Abrió la heladera, pero sólo encontró un resto de queso viejo, una botella con agua mineral y tres naranjas. La cerró con la misma indiferencia autómata con que la había abierto y acomodó los imanes que sostenían tareas condenadas a la eternidad de las cosas no cumplidas. Eran casi las tres de la tarde y Tadeo un marinero perdido en un océano de libros desparramados, ropa sin sus perchas y aquella nota, “Hasta aquí”, pobre notita de dos palabras donde se resumía el drama de sus horas, la asfixia de sentir que había venido al mundo para poco más que nada.
Fue al baño, un poco por moverse hacia cualquier parte. Se detuvo frente al botiquín donde cada mañana debía hacer esfuerzos para reconocerse en el hombre acabado que le devolvía el espejo. Frente a ese mismo espejo, quizás, hacía ya años, Doc se había mirado por última vez antes de terminar con su vida. Estiró la boca en una mueca que pudo haber sido una sonrisa triste y dejó a la vista el agujero en las encías. “Una sonrisa de muerto”, pensó, pero se sorprendió calculando cuánto saldría un tratamiento con implantes y hasta gracia le causó su incoherencia: “Para que sonría tu calavera, Tadeo. Estás para enchalecar”.
Perdón por la letra: Diario
“Me siento mal, muy solo. Mi cuarto es el único lugar que me va quedando y no quisiera tener que salir de aquí más que para ir al baño. Y para comer. A veces tengo tanta hambre que vaciaría la heladera de un saque; otras veces, puedo pasarme el día entero sin pensar en eso. Mi madre dio la orden de que no me trajeran la comida al cuarto. Quiere obligarme a salir y a comer con ellos, que es muy aburrido porque nadie habla. Cada pedazo que te llevás a la boca es veneno. No sé para qué siguen comiendo juntos. Sería mejor que cada uno lo hiciera por su lado, incluso afuera. Como no voy a la mesa, se turnan para venir a putearme. Empieza como un pedido, pero a los dos segundos ya están gritando, diciéndome egoísta, que voy a terminar mal. Casi siempre es ella que viene primero y se descontrola. Enseguida aparece él gritándole que no insista, que lo deje comer en paz. Ella le contesta, él grita más fuerte, yo subo la música y me importa un pito que él patee la puerta y amenace. ¿Qué más vas a hacerme, Martín? Podés pegarme, matarme a golpes. Me harías un favor.
“Me intriga saber quién me va a encontrar, cómo saldrá gritando a llamar por teléfono, el médico, ¿me harán autopsia?, hasta la policía va a venir, eso es seguro, se va a armar un buen despelote en el edificio. Luego el velorio y el entierro. Va a ser fuerte. Mi vieja se va a mandar una tortilla de pichicata. Y después va a volver a ser la planta que siempre ha sido, pero llorona. Mi viejo va a dar el show, y se va a preocupar de que tenga un buen cajón, lindo servicio. Ni se le va a notar la tristeza. Al principio, pero dejá nomás que pasen unos días y le caiga la ficha; le va a venir una culpa tan grande que no va a poder con su vida. En una de ésas se da cuenta de las macanas que se mandó. Y bueno, si sirve para eso…
“Ayer tuve una fiesta. Detesto las fiestas, pero esta vez la pasé bien porque conocí a Shirley. El nombre es horrible pero ella está buena. No entendió cuando le dije que Sabina es un poeta. Me hubiera gustado contarle en qué ando, pero seguro que se iba a asustar o a decírselo a alguien. Bueno, pero estuvo bien hablar con ella y hasta le pedí el teléfono, aunque no pienso llamarla. Mi padre sigue en la de él. Se queja de que tiene que ir a declarar al juzgado y le oí decir que si cae, va a llevarse a unos cuantos. Mi madre lo único que hace es llorar y hablar por teléfono. Parece que escondió el revólver porque tiene miedo de que mi viejo mate a alguien. Ni se imagina. Me da lo mismo porque lo mío va por otro lado. Se pasan peleando y se echan la culpa. No los aguanto. A veces quisiera pegarles. Siguen dándome la plata para el psicólogo, pero hace tiempazo que no voy. Creo que el tipo les dejó un mensaje o algo así. Ni cuenta se dieron. Estoy durmiendo mal. Pienso todo el tiempo en mí. Trato de pensar en otras cosas, pero enseguida estoy pensando en mí, como que me veo desde arriba. Una cosa muy rara. Y quiero olvidarme, pero no puedo. Es espantoso. De día no se me nota tanto. En el colegio nadie me molesta por lo de mi padre, pero a mí me da vergüenza porque ellos saben. Mejor si no se me nota. Por eso fui a esa fiesta anoche. Me ofrecieron un porro, pero no quise. Ahora me gustaría haber probado.
“Algunos me insultan por esta página; que me mate, si quiero, pero que no tengo derecho de andar contándolo como si fuera una hazaña. No entienden lo que siento. Siento la Nada. Yo soy la Nada. Después de mí, la Nada. Pero no soy el único, no vayan a creer. Hay cientos de páginas de suicidas, adictos de toda clase que a primera vista pueden parecer un escándalo; yo creo que es el último grito que cada uno da. Algunos querrán que los salven; otros, que la humanidad entera se hunda con ellos. Los más, me parece, se toman en serio lo que hacen y quieren explicarlo para que por una vez los respeten, aunque sea muertos. Dicen que estamos locos. ¿ Y quién no?
“Hace unos días encontré una página de surfistas de trenes. Los tipos saltan entre vagón y vagón, o se cuelgan de una puerta justo en el momento en que el tren parte o llega, esquivan cables de alta tensión y paredes de túneles estrechos. Muchos mueren, son afortunados. Otros quedan sin algún brazo o idiotas para siempre. Cuentan que es mejor que drogarse, que el miedo es tan grande que ya no lo sienten y, cuando alguno queda escrachado contra las vías o deja una pierna tirada en el andén y se desangra colgado de un vagón, los demás van a su entierro y lo despiden con una cierta alegría, que no es tal, claro, esa gente ya no siente. Hace tiempo que no sienten, que la vida les da igual, que no recuerdan si alguna vez la tuvieron, ni siquiera si están vivos. Algún imbécil llama a esto “deporte de alto riesgo”. ¡Deporte! No entienden nada, nadie entiende.
“'¡Inmoral!' me escribió una vieja hace unos días. ¡Como si alguien pudiera tirar la primera piedra! Son las tres de la mañana y no puedo dormir”.
Sólo un escritor sabe que hay un llamado ineludible del alma, una dignidad que se consigue escribiendo. Escribir era para Tadeo su dignidad, la balsa que lo alejaba de los márgenes de la cordura y lo perdía por un tiempo demasiado breve en los pantanales de los locos; una locura provisoria donde necesitaba hundirse, con la serena certeza de que la orilla estaba a la vista y que a ella volvía. Unos tres años hará, Tadeo sintió que su momento había llegado. Lo envalentonó un premio recibido por un cuento. Cisne rojo sobre la cinta gris, un cuento que, a la distancia, reconocía como premonitorio. La anécdota era sencilla: un hombre volvía con su familia de pasar un día en el campo. En sentido contrario, un camionero se desplazaba con su mole roja, un cisne sobre la cinta gris del pavimento. Ambas historias se entrelazaban. Como si hubiera podido predecir lo que iba a suceder poco tiempo después, había creado un contexto de crisis económica que era el espejo de otra crisis más profunda, causa o consecuencia de aquélla, quién sabe; una crisis de valores que, finalmente, conducía al desenlace de la historia. Había escrito ese cuento en pocas horas, pero la corrección tomó meses hasta que el plazo del concurso apremió, lo puso en un sobre y lo deslizó en un buzón de correos como un jirón de esperanza.
Meses después, alguien llamó a la casa para darle la noticia del primer premio y Tadeo, sin acabar de creerlo, insistió en que confirmaran su nombre, si no había posibilidad de que hubiera salido en segundo lugar, de que estuvieran manejando una lista de perdedores. Pero no había equivocación. El primer premio era para él. No encontraba a Laura por ninguna parte y necesitaba contárselo a alguien. Llamó a Víctor.
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