Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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– ¿Cómo podría ser por falta del marido? Ethel claudicó.

– Naturalmente -dijo-. No podría ser por su culpa. Se acercó un auto. De un verde oliva tristón; el transporte al aeropuerto.

15

En San Diego, Ethel fue escoltada hasta el edificio colonial español, de construcción baja y larga, en donde se alojan las oficinas legales del Mando de Entrenamiento Naval. Encontró a Teddy, que la estaba esperando allí, pero no estuvieron solos ni un momento porque el abogado principal, teniente-comandante Bower, regresó de comer e inmediatamente los introdujo en su oficina, una habitación cuadrada llena de pesados muebles de roble.

– ¡Avaliotis! -Miró severamente a Teddy.- ¿Por qué no viniste a mí meses atrás, a decirme que ella no podía soportar la vida militar, tenía dolores de cabeza por tensión y pesadillas y mareos ocasionales y todas esas desventajas que se supone las mujeres sufren cuando la verdad es que son mucho más sanas que nosotros mismos?

– Porque yo no tenía dolores de cabeza o pesadillas o mareos ocasionales -dijo Ethel-. Lo que tuve una mañana fue un súbito impulso, y me fui.

– ¡Un súbito impulso! -El teniente-comandante Bower miró atentamente a la joven.- Aquí tengo su historial. -Alzó una carpeta.- Demuestra que ibas muy bien. ¿Qué sucedió? Avaliotis, ¿qué sucedió?

– Yo iba bien -dijo Ethel-. Por favor, no culpe a Teddy, señor.

– De todos modos, me temo que el asunto es muy serio ahora. -Se volvió hacia Teddy. – Ella no solamente se ausentó sin permiso, sino que además no regresó por su propia voluntad. Regresó bajo escolta. ¿No tengo razón? Avaliotis, estoy hablando contigo.

– Sí, señor, tiene usted razón, señor.

– De modo que ya no es sólo una cuestión de Ausencia No Autorizada. Es deserción.

Apretó un botón de su despacho. Dolores entró, miró a Ethel, que no conocía, saludó con la cabeza a Teddy, a quien sí conocía, y dijo «sí, señor» a su jefe.

– Llama por teléfono a ese condenado shrink [21] -dijo-. ¿Cómo se llama? Ese que sólo se preocupa del tenis y… ¿Sales todavía con él, Dolores?

– Sí, señor, capitán Cambere, señor.

– Bueno, pues ve. Veamos si consigues que se ponga al teléfono.

Se dirigió otra vez a Teddy.

– En todos estos papeles -dio una palmada en la carpeta de Ethel- no hay ni la más mínima indicación de que ella tuviera intención de regresar. ¿Indicó alguna vez…? ¡Avaliotis, estoy hablándote! ¿Indicó ella alguna vez que pensara hacerlo?

– ¿Por qué no se lo pregunta a ella misma, señor?

– ¿Alguna vez pensó en regresar, mistress Avaliotis, alguna vez?

– No siempre -respondió Ethel.

– ¿Lo ves, Avaliotis? Tendrá que ir ante el mástil del capitán. Tendrá que haber algún castigo efectivo. Te das cuenta, ¿verdad?

– Sí, señor -dijo Avaliotis.

– Si no hacemos un escarmiento, todos aquellos que tuvieran eso que tu mujer ha llamado un súbito impulso desaparecerían y ¿quién cuidaría de los barcos?

Esto le pareció divertido a Ethel y comenzó a reír. El teniente-comandante Bower estuvo observándola.

Se oyó un zumbido. Bower apretó la palanquita de escuchar y todos oyeron a Dolores:

– El capitán Cambere está jugando al tenis, señor.

– Bueno, ya veis cómo va -dijo Bower-. No estamos precisamente en una base de batalla, ¿eh?

Presionó el botón de hablar.

– Envía alguien a la pista de tenis y que tu amiguito venga al teléfono inmediatamente. -Soltó el botón. – Les dije que no instalaran pistas de tenis en la base -explicó.

Miró entonces por la ventana y suspiró.

– Sí, me temo que habrá que hacer demostración de alguna especie de fuerza. Avaliotis, estoy hablando contigo. Tu esposa, es amable, o así lo parece; ingenua, o eso parece; a lo mejor sólo es simplemente tonta. No puedo estar seguro, ¿puedes tú? Pero tenemos un hecho muy claro. Es una desertora. No sé de qué podría servir encerrarla pero… ¿La convertiría eso en un buen miembro de la Marina? Avaliotis, ¡respóndeme!

– Ella seguiría siendo como es -dijo Teddy-, a pesar de lo que le hicieran.

– Bueno, ¿qué es lo que podemos hacer, Avaliotis? No quiero ponerte en un compromiso, pero tú eres su marido y, en cierto modo, tú tienes que asumir la responsabilidad…

– No, señor -dijo Ethel-, él no es responsable. No es responsable de ninguna de mis acciones. Yo soy enteramente responsable de cada una y de todas las tonterías que cometa.

Dolores sacó la cabeza por la puerta.

– El capitán Cambere en la cinco siete cinco -dijo.

– ¿Dónde demonios estaba usted? No me mienta porque lo sé. Todavía no se ha liberado del servicio, ¿no es así? ¿Otra semana? Bueno, pues saquémosle jugo al dinero que nos cuesta. Le mando una mujer blanca, la Seanian Apprentice Avaliotis. ¿Qué? Me importa un bledo su jugada final de desempate. ¿Qué? ¡Deserción! De esto se trata. ¡Y ahora no se limite a escribir el nombre de la mujer a la cabecera de ese informe idéntico que ha estado mandándome las últimas diez veces! «Esta persona no es apta para la Marina EE.UU. y etcétera… firmado, Capitán no-sé-qué-nombre Cambere.» Quiero un informe genuino de la personalidad de esta mujer. Porque no puedo entenderla. ¿Cuándo? Ahora. Mire frente a su puerta: ella está allí.

El capitán Cambere llevaba su atuendo de tenis y una toalla alrededor del pescuezo, sudaba todavía y estaba de mal humor. No se levantó cuando hicieron entrar a Ethel.

– ¿Es que su caso es de especial urgencia? -preguntó.

– No, que yo sepa -respondió Ethel.

– ¿Y eso qué significa, si es tan amable?

– Su jefe parece tener prisa.

– Francamente, no me importa. Voy a quedarme quieto, sentado hasta que deje de sudar. Coja una revista; ahí en el rincón encontrará algunas.

Se sacó las zapatillas de tenis e hizo rodar su sillón de modo que diera la espalda a Ethel y puso los pies calzados con los gruesos calcetines blancos en el antepecho de la ventana deslizando la palma de su mano por encima el suave vello que le cubría la pantorrilla. Seguidamente encendió un cigarro largo y delgado, dejando correr la llamita de la cerilla por toda la longitud antes de aplicarlo al extremo. Se comportaba como si Ethel no estuviera en aquella habitación.

Tras unos momentos de silencio y humo, dio la vuelta a su sillón y pulsó el botón que abría el intercomunicador.

– Di a Bobby Frost -le dijo a la chica de la otra habitación- que regresaré dentro de diez minutos y… ¿Qué? ¿Dónde está? Marian, ¿querrás pensar un poco antes de hacer una pregunta? Está en la pista de tenis, la que yo acabo de dejar y lo que quiero que le digas es que con toda seguridad yo voy a jugar el tercer set si él se queda ahí hasta que yo regrese, que será dentro de diez minutos. ¿Lo has entendido ahora? ¿En la pista de tenis?

Cuando alzó la cabeza se dio cuenta de que Ethel estaba observándolo.

– ¿Juega usted al tenis? -preguntó.

– Yo no practico ningún juego.

– Entonces no puede usted tener ni la más mínima idea, ¿no es así?, de lo que significa conseguir poner a un oponente en un aprieto, especialmente un hombre que se ha estado intentando vencer durante meses, y verse obligado, en aquel momento, a salir de la pista abandonando una victoria que ya se estaba paladeando.

– Y lo que es peor todavía -dijo Ethel-, que la razón sea examinar a una pequeña idiota a quien se le ha ocurrido desertar de la Marina de los Estados Unidos.

– ¡Qué!

– No le culpo por estar enfadado.

El capitán Cambere no supo distinguir si Ethel estaba burlándose.

Hasta que añadió:

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