Elia Kazan - Actos De Amor
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– Quizá sea que usted ha dejado de creer que él pueda ayudarla. Y él, que usted pueda ayudarlo.
– Sí, eso es. Pero es más físico, ¿sabe?
Súbitamente Ethel giró la cabeza en dirección de la puerta.
– ¿Qué es? -preguntó él.
– Me ha parecido oír a alguien ahí fuera.
– Nuestra puerta está cerrada.
– Tengo que irme. -Ethel se dirigió a la puerta. – Ahora ya puede usted ducharse. Ha de estar usted bien y flexible. -Se echó a reír mientras le cogía de las manos el bolso que él sostenía.
– Me preocupa usted -le dijo él mientras ella tiraba lentamente del bolso que sujetaban las manos del capitán.
– Oh, no se preocupe. Una cosa únicamente: me ha dicho antes que tiene alguna idea de lo que me impide hablar con mi marido… ¿Y también a la inversa?
– Cuando un ídolo cae, eso no se perdona. Sólo hay una manera en que pueda descubrir lo que usted siente por él… ¿Cuál es el problema?, ésa es la cuestión.
– ¿Cómo lo descubro?
– Empújelo hasta que queme y siga empujando hasta que estalle. O que no estalle.
– Muy bien, voy a intentarlo. -Se detuvieron junto a la puerta y se quedaron allí, sin hablar y sin mirarse.
– Me ha ayudado usted mucho -dijo Ethel.
– Podría ayudarla mucho más. -La mano del capitán estaba en la manecilla de la puerta.
Ella se volvió y le miró directamente y con decisión. Cuando él se inclinó hacia ella, ella alzó la mano, deteniéndole.
– No haga eso -le dijo.
– ¿Hacer el qué?
– Lo que iba a hacer.
El capitán le tomó la mano y la retuvo simplemente entre las suyas. Ethel le permitió retener su mano quizás un instante más de lo que resultaba apropiado.
Repentinamente, el capitán abrió la puerta. Había oído a alguien.
En la sala de espera en penumbra había un hombre sentado.
– Oh -dijo Ethel-. Es mi marido.
Vio entonces un letrerito que había sido colgado del tirador de la puerta. CONSULTA EN CURSO, NO MOLESTEN. La secretaria del capitán Cambere debió de colocarlo antes de marcharse de la oficina.
El capitán Cambere estrechó la mano de Teddy, pero, más tarde, no hubiera sido capaz de describir el aspecto del joven.
Tan pronto como ellos se fueron, el capitán cerró la puerta y se sirvió una bebida. Después del segundo trago marcó el número de la oficina del comandante.
– ¿Tiene ese muchacho alguna idea -preguntó al teniente-comandante Bower- de lo que le pasa a esa chica?
– ¿Por qué crees que te la mandé? Bueno, ¿cuál es tu veredicto?
– Me gusta la chica. Además, es una de esas chicas americanas absorbentes, que hacen el amor como gatitas. Lo siento por ese hombre. Dime, ¿queréis que siga en la Marina o no?
– Si él no es el tipo de persona que buscamos, ¿quién lo es?
– Si queréis conservarlo entero, separadlos. Sólo que, cuando ella se vaya, no debe llevarse las entrañas del marido con ella. Es mejor hablar con él, armarlo con alguna especie de protección psicológica. Porque el hacha puede caer en cualquier minuto.
La técnica de Cambere para entrevistar a los hombres, era menos profunda, menos íntima. Cuando acabó con Teddy, el capitán llamó a su superior y le informó de que tenía razón.
– Avaliotis posee inteligencia e imaginación, con las limitaciones precisas -dijo -. Hasta posee algo de firmeza que ahora está endureciendo. Es material perfecto para la Marina de los Estados Unidos.
– Es vergonzante hablar en estos términos de una persona.
– No tenía ninguna intención de hacerlo como un cumplido.
– ¿Qué le contaste a ese maldito shrink ? [22] -Teddy exigió aquella noche a Ethel. No había podido disfrutar de su cena. – ¿Le has contado que teníamos algún problema entre nosotros?
– ¿No es así?
– Yo no lo tengo.
– Tú también. En alguna parte ahí dentro -Ethel tocó el pecho de Teddy- de la que tú no me hablas, Teddy.
– No me gusta que andes contando a los extraños lo que sucede entre nosotros -interrumpió Teddy.
– Es un psicólogo.
– No me importa lo que sea. No es asunto suyo.
– A lo mejor puede ayudarme.
– ¿Necesitas ayuda?
– Urgentemente. ¡Al rescate, rápido! Y tú también.
– ¿Le has dado la impresión de que pensabas abandonarme?
– ¿Es que él ha dicho que yo pensara hacer eso?
– Lo dedujo de lo que le dijiste.
– He pensado en ello, ¿tú no? ¿No has considerado la posibilidad de dejarme?
– Seriamente, nunca.
– Lo has hecho muchas veces. Y también seriamente.
– ¿Cómo demonios vas tú a saber lo que yo pienso?
– Porque es normal. Todo el mundo tiene los mismos pensamientos. Pero tú no quieres enterarte de lo que estás pensando. Has cortado la comunicación con tu interior. Oye, Teddy. No me rechaces… escúchame. Sea lo que fuere que pienses, ahora todo es admisible. Y también lo que hagas. Si encuentras alguien que pueda ayudarte de verdad, no dudes. El barco se está hundiendo. Ha llegado el momento de sálvese-quien-pueda.
Estaban tumbados en la cama, uno al lado del otro, sobre la espalda, perfectamente quietos.
– ¿Cómo pudo ayudarte? -preguntó Teddy.
– Me dijo que no continuara tratando de resolver mis problemas a través de las otras personas.
– ¿Y eso te ayudó? ¿Esa idea?
– Muchísimo, Teddy.
– ¿Cualquier persona?
– Todas las demás personas. Ahora estoy sola. Y me gusta.
– ¿Y para qué estoy yo?
– Para ti mismo.
No fue un consejo de guerra, aunque se llamó así pro forma; fue un examen de testigos. Se establecieron los hechos y Ethel confirmó que eran exactos. El juez rechazó la deliberación. Entonces se desalojó la habitación, llena de pesados muebles de arce y el juez, un capitán de suministros, se encaró con Ethel.
– No me queda alternativa -dijo.
Teddy no estaba presente; aquel día trabajó duramente.
Cuando llegó a casa Ethel le había preparado una bebida y tenía la cena lista en el fogón. Ethel le dijo el resultado del juicio: treinta días confinada en el cuartel, pérdida de la paga de un mes, y degradación.
– Pero no me podían degradar mucho -dijo-. He vuelto al fondo. Recluta seaman E-Uno. Permiso especial para ir a casa.
Rieron juntos. Ambos se sentían aliviados.
– Se mostraron muy generosos -dijo Teddy- incluso en dejarte venir a casa.
– Sí, lo fueron. Estoy en desgracia, pero soy feliz. Y ellos también. Quiero decir felices, no desgraciados. Se han librado de mí.
– ¿Y ahora qué?
– Estoy confinada en alojamiento, que espero sea aquí. Hasta que el comandante tome su decisión final. El comandante Bower ha hecho una recomendación basada en el informe de Adrián.
– ¿Quién es Adrián?
– El shrink, el capitán Cambere. Los presionó para que me expulsaran porque tú eres valor activo. ¡Para protegerte, la Marina debía desprenderse de mí! ¡Es listo, ese Adrián! Dúchate… anda, aligera. Sacaré la cena.
– ¿Y ahora qué vamos a hacer? -preguntó Teddy, de pie en la puerta del cuarto de baño mientras se secaba con la toalla.
– Yo voy a volver a casa -dijo Ethel. Tenía las manos dentro de los floreados guantes de cocina que habían comprado cuando guarnecieron la casa hacía tanto tiempo ya.
– ¿Y dónde está tu casa? -preguntó Teddy, como había preguntado antes.
– En Florida.
Teddy no reaccionó; es decir, reaccionó, pero lo disimuló. Volvió al cuarto de baño, colgó la toalla y lentamente, pensativo, se puso un albornoz azul.
Estaba intentando decidir si realmente necesitaba a Ethel, y si era así, hasta dónde llegaría para retenerla.
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