Claudia Amengual - Mas Que Una Sombra

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"Era martes, las ocho y veinte de la mañana del día de su muerte. Tadeo se debatía entre un ánimo ambiguo que lo llevaba de una nostalgia prematura a un entusiasmo juvenil. No era alegría, más bien se sentía triste, pero al menos lo alentaba saber que sería un día distinto, con un propósito que lo conduciría a algo, y le daría un estatus definitivo por el cual ya no tendría que pelear más, ni probarse, ni medirse, ni temer otras codicias."
"Sería un muerto a partir de las diez de la noche y lo sería para siempre. Pensar en eso le produciría una cierta paz, como la vecindad de unas vacaciones largamente añoradas. Tadeo sólo quería descansar".

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Disfrutaba de esta vida, que para él no era doble sino una vida completa, y lo hacía con cuidado, es decir, corría los mínimos riesgos para evitarse problemas. Con las otras era claro desde el principio, brutalmente sincero, incluso con aquellas que parecían suplicar que les mintiera para alentar alguna mínima esperanza. Pero ésas eran las reglas de su juego: cama y cariño, quizás un poco de afinidad y mucha risa; nada más que eso. Luego volvía a la seguridad de su casa, con su mujer y su hijo, el lugar donde quería dormir cada noche, aunque a la mañana siguiente despertara pensando en llamar a la historia de turno. Creía que tenía el juego bajo control, pero era lógico que Laura notara los cambios: el exceso de cuidado en su persona, las llegadas tarde, las excusas absurdas, algún perfume imprudente pegado a la ropa.

Ella jamás dijo una palabra, ni siquiera cuando encontró aquel envoltorio de condón olvidado en el bolsillo de una camisa. Tadeo sabía que ella lo había visto porque allí lo puso después de una escaramuza en lo de una mujer que odiaba que dejara esas cosas tiradas. Él las guardaba y las arrojaba en cualquier tacho de basura camino a casa. Pero esa vez olvidó el envoltorio y lo recordó de improviso durante la cena cuando notó a Laura más callada que una tumba. Cenaron en silencio y él esperó que se durmiera para meterse en la cama. La camisa apareció en su estante perfectamente planchada y oliendo a jabón en polvo, y todo quedó en la nebulosa de los reproches futuros a donde van a parar las cosas que no se dicen en su momento y que una a una alimentan ese rencor continuo que tarde o temprano explota.

Laura adoraba a César y adoraba aquel mundo que tenían. Tadeo era parte de ese mundo; sin él, no funcionaba. Pero, además, era una mujer con un orgullo de acero, un orgullo que era mucho más que simple dignidad y que no le permitía aceptar que estaba siendo engañada, aunque por dentro se le quebrara el alma en mil pedazos. Ella, que había sido combatiente de tantas batallas y que había de hecho de la honestidad una actitud, se doblegaba ante el peso de una realidad que la desbordaba. De haber aceptado los hechos, se habría mandado mudar con su hijo, pero aguantó y fue tapando su humillación con trabajo, con planes para las vacaciones, con una casa impecable, con una maternidad ejemplar, con una respuesta solícita en la cama, donde se deshacía por ser la mejor de las amantes. Y Tadeo se sentía el tipo más afortunado de la creación por tener a semejante mujer como esposa y a las que quisiera como repuesto.

Tuvieron varias crisis, pero las sortearon a fuerza de diálogo, de poner voluntad y ceder alternativamente; fueron negociando su relación, reinventándola cada día, convencidos de que lo máximo a lo que podían aspirar era a una convivencia razonable que les permitiera el espejismo de una familia unida en la que César podría ir creciendo y ellos inmolando su felicidad a costa de ponerse a salvo de la culpa.

Laura soportó con estoicismo las depresiones en las que Tadeo caía y sus estallidos de euforia; también sus veleidades de escritor y las sucesivas frustraciones cada vez que regresaba a casa con los textos rechazados. Soportó las reuniones de amigos y las escapadas sin día fijo; soportó los sueldos bajos, las promesas que nunca le cumplió, la inestabilidad laboral que lo llevó de un trabajo a otro. Pero hacía un tiempo, justo en medio de la crisis, cuando el país era una olla a presión a punto de reventar, Tadeo tuvo que contarle que había perdido el trabajo y que los ahorros se habían ido por el resumidero de su ineptitud. Laura aguantó todavía un poco más, lo suficiente como para que una noche, cuando llegaba agotada del liceo después de tomar exámenes, él tuviera la poca sabiduría de increparle que no había nada en la heladera.

– ¿Y por qué no te ocupás vos?

– Porque siempre lo hiciste vos, ¿no? O resulta que porque ahora estoy sin trabajo… Vos lo hacés para que me sienta mal, Laura, pero esto va a pasar, ¿entendés? Y te voy a devolver hasta el último peso.

– Estás loco -le dijo y enfiló hacia el baño, pero él la tomó del brazo y la obligó a mirarlo.

– ¡Hasta el último peso, hasta el último peso! -le gritaba y sentía la ambigüedad de querer lastimarla y protegerla a la vez.

Así de simple, con esas pocas palabras se colmó el vaso lleno desde hacía tanto tiempo. Laura se soltó con los ojos empañados, gritó que no aguantaba más y cerró aquella vida con un portazo. Hacía de eso un año y él todavía la extrañaba.

Tadeo nunca era tan él como cuando ponía sus pensamientos en palabras. Todo lo importante dicho en su vida había sido por escrito. Desde niño, cuando dejaba pequeñas notas bajo las almohadas o en el estuche de afeitar de su padre, supo que la lengua se le paralizaba mucho antes que los dedos y que las ideas se le organizaban mejor ante la calma piadosa de la escritura. Hablando podía ser de una torpeza inigualable. Se ponía colorado; las muelas faltantes se le volvían demasiado obvias y sospechaba que su interlocutor no hacía otra cosa que reparar en ellas, como si desde el fondo oscuro se trasladaran hasta el frente de su boca y dejaran un ojo de huracán que se chupaba las palabras en lugar de escupirlas. Se sentía un mimo absurdo, un pez que boqueaba en la arena, el séptimo enano tonto, y apenas lograba una voz quebrada que no era el hilo enhebrador de ideas, sino la articulación frágil de unos soniditos tartamudeados que pedían permiso para dejarse oír y nunca encontraban la palabra justa.

Ese martes pensó que su carta fluiría con facilidad, incluso con belleza, y que no habría forma más justa de asentar lo que estaba sintiendo y cómo quería que se entendiera su muerte. Quizá, si no se hubiera demorado en la página de Horacio, si hubiera ido directamente a lo suyo sin bajar la intensidad de sus emociones pasándolas por el filtro de las emociones ajenas, habría podido escribir lo que estaba rumiando desde el alba. Pero Horacio se descolgó con aquel anuncio fuera de tiempo, un cambio de planes que no sólo lo sorprendió sino que se parecía mucho a una estafa: iba a adelantar su muerte. Hasta ese día, las reglas del juego habían sido claras y Tadeo le agradecía la honestidad, incluso cuando respondía con insultos a los mensajes que otros le dejaban, ofendiéndolo con buenas intenciones pero malos argumentos que herían su inteligencia y terminaban siendo una bofetada al dolor. Justo ese día, cuando Tadeo buscaba por última vez su lejana compañía, Horacio viraba de improviso y lo dejaba desconcertado y al garete. Después de todo, era un malcriado, como tantos le endilgaban en sus mensajes; que había montado un berrinche de nenedepapá, y que había estado todo ese tiempo riéndose de quienes lo seguían desde el morbo o la admiración. Tadeo empezaba a creer que lo único que los había unido era el amor por la poesía y que, mientras él daba las últimas puntadas para cerrar la cicatriz de su vida, Horacio había estado burlándose desde el anonimato de la virtualidad.

Eso pensaba Tadeo mientras abría Word y dejaba abajo la ventanita de Perdón por la letra; cada tanto volvía a ella, la elevaba por encima de la pantalla en blanco, releía para buscar dónde estaba la burla, dónde la mentira. Y la reducía otra vez al margen gris, una paginita desvalorizada de la que, sin embargo, no podía desprenderse.

Desplegaba las velas blancas de su documento y sentía por primera vez aquella angustia de la que tantos escritores hablan y que él siempre había combatido escribiendo algo, cualquier cosa, no importaba qué.

Tadeo necesitaba escribir su carta de despedida, pero la ventanita de Horacio era una serpiente que lo encantaba desde el fondo de la pantalla para perderlo en otros devaneos de la mente, mezcla de indignación y pena por aquel muchacho que también era él. Los dos, uno; cada cual a su manera, muriendo. Escribía “Queridos todos”, y no era eso lo que decía su corazón. “Laura, César, Alma”, tampoco. Verdad era que le importaba dejar una carta digna, que justificara sus pretensiones de escritor; una carta breve, elocuente y bella, elegante en su sencillez. No sería esta vez; las palabras no llegarían nunca. Ése era su miedo y su desafío perdido, el peor castigo, el de todo escritor que sabe lo que quiere, pero no puede encontrarlo. En el cuaderno que dejaba a mano junto a la computadora, donde ponía aquello que necesitaba ver en tinta, dibujado sobre el papel como un plano de sus ideas, algo más carnal que la virtualidad de la pantalla, garabateó: “Hasta aquí”. Y se desplomó vencido porque esta nueva imposibilidad suya no hacía más que recordarle como un mazazo sobre el yunque que también como escritor era un fracasado. Tadeo iba apagando sus conexiones con el mundo y se convertía en un ser que sólo tenía ante sí una posibilidad, un pintor de algún cuadro a medio terminar, con su pincel alzado y un único color, el único color en la paleta.

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