Elia Kazan - Actos De Amor
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Oyó entonces a Teddy, futuro oficial, hablar con voz de mando.
– Quiero que trabaje -dijo, y parecía un oficial de Marina dando las instrucciones finales a una tripulación rebelde-. Esto es América, padre, y yo seré quien decida cuándo Ethel deberá abandonar su trabajo, no tú. Ella es mi esposa, padre, no la tuya.
– ¿Qué quieres decir con esa observación, chico?
– Tú te portas como si fuese tu esposa. Estás pegado a ella, o algo parecido. Muy bien. Está muy bien. Pero te lo repito, yo soy quien ha de decidir el tiempo que trabaje y cuándo tendrá que abandonarlo y cualquier otra cosa que ella haga… ¿Qué? Oh, estaba bromeando sobre eso. Pero, por favor, ocúpate de tus asuntos, ¿querrás hacerlo, padre?
Costa creó la crisis que necesitaba en otra dirección.
Acorraló a Noola, con el rostro contraído como un puño, y le ordenó que abandonara su empleo.
– Si no lo haces -rugió-, te sacaré de casa.
Noola se fue a su habitación y comenzó a hacer la maleta. Cuando salió, pidió a Ethel que la acompañara en el auto a casa de una amiga que trabajaba en la fábrica de medias.
Ethel dijo que, naturalmente, lo haría.
– ¿Lo ves? -rugió Costa-. ¿Te das cuenta de cómo están juntas? -Señaló a las dos mujeres. – ¡Una peor que la otra! Tu esposa ha comenzado esto, habla con ella, ¡maldito idiota!
Cuando Teddy no intervino en su favor, Costa arrancó la maleta de las manos de Noola y la arrojó contra la pared, rompiendo el cristal de la fotografía de la graduación de Teddy. Costa se lanzó entonces tras la maleta, depredador sobre la presa, arrancó la tapa de sus goznes, y volaron en el aire el cierre y las grapas. Se ensañó entonces con el contenido, desparramando el vestido del domingo, medias, los artículos de toilette, la ropa interior, y llegando a romper un cepillo de dientes, golpeando contra todo lo que fuese rompible con el cepillo del pelo de plata regalo de casamiento de Noola, soltando palabrotas en griego y algunas en turco, escupiendo sobre los artículos, y pisoteándolos como si fuesen objetos vivientes y él estuviera suprimiendo cualquier signo de vida en ellos.
Noola lloraba silenciosamente a un lado de la habitación.
Costa se dirigió a ella.
– Ahora, vete -gritó-. Vete a vivir con esas zorras de la fábrica.
Como ella no se movía del lugar, Costa la agarró. Iba a arrojarla literalmente por la puerta.
Hasta que Teddy se interpuso en su camino.
– Ya basta, padre -dijo Teddy-. Apártate por favor.
Teddy mantuvo firme su puesto cuando Costa le ordenó retirarse con un gesto. Costa entonces lo abofeteó con la palma de la mano, la confirmación clásica de autoridad, tan vieja como el mundo.
Teddy no se inmutó.
– De acuerdo, padre -dijo con la misma voz clara y controlada-. Ahora ya basta, padre.
Costa no podía llegar a creerlo.
De nuevo intentó llegar hasta Noola.
– No te acerques más -dijo Teddy-. Por favor. No quiero golpearte, padre; pero si me veo obligado a hacerlo, lo haré. ¿Por qué no vas a mojarte la cara con agua fría? Déjala. Ya has hecho bastante.
Aturdido, jadeante, temblándole el labio inferior, Costa seguía de pie mirando fijamente a su hijo.
– ¡Mi casa! -exclamó-. ¡Vete! Ambos. Tú. Te lo digo a ti. ¡Fuera!
En los ojos de Costa había lágrimas.
– ¡Mi hijo! -exclamó -. ¡Tú! No quiero verte nunca más. Estaba tranquilo pero respiraba todavía dificultosamente. -No espero nada -dijo- de ninguno de vosotros. ¡Únicamente de Ethel!
Salió entonces de la casa y no volvió.
A última hora de aquella tarde, Teddy se preparó para el largo camino en auto al Sur.
– Seguro que te convertirás en un oficial, sin duda -le dijo Ethel-. Hoy parecías del alto mando, chiquillo.
– He hecho daño al viejo -respondió Teddy.
– Tenías que hacerlo. ¿Quién sabe lo que él hubiera podido hacer?
– Sí, sí, claro, pero… ¿has visto cómo lloraba?
– Eres un ser humano muy dulce, Teddy.
– Lo sé. Ese ha sido mi problema. -La miró.- ¿No lo crees así?
La besó entonces en la mejilla, como es habitual entre amigos, y le dijo:
– Bueno, tú ya tienes lo que deseabas, ¿no es así? Y a él se le pasará el disgusto. Creo.
Ethel aprobó con la cabeza y sonrió.
– Sí, tú lo conseguirás. En este mismo momento yo te asciendo. Capitán Avaliotis.
– Estás mal de la cabeza -dijo Teddy-, ¿ya te has enterado?
Cuando Teddy se hubo marchado, Ethel encontró a Noola.
– ¿Quiere que yo me quede aquí con usted, por si acaso? -le preguntó.
– ¿Por si acaso, qué? -inquirió Noola.
– Por si Costa pierde otra vez los estribos.
– No es necesario.
– Yo creo que esta vez él está muy convencido -dijo Ethel- sobre dejar el empleo y todo eso.
– Bueno, esto es lo más grande que le ha sucedido en la vida -respondió Noola-, pero… y perdóname… no es lo más importante de mi vida. Yo soy más importante.
Y añadió después:
– Gracias.
– Yo no he hecho nada… ¿Se refiere usted al niño?
– Quiero decir la idea de trabajar. Esa idea me vino de ti. Y esa cosa pequeña, ha cambido toda mi vida.
– ¿Quiere usted la independencia, mistress Avaliotis?
– Ahora ya puedes llamarme Noola. No, me refiero al dinero.
Aquella noche durmieron en la misma habitación. Había camas gemelas y durante los primeros años de su matrimonio, Noola y Costa habían utilizado ese cuarto.
La noche estaba tranquila.
A las cinco y media, cuando fuera reinaba todavía la oscuridad, ambas mujeres se levantaron de la cama, prepararon café y tostadas, comieron y bebieron silenciosamente.
– No estarás preocupada por él, ¿verdad?-preguntó Ethel.
– Claro que estoy preocupada. Algunas veces se pone furioso como ayer y en esos momentos podría hacer cualquier cosa. Se le pasa, pero mientras lleva dentro los demonios de su carácter… ¡ya lo viste!
Ethel la llevó en el auto hasta la fábrica. Una cincuentena de mujeres, la mayoría pasada ya la madurez, iban entrando en el viejo edificio cubierto por la hiedra.
Noola se unió a ellas y no volvió la vista atrás.
Cuando Ethel llegó al trabajo, Costa ya estaba allí, muy bebido. Había anunciado su retiro a Petros, quien no había protestado en absoluto. En aquel momento, Costa estaba retirando sus cosas. Aleko el Levendis, triste y soñoliento, estaba fuera, esperándole en su auto.
Costa miró a Ethel durante un largo rato, como si estuviera meditando en lo que iba a hacer, y después se acercó a ella, con la cabeza gacha como un colegial díscolo, y le dijo:
– ¿Está bien Noola?
– Está bien.
Costa sacudió la cabeza con energía.
– Se ha convertido en asno -dijo-. ¡Imbécil!
– Está esperándote.
Costa asintió con la cabeza y vaciló.
– ¿Oíste lo que ese hijo estúpido me dijo ayer?
– No -respondió Ethel-. ¿Qué fue?
– Mejor que no oigas esas cosas.
Ethel hizo entonces algo picaresco. Se inclinó y besó al viejo en la mejilla.
– No dejes que eso te preocupe -le dijo.
– Oh, sí, oh, sí, sí -respondió él-. El hace lo que quiere, Noola hace lo que quiere, tú y yo, nosotros, hacemos lo adecuado. Yo dejo hoy el trabajo aquí. No me tengas miedo. Te quiero. ¿Entiendes eso?
– Noola está esperándote.
– Yo no quiero a Noola. Voy a vivir sin ella. -Miró a Ethel, colocó su mano en forma hueca bajo la barbilla de ella, le alzó la boca y la besó. Estaba muy borracho. – Te agradezco lo que haces por mí. No lo olvidaré. Ya no me encontraba nada a gusto ahí. Y no te preocupes, yo cuidaré al nuevo chico, lo educaré de modo adecuado.
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