Elia Kazan - Actos De Amor
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Abrió el sobre y cuidadosamente sacó dos envoltorios en papel de seda. Dejando el sobre a un lado, colocó suavemente un paquetito en su falda y comenzó a desenvolver los pliegues arrugados.
– Este viejo cura, escucha a mi primo en lo que le pide y le dice que un día él tuvo el mismo problema, una de sus hijas, ella no produce nada. Y él le dio esto.
Del paquetito de papel de seda extrajo una cadena fina, una vuelta de poco más de medio metro.
– Es de plata -dijo Costa-. Tan fina, tan ligera, como una concha del mar. Mira. -La sostuvo con sus dos dedos regordetes junto a la lamparilla de mesa con su pantalla de seda rosa.- Ya ves. El cura la bendijo en el altar, en su iglesia.
– ¿Para mí?
– Llévala alrededor de la cintura. Cuando no se cierra ya eres madre.
– Es bella. -Ethel la balanceó suavemente frente a la luz.- ¡Tan delicada! ¿Puedo quedármela, de verdad?
– La pedimos para ti. Mi primo entonces busca asno y se va, un día de camino, a la vieja catedral, de nombre Aghia Paraskevi, en
la cima de la montaña, en medio de la isla. Allí siguen todavía las viejas costumbres y hay otro cura viejo, más viejo que el primero. Este hombre no está instruido, etcétera, pero ha hecho muchas cosas extraordinarias. El nos dio todo esto, te lo enseñaré.
Costa desenvolvió el otro paquete pequeño de papel de seda.
– Para enfermedades diferentes tenemos diferentes figuras -dijo -. Un brazo, un corazón, un ojo, una pierna. Mi primo compró ésta.
Costa sacó una figurita, troquelada de simple estaño en lámina, y de unos ocho centímetros de longitud.
– ¿Qué es esto? -preguntó Ethel.
– Una mujer con criatura en la barriga. Debes llevarlo debajo de tus vestidos. Las mujeres campesinas de allí creen en esto.
Ethel la cogió, la miró del revés, la sostuvo en alto.
– ¿Tú crees en esto, papá? -le preguntó.
– No puede hacer daño – respondió él-. Mi primo en la isla le dio dinero al cura para que diera bendición en altar. Sí, creo en esto.
– Entonces lo llevaré. Todos los días.
Costa se levantó de la cama y se encaminó a la puerta.
– Ahora te pido por última vez -dijo a Ethel, dándole la espalda-. No te pediré otra vez. Deja ese empleo.
– ¿Cuándo?
– Mañana.
– Bien -dijo Costa, y salió de la habitación, cerrando la puerta suavemente.
Cuando Ethel entró en el comedor para cenar, Costa la abrazó, la sostuvo a la longitud de sus brazos, y la abrazó otra vez después.
Ethel no respondió. Sabía que se había traicionado a sí misma.
Al día siguiente Costa ya estaba levantado a las seis para verla marchar y recordarle lo que había prometido.
– Hoy se lo diré -le dijo Ethel-. Le daré dos semanas para que encuentre a otra persona.
Cuando Ethel llegó a su apartamento encontró un telegrama informándola de que su madre había muerto «durante su sueño, pacíficamente».
Desvanecida sin un gemido, pensó Ethel.
Reservó una plaza en el avión que salía de Tampa hacia el Oeste, y le dijo a Petros que no estaba segura del día de su regreso.
– Apresúrate -le dijo él-, te necesito aquí. Una condenada semana de trabajo… ¿qué pasa?
Ethel se estaba derrumbando. No sabía que había amado a Emma Laffey.
Petros se acercó a ella y la abrazó con gentileza.
– ¿Qué te sucede? -repetía, como un muchacho que por primera vez ve a su madre llorando y no sabe qué hacer.
Ethel se fue a un rincón de la oficina y se quedó allí sollozando.
– No te acerques a mí -le dijo a Petros cuando éste fue junto a ella.
Quince minutos después Ethel se volvió, con los ojos secos.
17
El doctor Laffey llevó a Ethel en su auto directamente a la casa funeraria. Emma nunca había tenido tan buen aspecto. Su cabello, tan claro que dejaba ver el cuero cabelludo, estaba rizado y arreglado, colocado encima de su cabeza como roscas de panadero y cubría el pequeño cojín infantil bordado en que ella solía apoyar la cabeza. Una mano hábil había llenado su rostro y suavizado las arrugas, relajando la eterna marca de ansiedad de su frente. En sus labios había una sonrisa de conformidad y estaba vestida de azul, el color de la tranquilidad.
Ethel se juró que nunca más se vestiría de azul.
Al acercarse a casa, Ethel notó que su padre tenía espléndido aspecto. Se había llenado de hombros y adelgazado las caderas, y parecía un viejo atleta, quizás un entrenador de rugby.
De la avenida de su casa estaba saliendo un auto.
– Quiero que conozcas a Margaret -dijo Ed. Y le hizo una señal de que se detuviera.
A Ethel le gustó Margaret inmediatamente; era una mujer corpulenta de unos treinta y cinco años, que en este momento se dirigía a la pista de tenis.
– He venido -le dijo al doctor-, pues pensé que te gustaría jugar, para distraerte de otras cosas. Bueno, no te preocupes. Ya encontraré otros jugadores en el club. Hola -dijo a Ethel haciéndole un signo amistoso con la mano-. Estoy contenta de poder conocerte finalmente. -Y se fue.
– Es una magnífica jugadora de tenis -dijo el doctor Laffey-. Casi siempre me gana. Va a acompañarme a dar la vuelta al mundo.
– ¡La vuelta al mundo!
– Por todos esos lugares que nunca he visitado.
– ¿Y qué pasa con tu clientela?
– Abandono la profesión.
– ¿Y qué vas a hacer?
– Ni una maldita cosa. ¡Nada!
Cenaron en la terraza.
– No me importa si Margaret viene -había dicho Ethel. Pero el doctor había preferido estar a solas con ella.
– La semana pasada he cumplido cincuenta y cinco -le dijo cuando la mesa estuvo dispuesta para el café- y no me preocupa ya lo que los otros puedan pensar de mí. Excepto tú. Quiero seguir en contacto contigo. De tal modo que si algún día crees que he sido cruel para con tu madre recuerdes que estuvo muriéndose durante ocho años y yo estuve allí todos los días y noches haciendo todo lo que pude. Pero ahora ha sucedido y, ¿puedes comprenderlo?, ahora yo celebro mi liberación.
– No tienes por qué darme explicaciones -dijo Ethel-. Espero que esto no parezca tremendamente superior, pero lo diré de todos modos. Cuentas con mi bendición.
– Gracias. -El doctor la besó.- Esto es todo lo que necesitaba.
Para celebrarlo, ordenó a Manuel que sacase una botella de brandy español, «Pedro Domecq».
– La he estado guardando para una ocasión -dijo-, pero nunca hubo nada que deseara celebrar. Hasta hoy.
Ethel sonrió asintiendo con la cabeza, se tomó su brandy y recordó a la mujer vestida de azul yaciendo en su caja de madera de teca, y en la sonrisa de conformidad en su rostro.
Había muchas personas en los funerales de Emma Laffey; muchas derramaron lágrimas.
Ethel notó cierta actitud fría hacia su padre. Todos sabían lo de Margaret. Para dejar bien clara su propia actitud respecto a su padre, Ethel permaneció durante todo el servicio al lado de él, cogida de su brazo cuando se presentaba ocasión.
Cuando llegaron a casa, Margaret estaba allí. A Ethel le pareció aún mejor. Pertenecía a la tradición de falda más larga. El término «amante» no describía a Margaret.
Juntos terminaron el brandy.
– ¿Qué planes tienes? -le preguntó su padre.
– No lo sé todavía.
– ¿Regresar a Florida?
– No de momento.
– ¿Pero eventualmente?
– Tengo una deuda pendiente.
– Ya sé que no es asunto mío -dijo Margaret-, pero tu padre me ha hablado de tu esposo y de su…
– ¡No digas nada malo de su familia! -la advirtió Ethel-. Ninguno de vosotros. Es la única familia que he tenido.
Antes de mirar a otro lado, Ethel vio que esto había herido a Ed Laffey.
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