Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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Era una vieja embarcación esponjera, de curva amplia y bellas líneas, meciéndose en el agua. Petros la había hecho arreglar para que le sirviera de alojamiento.

– Aquí abajo no se permite ninguna mujer -dijo mostrándole algunas fotografías en las paredes de la cabina-. Ese es mi padre; y allí, mi madre. Aquí hay toda la familia Kalkanis, algunos muertos ahora. Yo en América. Ellos, Kalymnos.

Petros detenía a Teddy frente a cada una de las fotografías, explicándole con auténtica devoción quiénes eran aquellas personas que formaban parte de su vida.

Teddy estaba impresionado; a su pesar, ese hombre le gustaba.

– Mis hermanas -señaló Petros-. Dos casadas, okey, una todavía no. Próximo año mando ajuar, y mi problema termina ahí.

– ¿Entonces te casarás tú?

– Pero no con americana, créeme. Estas mujeres de aquí, desgracia, vergüenza. Hola, les dices. Y media hora después te cuentan que sus maridos no saben cómo follar.

Teddy se aventuró.

– Sin embargo, mi mujer… ¿qué dices de ella?

– Te diré la verdad, igual que todas. Quiero decir, mimada. Pero estoy intentando enseñarle cómo ha de ser, ¿de acuerdo?

– ¿Por qué la contrataste? La verdad.

– Pensé que me gustaría gameeso… ¿sabes? -Cerró el puño de su mano izquierda y golpeó el extremo contra la palma abierta de su mano derecha. – Todavía no te había conocido. No tenía idea de que se hubiese casado con un griego. Ahora ya podría despedirla, y coger buena secretaria.

– ¿Sabes?, realmente tienes una gran desfachatez.

– Un griego normal.

– Yo era como tú antes de ingresar en la Marina. Pero el servicio te pule todo eso. Empiezas a seguir las normas, vas con cuidado al hablar, y todo el resto.

– No te preocupes, yo no hago esa faena a esposa de compañero griego.

– ¿Crees que puedes hacerlo a cualquiera que te plazca?

– Sin comentario. Sé que parezco animal. Pero la mujer no se preocupa de aspecto. La gente ríe de mi nariz, como asa de cántaro, dicen, orejas como perro cazador, colgante. Pero mi mujer, cuando la escoja, mirará a los hombres de aquí y dirá: «¿Dónde tienen la nariz, por el amor de Dios? Muéstrame un hombre con una nariz bonita como la de mi marido. ¡Y orejas! ¡Nadie tiene unas orejas tan grandes!»

– Dime una cosa más: ¿dónde piensas encontrar a esa esposa perfecta?

– Cosa principal, sin prisa. Primero tengo que ser hombre rico. En este país, si no se tiene dinero, se es, como tu padre me llamó, skoopeethi. Entretanto, busco.

– ¿Vas a Grecia y buscas?

– Tengo a mis tíos Vassili y Spiro allí. Vigilan las escuelas de Kalymnos. Ahora ella puede tener nueve, diez, once. Mirad esa edad, les digo. Y no muy bonita: las chicas bellas traen problemas. Cuando sea doce, voy a su padre, hago contrato. A los dieciséis casamiento. Sus piernas nunca se habrán abierto excepto para hacer pis. Todo lo aprenderá de mí. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Cuatro hijos. No tendrá tiempo de tener ideas. Entonces ella tiene su trabajo. No da problemas. Cada vez que sale de casa ha de tener visto bueno mío. Si quiere periódicos ha de explicarme qué es lo que quiere leer. Tu esposa, lee, lee, lee. ¿Qué va a ser, profesora? Dile que pare. Se pondrá enferma, créeme. Aprende ideas equivocadas. Tu esposa, amigo mío, no entiendo lo que quiere. ¿Lo sabes tú?

– Ya no. Antes sí lo sabía. Así lo creí.

– Yo lo descubriré, y te lo diré.

Ethel y Teddy decidieron estrenar el apartamento, y no ir al Norte aquella noche. Teddy llamó a su padre por teléfono y creó la impresión de que él y Ethel estaban en algún pequeño rincón, disfrutando de una segunda luna de miel. El viejo le dio de buen grado la bendición.

Al día siguiente, Teddy acompañó a Ethel a la dársena. Petros hacía resonar el lugar, un auténtico garrote humano, audible desde cualquier punto.

– No me has dicho lo que pensaste de mi jefe -dijo Ethel.

– Me gustó. Pero, ¿por qué dice las cosas dos veces?

– ¿Qué es lo que hace dos veces?

– Dice las cosas. Paradiso! Paradiso! Dos veces. Con una vez basta. ¿Por qué insistir tanto? ¿Qué es lo que le hace tan ansioso?

– ¿Tú crees que es ansioso?

– Se pasó media hora convenciéndome de que sabe muy bien cómo manejar a las mujeres y que… fíjate bien, el hombre me gustó… que yo no sé. A lo mejor es porque ese hombre es tan espectacularmente feo.

– Sí que es feo, es verdad. Una cosa agradable de él es el afecto que siente por su familia. ¿Te llevó a su embarcación?

– Me dijo que no permitía que fuesen allí las mujeres.

– Cada mañana le llevo el correo allí.

– ¿Estás intentando ponerme celoso? Mira, ahí viene.

– No sabía que yo pudiera… ponerte celoso.

– Pues tranquila. Puedes. ¿A quién está dándole ahora, de todos modos?

– Nunca lo he visto con una chica. Me han dicho que a los griegos os gustan los burdeles.

– ¡Jamás en mi vida he tenido que pagar para eso!

– Patrioti! -vociferó Petros-. ¡Eh! Jovenzuelo, ven aquí, trabaja conmigo y tu mujer, te haré rico, ¿qué dices?

– Haz rica a mi mujer únicamente. Viviré de ella.

– ¿Vas a ir al Norte? -le preguntó Ethel.

– Aún no me he decidido.

– Si quieres ir, toma mi auto -le dijo ella.

Teddy decidió no ir a Mangrove Still. Justo antes de las seis fue a la dársena y encontró a Ethel en una fiesta de coctel en la cubierta del yate de míster Roth. Petros le hizo una seña con la mano para que subiera a bordo, pero Teddy mantuvo su distancia hasta que Ethel se excusó y se reunió con él. La siguieron unas risas; Ethel había hecho amigos.

– Me he quedado por aquí -le dijo Teddy más tarde- porque maldita sea si sé cómo decirle al viejo lo que tú has hecho. No puedo fingir que te he dado permiso para que alquilaras este apartamento.

– Supongo que tendrás que decírselo y esperar la tormenta.

– He pensado que esperaría hasta que podamos ir juntos y a lo mejor tú se lo dices, y yo a tu lado de comparsa. Si mi padre lo acepta de alguien, será de ti. A mí únicamente me dará cuatro gritos por no haberte sabido controlar.

Teddy también se quedó al día siguiente. Vio una película, volvió al apartamento, leyó las revistas viejas que había dejado el antiguo inquilino, se fue a ver otra película, volvió a casa y esperó a que el miembro trabajador de la familia regresara a casa.

La llevó a cenar.

– Sólo me quedan dos noches, y después tendré que regresar en avión al Oeste. ¿Qué vas a hacer si papá pone el grito en el cielo?

– Me esconderé -dijo Ethel-. Francamente, Teddy, hubiera preferido que se lo dijeras tú: era lo más adecuado. Quiero decir, muéstrate duro con él. ¿No hay un límite hasta donde podamos llegar en lo que él considera adecuado? Yo no voy a conducir casi doscientos kilómetros cada día, eso es bien seguro.

– ¿Sabes que él espera que en cualquier momento te quedes encinta?

– Para decirte la verdad, ya he dejado de confiar en eso. Pero si quedo, con tanta mayor razón.

La tercera noche, Teddy la sorprendió, al anunciar que él prepararía la cena. Hamburguesas y cebolla sacadas del congelador. Ethel le dijo que pediría a uno de los negros que trabajaban en la dársena que la acompañara a casa en auto para que Teddy pudiera quedarse junto a su hornillo encendido. Ethel se sintió lisonjeada por ello.

Cuando Teddy oyó que se acercaba un auto, miró por la ventana y vio que era Petros el que la había traído a casa. Los dos permanecieron sentados en el coche durante unos diez minutos mientras Teddy vigilaba y esperaba.

– ¿De qué demonios estabais los dos hablando mientras mi cena se estropeaba? -gruñó, sólo medio en broma-. Ya son las siete.

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