Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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– ¿Qué estabas pensando ahí dentro? -le preguntó ella cuando él regresó.

– Nada.

– Intenta contarme lo que piensas, Teddy, aunque sea por gusto.

– Realmente no lo sé.

– Claro que sí que lo sabes. Dilo. Te reto.

– Bueno, pues… -Se detuvo.

– Continúa, chiquillo.

– Bueno, ¿significa esto que viviremos separados?

Presentándolo como una pregunta le libraba de decirlo como una conclusión a la que había llegado. A ella correspondía la afirmación.

– Correcto -respondió ella, al estilo de la Marina.

– ¿Y por qué hemos de seguir casados?

– Habla por ti. Por mi parte, nadie me gusta tanto como tú.

– Ese es realmente un cumplido inconsistente.

– Pues expresa muchísimo. Confío en ti. Pero no quiero hacer planes para el futuro lejano. Es demasiado confuso. Sólo hay una cosa que ahora necesito: un hijo Avaliotis para ofrecérselo a tu padre. Tu padre sabe realmente lo que quiere. Nosotros no lo sabemos y tampoco ninguna otra persona que yo haya conocido. Es lo menos que podemos hacer. Por respeto, por respetar sus deseos. Además, lo quiero. También te quiero a ti realmente. No estoy enamorada de ti, pero te quiero. Siento algo por ti.

– ¿Y por qué no quieres… quiero decir, eso que has dicho?

– A lo mejor es que no soy capaz de eso.

– Sí eres capaz, yo lo recuerdo muy bien.

– A lo mejor es porque… ahora estoy un poco asustada, ésa es la verdad. Todo lo que deseo es que alguien me quiera. A pesar de lo que soy.

– Nena, te pondrás bien.

– Así lo espero. Oh, Teddy, Teddy querido…

La sexualidad que su voz prometía era tan completa, tan suave y abierta, un ruego desde el fondo de un alma hambrienta. Ethel le acarició el rostro y después introdujo su mano, suave y pálida por el pliegue de su albornoz azul.

Una vez más, Teddy no tuvo dudas de su amor por ella, y de que siempre la amaría, y de que ella lo amaba a él y siempre lo amaría. ¡Sucedió con tanta rapidez!

Ella le dijo después que precisamente ésos eran sus días fértiles del mes para poder concebir.

Pasaron todo el día siguiente en la cama. Eso era algo que Ethel siempre había deseado hacer.

Al día siguiente llegó la decisión del oficial de Comandancia. Se autorizaba a Ethel la exoneración administrativa. Habían decidido que Ethel no era apta para la Marina. Eso era final, y oficial.

Aquella noche hicieron el amor una y otra vez. Teddy había olvidado hasta dónde podía llegar. De nuevo descubrió la aparente fragilidad de Ethel y el auténtico poder del cuerpo de ella.

Al día siguiente Ethel salió hacia Florida y esta vez Teddy la llevó al aeropuerto.

– Ahora sé que puedo seguir hasta llegar a oficial -le dijo Teddy a Ethel en la puerta mientras todos subían a bordo -. Primero tendré que ir a NROTC, pero eso puedo hacerlo en Florida, en la Universidad de Jacksonville. He presentado allí mi solicitud. Cuando consiga la graduación, tendré destino. ¿Te gustará eso?

– Me encantará.

– Quiero decir, en Florida.

– Sí, eso es lo que yo quiero decir también.

Ella le besó. Se querían otra vez. Así lo creían ellos.

– Es mejor que subas al avión -le dijo Teddy-. Y, escríbeme, ¿querrás?

– Apresúrate -le dijo ella- y échame de menos, échame muchísimo de menos.

En sus brazos todavía, Ethel susurró a Teddy:

– Si tú no lo quieres, no tomaré ese trabajo.

– ¿Qué empleo? ¿Ah, en la dársena, con Petros no-sé-qué-más? No me importa, ya puedes tomarlo.

Se encaminaron a la entrada, abrazados todo el camino.

Los últimos pasajeros ya entraban apresuradamente.

– No te preocupes – le dijo Ethel -. No le permitiré que se me acerque.

– No me preocupo -respondió él-. Ya no.

16

A la tarde siguiente, en la «hora feliz», Teddy fue al «Ship's Bell» y se sentó en el compartimiento adonde Dolores había venido a consolarlo la primera vez. Se sentó a esperar, para decirle que él y Ethel estaban unidos de nuevo.

La vio a través de la sala en penumbra, buscándolo.

– Necesito un trago -dijo Dolores cuando llegó junto a él.

Cuando terminó su bebida, hablando de todo y de nada, pidió una segunda bebida y le dijo a Teddy que estaba embarazada.

– ¿De quién es? -preguntó Teddy.

Estaba asustado, pero sentía una extraña satisfacción.

– Tuyo. ¿De quién si no?

– Yo no sé con quién has estado -respondió él.

– ¡Por Cristo! ¡Hombres puñeteros!

– Bueno… ¿de quién es?

– Claro que he salido con otros. ¿Qué esperabas que hiciese…, sentarme y morderme las uñas mientras tú y tu mujer lo pasabais bien?

– ¿Qué piensas de mi mujer?

– He podido observar lo que los hombres encuentran atractivo en ella.

– ¿Qué es?

– Es la perfecta víctima y como todos los hombres son unos sádicos, seguro que obtiene grandes resultados. ¿Se acostó tu mujer con Adrián Cambere?

– No.

– ¿Estás seguro?

– Claro que estoy seguro. ¿Qué te hace pensar eso?

– Adrián no visita dos veces a una chica a menos que se acueste con ella.

– Ethel no le vio dos veces.

– ¿Estás seguro?

– Y además Ethel no se acostó con él.

– ¿Cómo te pareció ella después de mí?

– No hables de esa manera.

– ¡De modo que así estamos!

– Sí, así estamos. Vamos a tener un hijo.

– ¿Y qué pasa con el que tú vas a tener conmigo?

– Acabas de decirme que has estado saliendo con…

– Salir no significa acostarme, y ver no significa follar. Realmente, eres un tipo bien cursi. Llevo a tu hijo dentro de mí. Ahora dime, ¿qué quieres que haga?

– Sea de quien sea, procúrate un aborto.

– Adiós.

Dolores se estaba alzando pero en ese momento el camarero les traía las bebidas que habían pedido y Teddy le dijo:

– Tómate tu bebida. ¿Por qué tanta prisa?

Una hora más tarde se habían tomado cuatro copas cada uno y, una hora después, estaban en la cama.

Al día siguiente, Dolores estaba paliducha.

– Voy a dar los pasos necesarios para que me lo aspiren – dijo.

– ¡Aspirado!

– Bombeado. ¿Te gusta más esa palabra?

– Suena brutal.

– ¡Vosotros los hombres! Necesitaré dinero.

– Te diré cómo lo haremos. Partamos los costos, todos tus amantes y tus amantes en perspectiva. Así te pondremos a punto para circulación.

Dolores le zurró. Pero a Teddy no le importó.

– No quiero verte nunca más -le dijo ella.

El embarazo de Dolores lo había envanecido.

– Me verás en el momento en que yo quiera -le dijo Teddy.

Y así sucedió.

Una semana después, cuando Teddy iba a regresar a su apartamento para pasar el resto de la noche, y estar allí para el caso de que Ethel llamara por la mañana, Dolores le informó que aquel día iban a hacerle el aborto.

– Dime una cosa solamente -le dijo ella- y me dolerá menos.

Teddy se sorprendió al ver lágrimas en sus ojos.

– Dime que crees que el hijo es tuyo -dijo ella.

– Pagaré lo que cueste. ¿Es eso lo que te importa?

– No es eso lo que yo quiero decir. Dime lo que te he dicho. Llevo a tu hijo y porque tú no lo quieres me estoy librando de él, y todo lo que te pido es que me digas que tú sabes que es tuyo.

– De acuerdo, es mío. Y lamento las molestias.

Al mediodía, encontró a Dolores almorzando en «La Cantina». Dispuesto a irse en seguida, le entregó sus diez billetes de a veinte metidos en un sobre.

– Siéntate un momento -dijo Dolores -. Intenta mostrarte humano.

Teddy se dirigió al mostrador de autoservicio, escogió un bocadillo de atún y una bebida de cola y volvió a la mesa. Allí le dijo que no quería verla otra vez.

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