Elia Kazan - Actos De Amor
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– Oh, lo siento. ¿Y qué más?
– Seré un buen esposo.
– ¿Por cuánto tiempo?
– Hasta que crea llegado el momento… -Se echó a reír interrumpiéndose.
– ¿El momento para qué?
– Para encontrar otra amiguita.
– ¿Y entonces?
– Le diré «¿por qué no eres como Ethel?», y le pegaré.
– No, no lo harás.
– Puedo hacerlo. Hasta puedo matarla.
– Y dime, ¿traerás aquí a mi sustituta?
– Sí. Y del mismo modo que mi esposa ha descubierto nuestro asunto y nos ha proporcionado un disgusto tan grande, igualmente ella descubrirá lo de la próxima.
– La próxima vez podrías ser más discreto.
– Esa vez que te llamé por teléfono desde mi dormitorio… ya sabía yo que era una locura, especialmente con mi mujer dentro de casa.
– Pero eso ya había sucedido antes. Tú me lo dijiste. Con otra.
– Sí. Parece que nunca aprendo la lección.
– A lo mejor es que te gusta que te descubran.
– ¿De qué estás hablando? No soy un masoquista.
– Bueno, ahora, antes de que nos separemos, dime: ¿valía la pena toda esa intriga?
– ¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? Un minuto de nuestro amor valía por todo. Además, ¿qué otra cosa podía hacer? Yo vivo para el amor.
– Pero tú no amas a tu mujer y vuelves siempre a casa.
– ¿Cómo puedes decir eso? Yo quiero mucho a mi mujer. Sólo a ella.
– Bueno, entonces haces lo que debes, librándote de mí.
– ¿Quién sabe? Pero tengo que reconocer que sólo hay cosa peor que estar solo, y es ser pobre. No debo permitirme olvidar que mi Isabel es propietaria y controla en buena parte la mayor proporción de acciones de nuestra compañía.
– Tú también posees y controlas un buen bocado.
– Pero ella tiene más.
La verdad era que Arturo Uslar, al transcurrir las semanas, había descubierto en Ethel una fortaleza a la que no estaba acostumbrado y que no le gustaba.
«En su alma, Ethel es un hombre -así es como se lo planteaba-. Y en amor, Ethel es fría.» Naturalmente, Arturo nunca podría perdonar a Ethel el que no le correspondiera, como habían hecho tantas otras, con un volcán de sentimiento. Se sintió aliviado al terminar el asunto.
Ethel fue a su encuentro para la que debía ser su última cita. Cuando abrió la puerta con su llave, no encontró a Arturo, sino sentado en su puesto, sonriendo ansiosamente, los ojos engrandecidos por sus gruesos lentes, al señor Ignacio Alvarez.
– Esta mañana Arturo ha recibido la orden de emprender el largo viaje hasta Monterrey, en donde tenemos nuestra fábrica -dijo el señor Alvarez-. Me dijo que te transmitiera el gran disgusto que se ha llevado, tan grande, que le ha impedido estar aquí contigo esta última vez. Me ha enviado en su lugar recomendándome que lo haga lo mejor que pueda.
Sus lentes reflejaban una luz deslumbrante.
Ethel no quiso profundizar más en el gran disgusto de Arturo.
Empaquetó lo que tenía de su propiedad en el nido de amor sobre el Parque Chapultepec, se despidió cordialmente de Ignacio, devotamente fiel, y se fue.
Al día siguiente, no fue a la oficina. Escribió una nota de tres frases a Arturo y la depositó en el correo.
Desapareció después.
18
– Tengo malas noticias -dijo Ed Laffey. Había recogido a Ethel en el aeropuerto y entonces estaban tomando un trago en la terraza en donde Emma Laffey solía cenar de su bandeja-. Es el testamento de tu madre -dijo-. Aquí está, voy a leértelo. -Del bolsillo de su chaqueta de sarga sacó una carta femenina, papel rosado, escrita en trazos alargados.- Debo aclararte que la encontré -dijo Ed-. Muy raro. Hasta ofensivo.
– ¿Cómo podría mamá haber escrito algo que resultara ofensivo para nadie? -preguntó Ethel.
– Ya lo verás. Es en forma de carta para Martha. ¿Te acuerdas que te hablé de Martha? ¿Y de mí?
– Sí, me acuerdo -dijo Ethel.
Ed se colocó sus medios anteojos y, controlando su ofensa o su ira, Ethel no pudo adivinar cuál de las dos cosas, comenzó a leer:
Querida Martha:
Quiero que tú seas la ejecutora de mi testamento. Hace muchos años que no te he visto, pero, hace muchos años, de todos modos, que no veo a nadie. Y en otro tiempo fuimos muy buenas amigas, tú y yo.
Seré breve. No creo que aquí, en esta mi última voluntad ante el mundo, necesite aclarar nada.
Quiero que tú supervises el reparto de mis bienes mundanos. Como sigue:
Primero, a mi esposo, Ed Laffey, no le dejo nada.
Segundo, a mi hija adoptiva, conocida como Ethel Laffey, sólo le dejo esto: mi amor y mis mejores deseos. En el testamento que redacté hace dos años, mi legado para ella era más consistente. Pero desde esa época la querida Ethel me ha escrito una carta conmovedora rogándome que rio le dejara ni un céntimo. «Quiero salir adelante por mí misma», me dijo, y seguía diciéndome cuánto significaba eso para ella. Siempre he pensado que Ed había mimado a Ethel. Estoy muy contenta de que Ethel intente desenvolverse por sí misma.
Para Manuel y Carlita, los sirvientes de mi marido, dejo la suma de mil dólares. Hubiera sido más si no hubiera estado yo presintiendo durante muchos años que ellos, siguiendo las órdenes de Edward, han estado espiándome y manipulándome.
Todo lo demás que yo posea de valor en este mundo, incluyendo la casa en donde he estado viviendo durante toda mi vida y en donde estoy escribiendo lo que ahora estás leyendo, lo dejo al Saguaro Garden Club. Sé que necesitan nueva sede y un lugar para celebrar sus reuniones. Espero que encontrarán adecuada nuestra residencia.
Debo advertirte: esta casa la puso mi marido Edward Laffey a mi nombre, por razones de impuestos. Seguramente ahora lamentará su decisión.
Naturalmente, mi marido puede reservarse el mobiliario de su estudio y de su dormitorio. No quiero causarle molestias.
Ahora, por si estás pensando por qué te habré escogido a ti para ser el ejecutor de mi testamento que despojará a mi esposo, no tan sólo de su casa sino de los bonos del Tesoro que mis hermanos me legaron, aquí tienes dos motivos:
El primero es que he deseado muchísimo hacer algo altruista con mi riqueza. Ponerla, aunque sea tarde, al servicio de una causa decente. Como sea que yo no me he ganado ni un solo céntimo de ella, siempre me he sentido culpable de poseerla. Este acto me alivia.
El otro motivo, que tú conoces y yo conozco, no voy a mencionarlo en una carta que otros, más pronto o más tarde, han de leer, para ahorrarte una situación embarazosa. Quiero aclarar, no obstante, que aunque durante varios años no he podido estar en contacto directo con lo que sucedía a mi alrededor, todavía he tenido la dicha de poseer algunos buenos amigos, y también me ha sido posible utilizar el teléfono.
A ti te lego la cifra de mil dólares por los servicios que estoy pidiéndote lleves a cabo en mi nombre.
Perdona el papel rosado. ¿No es adorable esa pequeña ardilla del rincón de arriba?
Ed dejó la carta.
– La firmó -dijo- y llamó a Diego, el mozo del establo, y a Eddie, el reparador de televisiones, para que sirvieran de testigos. Aquí están sus firmas. Este es un documento legal.
– ¿Y por qué estabas tan indignado? -preguntó Ethel más tarde. Caminaban en la última luz del atardecer por el jardín de cactus que Emma había querido tanto-. ¿A causa del dinero?
– No. Aunque supongo que, inconscientemente, contaba con él. Alcanza en su conjunto a más de un millón de dólares. Y no es la casa. Ya estoy harto de la casa. Es su carta, tan llena de odio hacia mí. Yo no tenía ni idea de que…
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