Elia Kazan - Actos De Amor
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Al día siguiente, Ethel desapareció; subió a un avión en dirección de San Diego.
Envió un telegrama a Adrián Cambere, pidiéndole otra entrevista.
Cambere fue a recibirla al aeropuerto.
– Quiero recordarle su oferta -le dijo ella.
– ¿Qué oferta?
– De hablar otra vez conmigo. Me ayudó antes. ¿Me ha reservado alojamiento?
– En la posada «Roseway».
– Tiene usted diferente aspecto.
Ethel observó que Cambere llevaba peluca y recordó que, en su primer encuentro, él no se había quitado su gorra de jugar a tenis.
– Ahora soy un civil y me sienta espléndidamente -dijo él-. Además, estoy escribiendo un libro.
Siguió contándole los cambios introducidos en su vida mientras la ayudaba a instalarse. Durante la cena estuvo hablando sin cesar. Su técnica profesional, hacer que los otros hablaran, había fallado.
Cuando la condujo en el auto de regreso a la posada, le pidió si podía entrar.
Cuando estuvieron acomodados, ella en la butaca de arce, y él al borde de la cama, hubo un momento de incertidumbre. El vino había aturdido ligeramente a Ethel; habían vaciado la botella y media más, y lo que ella deseaba realmente era irse a la cama, sola. Adrián le sonreía de un modo que ella había visto ya muchas veces anteriormente, el momento antes de la carga. Ella sabía que tendría que reunir mucha energía para rechazarle; ese jugador de tenis la había hecho advertir su fuerza durante toda la noche.
Ethel pensó que quizá lo más sencillo sería dejarlo que lo hiciera; probablemente no tardaría mucho, puesto que estaba muy maduro. Y ella podría dormir después tranquilamente.
Adrián sacudía la cabeza con una especie de desilusión prematura – ¿o sería un aviso?- táctica que también le era familiar a Ethel; suavizar a la mujer haciéndola sentir culpable por adelantado al pensar en la simple posibilidad de rechazarlo. Bueno, pensó ella, aquí viene.
– La cosa más reveladora de ti -dijo Cambere- es la máscara que llevas.
– ¡Vaya porquería confusa! -respondió Ethel-. Dígame lo que significa.
– ¿Por qué has regresado? Vamos, ¡di la verdad!
– Para hablar con usted. Usted me ayudó.
– Bueno, me siento halagado. ¿Es ésa la única razón?
– Me gustaría hablar con la chica con quien mi marido salía.
– Eso lo arreglaré yo. ¿Es eso todo?
– Lo que quería preguntar a usted especialmente es… ¿recuerda que le dije que todo se había anulado entre mi marido y yo? Esto me intrigaba.
– ¿Por qué? Es perfectamente natural.
– Porque él sigue gustándome, hasta creo que lo quiero. Pero no sucede nada. A mí. Y yo solía… tan fácilmente. Fingí durante algún tiempo, al final. ¿Entiende usted?
– Muchos hacen eso.
– Entonces, hasta eso dejé de hacer. Lo que me ocurriera o dejara de ocurrirme parece que no le importaba a él. Así que me limité a estar ahí echada.
– Sí -dijo Cambere-, lo sé. -Le brillaron los ojos.- ¿Y ahora qué es lo que quieres de mí?
– Únicamente su opinión. ¿Se puede volver atrás desde ese punto? ¿O he de renunciar?
Adrián Cambere se levantó, frunciendo el entrecejo profesionalmente.
– ¿Tiene usted prisa? -preguntó Ethel-. Podemos hablar mañana.
– No, éste es un momento perfecto para mí. En primer lugar, arranquemos los adornos mitológicos, los absurdos, con que se ha disfrazado el acto sexual. – Caminó de un lado a otro. – Nadie admitirá que es perfectamente obvio -dijo- que el amor y el sexo son cosas separadas, que la novedad es excitante, que la conquista es igualmente grata a los dos sexos, que la necesidad de acallar la ansiedad sobre el valor sexual de uno mismo es apremiante, que el amor no es singular, que una persona puede amar al mismo tiempo a varias y suele suceder asimismo, que no hay nada errado en irse a la cama con otros u otras; por el contrario la promiscuidad es enriquecedora; que la mayoría de las mujeres de nuestra sociedad se casan para asegurarse el mantenimiento y la mayoría de los hombres por conveniencia sexual, y ambos siguen casados, después que todo el interés ha desaparecido, porque temen la perspectiva de morir solos…
– No haga eso.
Cambere estaba en el suelo, a los pies de la butaca de Ethel, y le había separado las rodillas con las manos.
– Quiero que hagamos el amor -le dijo él.
– Lo sé. Cuando te quiera ya te lo diré.
Adrián insistió. Altamente excitado, según ella podía observar, intentaba levantarle el vestido. Las manos de Adrián le rodearon las nalgas y la tiraba hacia él de modo que con el cuerpo le separaba las piernas.
– Esto es realmente bueno -dijo ella.
Y le alzó la peluca por encima de la cabeza. La lucha cesó inmediatamente.
– ¿Por eso, entonces, aquel día no te quitaste tu gorrita de tenis?
El doctor Cambere estaba furioso.
– Ten mucho cuidado con eso -dijo levantándose del suelo -. Es frágil y condenadamente caro. -Le quitó el peluquín de las manos, lo dobló cuidadosamente y lo puso en el bolsillo de su chaqueta. La calva le brillaba.
– Mira, Adrián -dijo Ethel-. Me gustaría realmente estar hablando contigo. ¿Podríamos? ¿Mañana? Ahora estoy terriblemente cansada. Todo ese vino me ha dado sueño. Ha sido un día muy largo, para los dos. Siéntate. Descansa un momento.
– Yo también estoy cansado -dijo él. Se sentó en el borde de la cama, y después de esperar un momento para desinflarse, consultó un librito de notas y dijo-: Entre las dos y las tres estoy libre mañana.
– Dime -le dijo ella mientras lo acompañaba a la puerta-. Cuando se ha arrancado, todo ese absurdo de que hablabas, ¿qué es lo que queda?
Cambere le sonrió de una manera diferente de antes, y de un modo que a ella le gustó.
– Algo muy bonito -dijo.
Al día siguiente tuvieron una excelente conversación.
– Toda tu historia -le dijo él- es de autotraición. Sacrificio de tu propio ser ante la autoridad. La Marina, por ejemplo. Te recomiendo cultivar los vicios cristianos. El egoísmo en primer lugar.
Cuando ella le estrechó la mano en la puerta -había un paciente esperando -, Ethel le dijo:
– ¿Puedo venir a verte esta noche?
– Tengo una sesión de grupo entre las nueve y las once, pero después estaré libre y muy contento si puedo verte.
– A propósito, ¿pudiste localizar la mujer con la que mi marido…?
– Ah, sí. Dolores. Termina a las cinco y media y te verá con mucho gusto. Bueno, eso es algo exagerado. Digamos que está dispuesta a verte. En el «Ship's Bell».
Hacía una tarde espléndida y Ethel disponía de una hora. La brisa que venía del mar llegaba hasta el área de juego infantil de la zona residencial en donde Adrián tenía su oficina. En todas partes había madres vigilando a sus hijos que jugaban en los arenales y las construcciones metálicas. Los bebés dormían en sus cochecitos protegidos por redes.
No había ni un solo hombre a la vista, no se veía ni a un padre.
Ethel, sentada en la sombra, lo contemplaba largamente y cerró después los ojos. Hay niveles en el sueño. ¿Lo soñó o fue su pensamiento? «Si me fuese posible tener un bebé sin padre, le ofrecería mi regalo a Costa.»
Se encontró con Dolores, a quien recordaba de la oficina de Bower, en el mismo compartimiento en donde ella y Teddy solían sentarse y en donde Dolores había besado a Teddy con «lo que él pensó que era amor», y de este modo Ethel se lo recordó a Dolores.
No se fingió ninguna cordialidad.
– Durante algunos días -dijo Dolores- antes de que tú regresaras la primera vez, él solía decirme: «Eres exactamente la chica adecuada para mí.» Eso es lo que él solía decirme.
– ¿Y tú lo creíste?
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