios.

– De eso sí que puedes estar segura -dijo Teddy riendo ante ese pensamiento-. Ese viejo bobo dedicará toda su vida a cuidarlo. Naturalmente, Noola será quien haga el trabajo.

– Tu madre ha buscado un empleo.

– ¡Un empleo! ¿Qué clase de empleo?

– Uno en el que gana ciento doce dólares, ese tipo de trabajo. Que es mucho más de lo que ganaban juntos en «Las 3 Bes». Trabaja en esa fábrica de medias a medio camino de Tampa, la que está junto al canal, ¿sabes? Y cada día usa zapatos ahora, apuesto algo que por vez primera.

Más tarde, Teddy supo los detalles por su propia madre.

Había logrado un permiso de tres días, así que el domingo por la noche permaneció en el apartamento de Ethel con ella. Se habían convertido en mejores amigos de lo que antes habían sido. Aquel lunes por la noche, Ethel preparó dos cenas. Preparó la de Petros, dejándola sobre su fogón con instrucciones, y entonces fue a su apartamento en donde la esperaban Teddy y Costa, y preparó la de ellos.

– Ese bastardo -rezongó Costa-. La hace quedar hasta más tarde expresamente, ¡para agraviarme! ¡Sabe cómo!

Hasta Teddy observó que Costa se mostraba más que familiar físicamente con Ethel, tocándola y manoseándola. Resultaba algo embarazoso de contemplar, pues el viejo ni se daba cuenta de lo que hacía.

Como solamente había una cama, Ethel preparó el sofá para Teddy. A medianoche, Teddy se acercó a ella.

– No seas tonto -dijo ella. Teddy no insistió.

Petros, naturalmente, creyó que ellos «habían hecho el negocio».

– ¡Mentiras! -le respondió cuando Ethel protestó-. El es el hijo de su padre, un vlax hace otro vlax, una cabeza griega gorda y dura del lado errado de nuestra isla. ¡Un día lo mataré, los mataré a los dos!

– ¿Y qué tiene ello que ver con un lado u otro de la isla? ¿De qué maravilloso lado de la isla eres tú, hermano Peetie?

– Yo soy del lado de la isla que encara mi patrida; hay una enorme diferencia. Su pueblo está cerca de Turquía; allí hay toda clase de sangres mezcladas. Ya verás, espera un día que se vuelva loco y comience a hablar en turco, ¡fíjate en eso!

– ¿Y quién se preocupa ahora de todo eso, Peetie? Todos somos del mismo…

– Todos no somos lo mismo. En mi lado somos comerciantes, mercaderes, gente moderna, educada, ¡gente que llega a alguna parte! ¿Su lado? Todo lo que saben hacer es bajar para recoger esponjas. Algunas veces el viento mélleme sopla durante tres semanas del Norte. Tres semanas que ellos están sentados delante del bar, se cortan las uñas, escupen y se lamentan. Aquí, lo mismo, todo el día están sentados en el kentron y charlan y charlan de los viejos tiempos tan felices. Diferente país, pero la misma charla. Créeme, en tierra seca no sirven para nada. Bajo el agua, de acuerdo, quizá. Pero, ¿cuántas cosas importantes suceden en la vida debajo del agua? ¿Qué me dices a eso? ¡Eh, tú! ¡Chica lista! Yo te estoy hablando, y tú dando vueltas.

Ethel se dio por vencida.

Por la tarde del siguiente viernes, Ethel dio las buenas noticias al viejo.

Costa acababa de recibir su semanal. Inmediatamente envió a buscar licor, y se apropió del teléfono de la oficina. La primera persona a la que llamó fue a Aleko el Levendis.

– ¡Trae auto aquí! -le ordenó -. ¿Cuándo? Ahora, ¿qué crees? ¡Ahora!

Hablando con Teddy se puso histérico por teléfono, voceando sus alabanzas y agradecimientos, pasando el teléfono a Ethel mientras él servía la bebida a todos. Iba a nacer un príncipe.

– ¿No crees que se adelanta un poco? -Teddy preguntó a su esposa. Parecía nervioso.

De momento ambos estaban contentos de haber llegado a una decisión. Mirando a Costa, con un gozo exaltado por el alcohol, ¿cómo podría negarse la importancia de tanta alegría?

Cuando Aleko llegó, Costa ordenó a Ethel se metiera en el auto. Ella y Petros tenían una cita para cenar aquella noche, y aún para después, pero la celebración de Costa era un torrente que lo barría todo a su paso.

Se dirigieron al Norte, Aleko al volante, canturreando una tonadilla tras otra, y Ethel y Costa atrás, el brazo de él alrededor de ella, y los ojos de Costa mirando al frente.

Desde el momento que recibió la noticia estuvo recordando el nacimiento de Teddy. Contó cómo él había sabido inmediatamente que el bebé que estaba formándose en el cuerpo de Noola sería un muchacho y que este muchacho, con el tiempo, produciría otro muchacho que se llamaría como él y permanecería a su lado, «modo adecuado» hasta el día que él muriese.

Le habló de su propia abuela, una persona que jamás había mencionado anteriormente. Esa vieja mujer podía predecir, utilizando la ciencia que había aprendido de las mujeres enlutadas que la habían criado, la erudición del Dodecaneso, el sexo del bebé desde el principio del embarazo.

– Ella me enseñó, así que te lo digo. Pronto. ¡Va a ser lo que yo quiero!

Se detuvieron frente a la iglesia de San Nicolás. Era la primera vez en muchos años que Costa había entrado en el territorio de aquel sacerdote del bingo. Había algunas mujeres viejas vestidas de negro.

Costa llevó a Ethel hasta el icono de la Madona. La Madre de Cristo ofrecía una imagen serena. Costa se puso de rodillas frente a ella y obligó a Ethel a. hacer lo mismo. Cuando Costa agachó la cabeza, Ethel hizo lo mismo.

Durante un largo rato, Costa hizo su plegaria a María en una lengua que Ethel no pudo comprender, naturalmente. Era un griego que otro griego hubiera tenido dificultades en seguir, denso, arcaico, fuera del uso general.

Metió entonces la mano en su bolsillo, y sacó todos los billetes que tenía, y, buscando una abertura en la parte superior del cristal que protegía a la Madre de Cristo, introdujo el dinero hacia abajo de modo que cayó entre el cristal y la imagen. Finalmente Costa permitió que Ethel se alzara.

Alguien había avisado al sacerdote que aquel hombre viejo, en otros tiempos uno de los vicarios de esa catedral transplantada, el hombre cuyo alejamiento declarado públicamente había herido los sentimientos del cura y también los de sus fieles seguidores, estaba en la iglesia. De modo que el propio sacerdote del bingo había acudido para recibirlos. De pie al fondo de la nave, sin saber lo que esperar, estaba preparado para una nueva repulsa.

Costa alzó sus brazos, en un saludo al mismo tiempo expresión de perdón y de alegría, se encaminó hacia el joven griego-americano, lo rodeó con sus brazos y lo besó de un modo que hizo historia local.

– Una cosa solamente. El dinero que dejo ahí, no es para la iglesia, es para Su Majestad, la Reina del Cielo; es para los pobres por quienes Ella vela.

– Será utilizado para ese propósito -respondió el sacerdote.

Costa le besó en las dos mejillas.

– Besa su mano -ordenó a Ethel.

Ethel no dudó un instante. Las manos del joven no olían a cera o a velas sagradas: olían a jabón «Dial».

En una bandeja grande, al fondo de la iglesia, Costa arrojó todo su cambio y cogió dos velas. Le dio una a Ethel y ella hizo lo misino que él, la encendió con la llama de las velas que ya estaban encendidas en el candelabro a la altura del hombro.

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