“Acabo de entender esto y es para mí una revelación. Ahora sé sobre qué voy a escribir, Horacio, sobre qué quiero escribirte. Hay valores que tienen un alto precio. La sensibilidad, por ejemplo, se paga con angustia. Y la libertad… la libertad, Horacio, tantas veces nos deja solos o, peor, aislados. Es posible que un día lo descubras y elijas construir una coraza, transformarte en un bruto feliz insensible al entramado sutil de las cosas; que los días se reduzcan a saciar a tu animal y te conformes con la efímera ilusión de los éxitos pasajeros; que no te permitas caer en los abismos de la razón; que huyas del dolor y prefieras la alegría fácil del consumismo, el hueso que te tiran por haber sido un buen perro.
“Pero también es posible que elijas la pasión bien entendida y rechaces cualquier resignación a volverte un mediocre, un engranaje más de la picadora, y te rebeles frente a estos molinos e incluso dudes de tu cordura. Quizá llegues al fondo mismo de la desesperanza donde no hay más opción que impulsarse hacia arriba con fuerza o quedarse para siempre, es decir, morir. Y cuando estás ahí, en la soledad más perfecta, esa última soledad, cara a cara con tu yo, con Dios, como quieras llamarle a esa intimidad absoluta, te das cuenta de que has descubierto la gran angustia y que ya no podrás estar en paz a menos que te pongas en camino, en tu camino, el único posible. Todo esto da pánico, Horacio, es el miedo a la vida.
“No sé si algún día leerás esto, ni siquiera sé si estás vivo todavía, pero voy a usar tu página para escribir mi novela. Voy a verterla poco a poco, a medida que la historia se vaya desgajando, y no será necesario buscar quién la publique esta vez. Trataré que ese miedo no vuelva a ganarme como hoy casi me gana. Si vuelve, que va a volver, sabré reconocer los síntomas y voy a darle batalla. Y pediré ayuda, porque de esto no se sale así nomás. Me sentís muy lúcido, ¿verdad? Un tipo con las ideas claras. No te engañes, Horacio, estuve a punto de mandarme la peor macana. Hoy muchos han venido a salvarme, vos entre otros, pero he sido afortunado; no siempre se llega a tiempo. Si el miedo vuelve, estaré atento; el miedo es humano y no está mal sentirlo, el asunto es qué se hace con él. Yo voy a cruzar su umbral, Horacio, de la mano de las palabras. Finalmente, la soledad no es mala; lo terrible es el aislamiento.
“Ahora, mirame, prestá atención: en este momento, ¿ves? Levanto mi pie con cuidado, paso una pierna por encima del pretil, luego la otra, ¿me ves, Horacio?, ¿podés verme? Lentamente me incorporo y estiro mis brazos al cielo. Miro la cornisa. Lo logré esta vez. Estoy del otro lado”.
Son casi las diez y el aire tibio de la primavera ahora parece delicioso. Tadeo sale al balcón. La noche es un estrépito de estrellas. Se tiende en la hamaca y procura distinguirlas: la Cruz del Sur, Alfa y Beta del Centauro, las Tres Marías; no recuerda más, ha perdido el entrenamiento de mirar el cielo. Pero qué hermoso es, aunque no lo entienda. Cierra los ojos y recuerda a unos niños jugando a la guerra. El mayor es un general y es quien manda. El más pequeño lo obedece con una admiración ciega, incluso cuando el otro le alcanza un arma para que lave su honor. No sabe que el general está temblando de miedo porque en el fondo, muy en el fondo y a pesar de lo que le han enseñado, intuye que no hay honor que valga tal pena. En esa región sutil donde maduran las grandes revelaciones, va germinando, vacilante y ambigua, la conciencia salvadora, el reconocimiento del bien supremo.
Tadeo piensa que es una buena escena para empezar su novela. Mañana.
Claudia Amengual nació en Montevideo, Uruguay, en 1969. Es traductora pública, docente de la Universidad ORT e investigadora en el área de la lingüística desde el enfoque socio-cultural. Coordina talleres de narración y escribe cuentos, algunos de los cuales han sido publicados y otros premiados en concursos. Es autora de las novelas La rosa de Jericó (2000, Punto de Lectura, 2005), El vendedor de escobas (2002, Punto de Lectura, 2005) y Desde las cenizas (Alfaguara, 2005).
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