Elia Kazan - Actos De Amor
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– Has de obligarme a seguir una dieta. Antes de conocerte, solía pasar estas horas, todos los días, en la pista de badminton.
– Bueno, todavía puedes hacerlo. ¿Por qué no lo haces?
Arturo se acercó de un salto y la tomó en sus brazos.
– ¿Cómo puedes decirme eso, mi vida? ¡Eres tan fría! ¿No sabes que tú eres la razón de mi vida? Prefiero estar contigo que con nadie más que haya podido conocer en toda mi vida.
Arturo la veía todas las tardes, excepto cuando tenía que probar con su sastre o su camisero. Esas fechas eran sagradas.
– ¿Sabes lo que míster Richards de «Allied Chemical» dijo de mí? ¿Te lo he contado?
– Sí.
– No. No te lo dije. ¿Por qué dices que sí? ¿No quieres oírlo?
– Bueno, en este caso, dímelo otra vez.
– Dijo que yo tenía el encanto de un latino, la devoción a los negocios de un norteamericano y la astucia de un judío. Debería verme ahora, ¿no te parece?
– ¿Por qué?
– Porque no mencionó a mi amante. ¿Estás dormida?
– Estoy escuchando.
Aquella misma tarde, después, Arturo le pidió que se casara con él. Estaban bajo las sábanas, brazos y piernas alrededor uno del otro, hablando en susurros.
– Quiero estar contigo todo el tiempo -dijo él-. Gozo tanto contigo.
– Estoy casada -le respondió ella.
– ¿Es importante eso?
– Sí. Y también lo estás tú. Y es tan cómoda tu vida, ¿por qué estropearla?
– Tienes razón . Además, eres un poquito zorra, ¿verdad? Ahora eso me gusta pero cuando yo fuese maduro no seguirías a mi lado.
Arturo sacó algunas fotografías de ellos, desnudos, de pie uno al lado del otro. Tenía una cámara fotográfica de disparo retardado que ajustaba a quince segundos. Esto le daba tiempo de correr al lado de Ethel y sacudir su pene para que pareciera todo lo largo que fuese posible.
– Sabes, yo también soy muy valiente -le dijo a Ethel el siguiente lunes. Había estado leyendo sobre los toros del domingo.
– ¿Realmente, lo eres? -preguntó Ethel.
– ¿Cómo puedes dudarlo? Sólo lo menciono porque realmente es una falta. Es la causa de todas mis cicatrices. ¿Has notado las cicatrices de mi cuerpo?
– Sólo ésa de tu hombro.
– Yo tengo, corazón mío, cinco grandes cicatrices en mi cuerpo. Nadie ha dejado de notarlas antes. Estoy sorprendido, mi tesoro, de que tú no las hayas visto. Pero, naturalmente, cuando hacemos el amor, tú te contemplas a ti misma, y no a mí. ¿Sabes lo que eres?
– Dímelo. He estado considerándolo.
– Una narcisista. ¿Es así como lo dices? Esto es lo que tú eres.
Ella no le replicó.
Una semana después, Arturo le hizo un regalo, un registro que había grabado, sin que ella lo supiera, de su acto de amor. Por la parte de él resultaba ciertamente un ejercicio impresionante y dramático: aquel día, su voz tenía un gran registro. A ella casi no se la oía.
– ¿Lo ves? -le dijo Arturo-. Tú no tienes el orgasmo.
Ethel sabía lo que había estado queriendo que ella hiciera, pero ahora ya no fingía. Adivinó que cuando Arturo decidió abandonarla, fuese cual fuera la razón que dio, el motivo real era el que ella no le respondiera como él creía que ella debía responder.
– Notarás también -continuó Arturo- que yo gozo de la experiencia a pesar de tu frialdad. Te regalo esta cinta para que siempre me recuerdes.
Ethel se preparó para el rompimiento, vigilando con maligna curiosidad cómo se las arreglaría Arturo para provocarlo.
Al día siguiente, tuvo lugar la siguiente conversación:
– Ignacio Alvarez me estuvo hoy preguntando otra vez por ti -dijo Arturo. El señor Alvarez era el ejecutivo de la compañía encargado del personal y los puestos, el hombre que había contratado a Ethel-. Dice que en el mismo momento en que te vio supo que tú tenías que ser un miembro de nuestro pequeño círculo. Desde entonces no ha transcurrido ni un solo día en que Nacho no me pregunte cómo va nuestro asunto. Creo que está esperando que tú te canses de mí.
– ¿Te refieres a ese hombre pequeño que lleva lentes? ¿Está esperando?
– Sí. Ese de los lentes gruesos. Es la persona realmente inteligente de nuestra oficina, y por tanto, la única que quizá podría comprenderte. Admito que su aspecto es de animal de oficina, a lo mejor de profesor de ciencias, pero el hecho de que no pueda ver claro sin la ayuda de esos lentes no representa un obstáculo en su vida personal. Algunas de las amigas que hemos compartido me han dicho que ese hombre es un jefe en el dormitorio y que está equipado con un sable excepcional.
– Tengo el presentimiento -dijo Ethel- de que estás tratando de hacerme circular.
– ¿Cómo puedes decir eso, mi vida? Sencillamente se trata de que te des cuenta de todas las posibilidades y de la desolación que causas en el alma de los hombres.
Un par de días después estaba de nuevo recomendando a Ignacio Alvarez.
– Parece un hombre de calma imperturbable -dijo-, pero algunas que han tenido experiencia íntima con él me han informado de que posee elementos de exuberancia combinados con un terror sexual del tipo que atrae a las mujeres reservadas. Es posible que sea él el tipo exacto que consiga liberar tu orgasmo…, eso que siento embarazo al confesar que yo no he podido conseguir.
– No dejes que eso te preocupe -dijo Ethel-. A mí no me preocupa.
– Bueno, ¿quién sabe? Se me ha ocurrido que a lo mejor, con el tiempo, desearás conceder su premio a Nacho. ¿Sabrás apreciar que le debes tu empleo? ¿Y que te lo dio en un momento en que no necesitábamos más secretarías? Naturalmente, él cometió entonces el error de presentarnos. Pero, ¿no ha sido suficientemente castigado por esa equivocación? A pesar de esa larga y dolorosa espera, estoy seguro, mi tesoro, de que él nunca ha perdido la esperanza, de que él ha sido, en su alma, más que fiel hacia ti.
Ethel cambió el tema.
– A propósito, ¿no crees que ahora rne he convertido y a en una excelente secretaria? -preguntó.
Arturo trajo de nuevo el tema anterior.
– Hasta tus enemigos lo dicen. Nacho me confió el otro día que está considerando un aumento de tu salario.
Cuando se hizo evidente que todas esas insinuaciones habían fallado, Ethel esperó que Arturo abordaría directamente el asunto. Así lo hizo él. Le dijo a Ethel que su mujer, Isabel, había descubierto sus relaciones.
– Para mí es un desastre -dijo Arturo-. Estoy tristemente enamorado de ti. Pero ahora… sabiéndolo Isabel… se ha hecho imposible. ¿Me sigues Ethel?
– Eres tú quien me sigues, Arturo.
– Probablemente me moriré sin ti. Muy pronto, eso es seguro, pareceré mucho más viejo.
– Oh, vamos -le dijo Ethel-. Puede ser un desastre, pero lo sobrevivirás. -«¿Quién habla como un hombre ahora?», se preguntó a sí misma mientras se colocaba encima de él.
– He llegado a la conclusión de que sólo te gusto por mi cuerpo -dijo Arturo después que hubieron hecho el amor-. Ethel, ¿me escuchas?
– Siempre.
En realidad, cada vez le resultaba más difícil prestarle atención. Cuando Arturo le hablaba, alargándose más de una o dos frases la mente de Ethel divagaba. Arturo la aburría.
– Naturalmente -prosiguió Arturo-, no podemos permitirnos pensar en algo permanente, ¿no es así, mi vida? De otro modo la vida se convertiría en una serie de desilusiones, ¿no tengo razón?
– Claro. Dime, entonces. Cuando yo me vaya, ¿qué harás tú?
– Trabajar, trabajar, trabajar.
– ¿Y qué más?
– Jugar al badminton, reanudar mis ejercicios, restaurar mi cuerpo.
– ¿Y qué más?
– Cuidaré de mis hijos. Haré compañía a mi hijo. Por tu causa, he privado de mi compañía a mi hijo.
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