Elia Kazan - Actos De Amor
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– Vamos a preocuparnos cuando sea necesario, ¿de acuerdo? Y gracias otra vez.
Ethel cerró la puerta ante su inquieto rostro.
– ¡Zorra! -se dijo a sí misma cuando Adrián se marchó. De regreso en la posada, hizo el equipaje, fue al Banco y canceló su cuenta de ahorros. Había decidido no regresar todavía a Florida.
En el vuelo a la ciudad de México no tenía ganas de leer ni de escuchar el estéreo del avión, de modo que pidió papel y comenzó a hacer garabatos, dibujando pequeñas mujeres embarazadas, parecidas a aquel diminuto troquelado que Costa le había dado para que lo llevara debajo de su vestido.
No había tomado la pildora desde aquel día, hacía meses ya, en que había entregado su pequeña cajita azul a Costa. Pero esto no la preocupaba. Ishallah! como solía decir Aarón.
– Lo que haya de suceder sucederá cuando Alá lo disponga.
En la ciudad de México, rodeada por el aire sucio, fuertemente perfumado, se sintió sola por completo. Era precisamente lo que deseaba. Decidió estar allí algún tiempo, por lo menos hasta que su padre hubiera vendido la casa de Tucson; seguramente la necesitaría para ayudarlo a vaciarla.
Lo que ahora necesitaba era un empleo. ¡El dinero es libertad! ¡Dolores y su sabiduría! Ethel tenía un buen conocimiento de español a través de una larga sucesión de nodrizas chicanas. Los conocimientos de secretariado que había adquirido con Petros ahora le sirvieron. En tres días tenía lo que había querido, un empleo en la oficina de una gran compañía minera organizada para extraer de la tierra el fluorocarbono del que se saca el agente propulsor para cremas de afeitar y desodorantes. Esta sustancia, así se decía, sólo podía hallarse en las montañas de Sierra Madre, de México, y la compañía casi tenía el monopolio. El producto era enviado al Gran Hermano del norte.
Desde el primer momento Ethel fue grandemente apreciada, no solamente porque podía tomar dictados en español y escribir cartas en inglés, sino por ser además una intérprete atractiva y buena compañía para acompañar a los industriales gringos. Todos tenían que escribir cartas a Estados Unidos y necesitaban de alguien amable y comprensivo a quien dictar. Ethel recibió muchas pruebas de afecto, y tenía más invitaciones a cenar de las que quería.
Pronto comprendió que la oficina era una complicada telaraña de relaciones sexuales. Todas las secretarias, excepto algunas mujeres mayores que llevaban a cabo el trabajo más importante, parecían haber sido escogidas porque alguno de los hombres que ocupaba un puesto importante lo había solicitado. El lugar bullía con atractivas jovencitas que sabían que se ganaban su salario haciendo sentirse en casa a los visitantes y concediendo sus favores a los ejecutivos.
Ethel estuvo pensando qué hombre habría hablado en favor de ella.
Comenzó lo de costumbre: se la perseguía sin descanso. De nuevo comenzó a sentirse como un animal de caza. Mantener a raya a los depredadores requería más energía de la que ella quería usar. Finalmente, le pareció que lo más sencillo sería aceptar a uno de los hombres y librarse del resto. Si el hombre que escogiera era lo suficiente poderoso en la estructura de la compañía, él la protegería de las constantes insinuaciones, miradas lascivas e indirectas y de los manoteos casuales que ahora la molestaban.
De modo que examinó el terreno… fríamente.
– Sé como un hombre -ése fue su lema. Había una cualidad especial que le importaba… por si acaso. Debía escoger un macho biológicamente superior.
Tenía evidencia de que Adrián no lo había conseguido. Estaba dispuesta a aceptar la ayuda de otro.
El hombre en quien se fijó era un joven ejecutivo de treinta y un años, Arturo Uslar, un bello ejemplar para ser contemplado, y educado en el Williams College de Nueva Inglaterra, y por lo tanto capaz de expresarse en un inglés perfecto. Lucía un surtido de trajes de Savile Row, camisas con sus iniciales y zapatos a la medida, estaba en perfecta forma por jugar al badminton cada tarde, y era, así se lo habían dicho, un respetable coleccionista de buenos cuadros. En privado, ella lo encontró apasionado pero gentil, romántico pero divertido, amable, y no obstante, cuando el momento llegaba, poseído de un gran orgullo de macho… en una palabra, el perfecto amante latino.
Arturo estaba destinado, así lo decían todos, a ser presidente de la compañía. ¿La razón? Estaba casado con la hija del fundador -«mi Isabel» la llamaba él-, una mujer algo mayor que él que había heredado la mayor parte de las acciones de la compañía. El hecho de que fuese una mujer no afectaba a la vida de él. Arturo le había dado cuatro hermosos hijos, y estaba en casa lo suficiente para satisfacer las necesidades de Isabel. El aura de su riqueza mejoraba su apariencia, como lo hacían los vestidos caros que llevaba. Con esa relación, el futuro de Arturo parecía muy claro… a menos que cometiera el error grave que a menudo estaba a punto de cometer. Así lo decían todos.
Arturo parecía más atrevido y descuidado de lo que era necesario. Ethel descubrió que ese coqueteo de Arturo con el peligro formaba parte de la tradición de su cultura. La llevaba con él a lugares públicos, especialmente cuando tenía que cumplimentar a un cliente gringo. Aunque Arturo cuidaba de que viniera una tercera persona, la gente comenzó a murmurar. Arturo no parecía preocuparse. Ethel pensó si a él le gustaba esa notoriedad, ¿sería una especie de baladronada?
Arturo estaba orgulloso de Ethel, principalmente, creía ella, porque tantos otros hombres la deseaban. La exhibía como un caballo de carreras, un gran favorito, del que él fuese propietario. Realmente la quería más en público que en la intimidad. Cuando estaban solos, Arturo solía encerrarse más en sí mismo.
Un final de semana, cuando su mujer se había ido a Acapulco, Arturo condujo a Ethel hacia las colinas suburbanas por encima de la Universidad y le enseñó su casa. Las paredes estaban cubiertas de pinturas hechas por los grandes pintores mexicanos, llamadas a la revolución y ahora propiedad de los muy ricos. Ante la admiración de Ethel, Arturo le ofreció el que tenía en su oficina.
– No quiero que me hagas regalos -le dijo ella.
– Pero yo soy tu amante -protestó Arturo-. ¡Son regalos míos!
– Porque eres mi amante -dijo Ethel.
Arturo se quedó perplejo de que Ethel, a diferencia de sus anteriores amantes, no le aceptara ningún dinero. Hasta se sintió ofendido.
Arturo tenía alquilado secretamente un pequeño apartamento sobre el Parque Chapultepec, e insistió en que Ethel se trasladara allí. Allí descubrió Ethel el propósito de la siesta.
Cuando se familiarizaron el uno con el otro, Ethel descubrió que algunas cosas que en principio le habían parecido encantadoras de él, ahora la enojaban. A medida que Arturo se despreocupaba, ella le perdía el respeto. Por ejemplo, mucho más que cualquier hombre que ella hubiera conocido antes, Arturo quedaba fascinado ante su imagen en el espejo. Algo trivial… pero eso la irritaba.
– ¿Crees que he aumentado de peso? -le preguntó él un día mientras se vestía para marchar a su casa-. ¿Un cuarto o medio kilo, quizás? He de tener cuidado. -Estaba de pie, frente al espejo, volviéndose de uno y otro lado, hundiendo la barriga y dejándola suelta de nuevo, pellizcando y dando masaje a la carne de su cintura.
Ethel, contemplando todo esto desde la cama, no pudo recordar, si había algún espejo en la casa de Costa, o si le había visto alguna vez contemplarse en un escaparate al pasar por delante, como hacen la mayoría de los hombres y como Arturo hacía sin fallar.
– ¡Ethel! ¿Estás escuchándome?
– No sé si has aumentado de peso. Sólo hace cinco semanas que te conozco.
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