Elia Kazan - Actos De Amor
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– Debías haber visto su rostro cuando me lo decía. Yo pensaba: ¡Oh, Dios mío, todos mis sueños se han realizado! Estoy hablando de mis sueños sexuales. Realmente, Teddy es fabuloso o ¿lo has olvidado ya? Es lo que yo siempre he necesitado. Pero no parece importarle mucho. ¿No crees?
– Algunas veces. Y dime, ¿te pidió que te casaras con él?
– Muchas veces. Yo solía practicar con mi nuevo nombre. Cómo iba a ser. Dolores Avaliotis. Sonaba bien.
– ¿También él lo creía así? ¿Le gustaba a él cómo sonaba?
– El me dejaba hablar y pronunciarlo. Tú no le gustas realmente, ya lo sabes.
Ethel no respondió, si es que eso era una pregunta.
– Y cuanto te quedaste embarazada -dijo -, la criatura que abortaste… ¿era de él?
– Pudo haber sido. Pero, ¿quién sabe? Cuando volviste la segunda vez y os vi paseando por ahí juntos, cogidos de la mano, aquello no se parecía en nada a lo que él me había contado. Pensé que era un mentiroso.
– Probablemente Teddy sentía de distinto modo en diferentes ocasiones.
– De modo que me harté y me fui con otros hombres… bueno, tu amiguito Adrián Cambere uno de ellos; ése se va con todas. -Se echó a reír. – Hasta lo hice con mi jefe una tarde.
– Pero tú le hiciste pagar a Teddy para el aborto.
– Todos pagaron.
– ¿Se repartió entre todos?
– No, todos pagaron.
– ¿Cada uno de ellos pagó?
– Toda la factura.
– Sacaste mucho dinero de ese negocio.
– Tres veces doscientos. Nunca se tiene demasiado dinero, ¿sabes?
– ¿Y cómo te las arreglaste?
– Les entra diarrea cuando les dices que te han dejado embarazada. Te entregan el dinero y echan a correr. Hubiera podido conseguir mucho más.
– ¿Quién era el tercero, repítelo?
– Mi jefe. El comandante Bower. Tardó exactamente dos minutos.
– ¿En pagar?
– En hacerlo.
– ¿Y no te remuerde la conciencia?
– ¡Remordimientos! Tienes alguna idea… naturalmente no; Teddy me dijo que tú naciste rica…, pero, de todos modos, ¿tienes tú una pequeña idea de lo que pueden hacerte cuando no dispones de dinero en el Banco?
– ¿Quién hace el qué a quién?
– ¡Los hombres! ¡A nosotras! El dinero, queridita, es la libertad. Sin dinero no eres nada. Yo tengo también unos bonitos pechos, así me lo dicen. Pero, ¿cuánto tardaré en tenerlos caídos? Oh, ¡la mierda! Para esto has venido de tan lejos… ¿para oír todo esto? Podías haberlo adivinado.
– Me hace bien haberlo oído. De ti. Gracias. No me gustas, pero te agradezco que me hayas hablado como lo has hecho.
Esta conversación convenció a Ethel. Su instinto no se había equivocado. Teddy era estéril.
La noche con Adrián fue un desastre.
A Ethel le gustó el cuerpo de Adrián, compacto, con músculos agradablemente redondeados y libre de pelo espeso. Pero Adrián se mostró inesperadamente ansioso. Durante todo el rato estuvo haciendo incesantes recomendaciones y dando instrucciones que se traducían por ansiosas demandas de apreciación.
– ¿Te gusta así? -preguntaba Adrián-. ¿Te gusta de esta manera, nena? Dímelo -decía-. ¿Aquí? ¡Eh! ¡Dime algo! Dime qué es lo que quieres.
Pero cuando ella hizo al revés, dando rienda suelta a sus exhortaciones, sucedió lo que esperaba: Adrián se puso blando. Tan pronto como ella guardó silencio, él se lanzó de nuevo. Ethel, esa vez, se sintió contenta de ser mujer. Había una ansiedad -la ansiedad del que actuaba- por la que ella no tenía que pasar.
– ¡Oh, te gusta eso! ¡Bueno! -Y el hombre sondeaba y sondeaba. – ¿Vas a venir sobre tu papaíto? ¿Eh? ¡Di algo! ¿Qué es lo que pasa? ¿No vienes todavía?
Ethel se sintió aliviada cuando todo hubo terminado. Seguía deseando tener una charla con él.
Pero él se durmió. Inmediatamente. Igual que Teddy.
– ¡Eh! No te duermas. -Ethel le sacudió. – Quiero hablar contigo.
– ¿Sobre qué? -murmuró Adrián.
– No me has respondido todavía a una pregunta. Cuando se ha comenzado a fingir, ¿se puede sentir alguna vez de nuevo?
– Cuando lo descubras -dijo Adrián-, dímelo. Ahora, quieres ponerte a dormir, por el amor de Dios… Mañana me espera un día de mucho trabajo.
Pero Ethel no pudo dormir. Por una parte, Adrián roncaba, y esto la mantenía despierta. Pero, principalmente, fue porque se sentía inquieta, insatisfecha. No quería despertarlo otra vez, de modo que se fue al otro cuarto, al que Adrián usaba para las consultas, y se masturbó.
Aquella noche Ethel tuvo un sueño sexual. Envolvía a Costa y fue muy gráfico. A la mañana siguiente Ethel estaba horrorizada, pero por la noche lo había aceptado. Había sido especialmente consciente del olor particularmente distintivo de Costa. Seguía afectándola cuando lo recordaba.
Adrián estaba muy animado por la mañana, preparando café, y trayéndolo a la cama.
– Como en las películas -le dijo.
Entretanto continuó con la charla que había iniciado en el momento de despertarse.
– Lo que atrae a los hombres de las mujeres, no tiene nada que ver con su aspecto -dijo. Y en su voz no había ninguna vacilación.
– ¿Qué es entonces?
– El poder.
– ¿Qué clase de poder? -preguntó la alumna sumisa.
– Cualquier poder. -Señaló a los lugares.- Cabeza, puño, tallo, bolsa.
– ¿Qué clase de poder es el tuyo Adrián?
– Todos excepto el último. -Se dio otra palmada en el bolsillo. – A propósito, ¡tú puedes ayudarme! -Lo anunció como si fuese él el que iba a hacerle un favor a ella, y no a pedirle su ayuda. – Estoy escribiendo un libro -dijo-; ya está bastante adelantado, y hay un capítulo en el que encuentro obstáculos, no en cuanto a conceptos, sino en el detalle. El punto que estoy tratando de poner de relieve es que el instante más saturado de las características básicas de cada individuo masculino es el instante del orgasmo. En ese momento es cuando se revela en toda su autenticidad. Quedan expuestas sus cualidades ocultas. Lo esencial toma el lugar de lo acostumbrado. ¿Qué opinas tú?
– Tú has de saberlo mejor que yo.
– Esa es una respuesta evasiva. Necesito corroboración. Obviamente, tú has estado con un montón de hombres…
– ¿Qué quiere decir, obviamente?
– Obviamente significa claramente. Me gustaría que me describieras la conducta orgásmica de los hombres que tú has… – Cogió un bloc y un lápiz.
– No ha habido tantos, y además, no lo recuerdo.
– ¿Por qué no quieres ayudarme? ¿Estás enfadada conmigo?
– Naturalmente que no. No creo que la mayoría de la gente esté vigilándose en esos momentos. Excepto tú.
– ¡Excelente! Comienza conmigo.
– Tú tienes una libreta y un lápiz al lado de la cama.
– Continúa.
– Por eso tus manos están frías.
– ¡Frías!
– Bueno, frescas. ¿De acuerdo?
– ¡Nada de acuerdo! Obviamente… tú estás enojada conmigo. Y no puedo imaginar por qué. Olvídalo. Ahora he de apresurarme. ¿Estarás aquí esta noche?
– No. Ya me habré marchado.
En la puerta tuvieron una escena conmovedora.
– ¿Tomas la pildora? -le preguntó él mientras le enseñaba cómo debía preparar el pestillo para que se cerrara al marchar ella.
– Ya no la uso -respondió Ethel-. Hace aumentar el peso. ¿Es así para poder cerrar?
– Sí. Bien. Entonces, qué… ¿qué usas ahora?
– Nada. Bueno, muchas gracias, ya nos veremos.
– ¡Nada! ¡Debías habérmelo dicho!
– Por otra parte, es un momento extraño para hacer esa pregunta.
– ¡Jesucristo!
– Parece que vas a ser otra vez padre. Dolores me habló del aborto.
– Bueno, pues no voy a pagar para más abortos. No me busques si necesitas dinero.
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