Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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– Cada vez que te veo, allí está él sobándote o tocándote. ¿Qué demonios es eso?

– Simplemente que es feliz.

– Cuando estáis sentados los dos y él se inclina hacia ti y te habla susurrando, pone esas manos suyas que parecen jamones en la parte interior de tus piernas, y no hablo de tus rodillas, sino de ahí arriba en donde tú lo sientes, y ¿qué es lo que está murmurándote, quieres decírmelo?

– El me dice, un centenar de veces al día, me dice: «Será un chico, lo llamaré Costa, de abuelo a nieto, el nombre va así en mi familia, de abuelo a nieto.» Esto es lo que tiene en la mente.

– Pues no parece que esté diciendo eso. ¡Enteramente parece como si tuviera un enorme destornillador dentro de sus calzones!

– Bueno, supongamos que así sea. Qué es lo que yo debo hacer… ¿arrojarle un cubo de agua fría?

– Muy bien, ¡despediré a ese bastardo!

– Peetie, no tienes mucho seso, utiliza el poco que te queda. Si alguna vez llegaras a portarte de ese modo extraño, Costa sospecharía… Bueno, podría… ¿por qué pones esa cara?

– Más pronto o más tarde…

– Ni más pronto, ni más tarde. Y deja de poner ese semblante tan maligno cada vez que Costa me coloca el brazo alrededor de los hombros.

– ¡Los hombros, una mierda! Está palpando tu pecho del otro lado, de este modo.

– Vamos, déjalo ya, Peetie. Ya sé dónde está. Costa quiere comprobar si me están creciendo.

– Dile que me lo pregunte a mí; yo se lo diré.

El hecho era que no había manera de controlar el gozo de Costa. Pronto se puso insoportable y su arrogancia cayó sobre Petros.

– Estás haciéndola trabajar demasiado -vociferó-. ¡Está cansada!

– Yo no hago eso. Ella es como es -protestó Petros.

– Prepara un lugar donde ella pueda reposar cuando esté cansada o la sacaré del trabajo, te lo digo de una vez, chico. Me la llevaré a casa.

– Puede descansar en mi embarcación -respondió Petros reprimiendo apenas su irritación.

– Ten cuidado, amigo -advirtió Costa-. Si me sacas de quicio, te mato, lo garantizo, así que no me hagas enfadar. ¡Ten cuidado!

Petros recibió una reprimenda de Ethel.

La gente de la dársena observó un cambio en el modo de ser de Ethel antes de que se viera en ella ninguna alteración física. Ethel comenzó a soñar despierta. En sus sueños, se convertía en neoyorquina. Tenía un empleo seguro, bien pagado, vivía sola en un apartamento soleado, y disfrutaba de una existencia independiente y tranquila. Se pasaba las tardes en la oficina de Petros pensando en el mobiliario, o confeccionando un calendario imaginario de actividades, los espectáculos a los que iría, las clases que tomaría, los libros que leería, el tipo de vestidos que usaría.

Topaba entonces con el auténtico problema: encontrar un empleo. Compraba el New York Times, estudiaba las demandas, y consideraba sus propios atributos profesionales. Escribió a una amiga del colegio que había conseguido establecerse en la gran ciudad, esperando revivir una amistad para poder, más adelante, pedirle ayuda.

Una tarde, surgió de improviso una oportunidad de una procedencia inesperada.

El nuevo propietario de la dársena era el presidente de una sociedad que había agrupado alrededor de la firma original dedicada a productos farmacéuticos (heredada de su padre) a las siguientes empresas: una editora de libros en rústica (preferentemente libros de texto); una compañía productora de televisión con sede en Glendale, California; una fábrica de zapatos de todo tipo domiciliada en Suiza (con intereses especiales en Grecia); una fábrica en Alaska dedicada a la congelación envasada del cangrejo rey; un negocio de sujetadores (el sujetador «Susurro» y el «Promesa»), cuyas oficinas estaban instaladas en Nueva York y cuyos productos se confeccionaban en Puerto Rico.

Con más dinero del que él supiera en qué gastar, compró un gran crucero al que puso el nombre de su madre. El Sara, era una embarcación larga y de popa amplia, y el hombre tuvo dificultades para hallar dónde amarrarlo en el cinturón del sol, cerca de un aeropuerto. Habiendo oído decir que el propietario de esta dársena se hallaba en apuros, le hizo una oferta. A los tres meses desde que adquirió la dársena, había estado demasiado ocupado ni tan sólo para poder conocer al personal (Petros había realizado un viaje rápido a Nueva York), pero se las había arreglado para que el crucero estuviera funcionando la mayor parte del tiempo (de este modo los gastos serían deducibles).

Cierta tarde, la cubierta posterior estaba cubierta con criaturas que Petros llamó poustis, homosexuales masculinos. Todos eran uniformemente guapos (con excepción de un viejo zorro) y sus cuerpos en condiciones muy superiores a los de sus contemporáneos heterosexuales. Su cabello lucía con un toque dorado de «Glint of Gold» (Marca registrada), el producto de una de las firmas de la organización.

Este grupo, la mayoría de cuyos miembros tenía algo que ver con el negocio de los sujetadores, sentía desagrado de pasar su tiempo libre en Puerto Rico en donde estaba su fábrica (la pobreza los deprimía), de modo que fueron en avión a Sarasota y su director general les permitió abordar el Sara. Ethel conoció a la reina del departamento de sujetadores, un hombre que utilizaba el sospechoso nombre de Robin Bolt; ella le había llevado mensajes y telegramas, y -ése era el motivo de haber subido aquella tarde a bordo- cobraba sus cheques.

– Dime, Ethel, ¿has pensado alguna vez en hacer de modelo? – le preguntó míster Bolt. Un amigo estaba esparciendo «Sun-soother» (Marca registrada) en su espalda.

– ¿Y qué es lo que yo podría modelar? -replicó Ethel mientras le entregaba un sobre grueso lleno de dinero.

– ¿Cómo puedes preguntar eso, queridita? -dijo el amigo, dando la vuelta a míster Bolt.

– Estoy embarazada -dijo Ethel-. Este es el motivo del buen aspecto.

Siguió un coro jubiloso de felicitaciones.

Ethel confió a Bolt que esas voluminosas tetas habían sido para ella motivo constante de inhibición desde que ellos aparecieron.

Ethel se rió después de su aprensión.

Llegó el día en que todos pudieron apreciar que el vientre de Ethel estaba aumentando.

– ¿Guardas una pelota de fútbol ahí dentro? -le preguntó Petros, aficionado al fútbol americano. Le molestaba lo que no era suyo.

Costa comenzó nuevamente a insistir en que Ethel abandonara su empleo y volviera a casa para vivir tranquilamente como era adecuado para una mujer griega en camino de ser madre. Cuando Ethel rehusó obedecerle, Costa llamó por teléfono a su hijo y le acorraló tan duramente, que Teddy finalmente accedió a venir a visitarlos para una confrontación.

Ethel encontró a Teddy muy agitado.

– Tengo muchísimo trabajo pendiente -dijo.

Ella lo llevó a la parte posterior de la casa y le contó que estaba ahorrando dinero para su uso personal y no había razón alguna por la que ella no pudiera trabajar.

– A ti te toca manejar a tu padre -le dijo.

Teddy asintió bruscamente, se dio la vuelta al estilo en que había sido entrenado, y marchó hacia la casa.

No deseando ver ni oír la escena, Ethel se tumbó bajo el roble y esperó. El ruido de la discusión llegó hasta ella.

Primeramente oyó que el padre exigía, vociferando con palabras que Ethel había oído una y otra vez. Oyó después al hijo haciendo exactamente lo mismo que su madre había hecho algunas semanas antes cuando Costa le exigía que abandonara su empleo, repitiendo lo mismo una y otra vez, manteniendo la voz moderada y baja, de modo que llegaba hasta Ethel en forma de murmullo.

Y Costa que gritaba.

Y más murmullo.

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