Claudia Amengual - Mas Que Una Sombra

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"Era martes, las ocho y veinte de la mañana del día de su muerte. Tadeo se debatía entre un ánimo ambiguo que lo llevaba de una nostalgia prematura a un entusiasmo juvenil. No era alegría, más bien se sentía triste, pero al menos lo alentaba saber que sería un día distinto, con un propósito que lo conduciría a algo, y le daría un estatus definitivo por el cual ya no tendría que pelear más, ni probarse, ni medirse, ni temer otras codicias."
"Sería un muerto a partir de las diez de la noche y lo sería para siempre. Pensar en eso le produciría una cierta paz, como la vecindad de unas vacaciones largamente añoradas. Tadeo sólo quería descansar".

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– No sé. Alma. En realidad ni sé por qué llamé. No tengo nada para decirle.

– No le diga nada, entonces, dele un abrazo. Esto que tengo en la panza es un nieto suyo, por si no se enteró.

– Pero si ni siquiera…

– ¿Sabe qué? Venga y vemos.

– No creo que quiera verme.

– Está enojado, Tadeo. Pero ahora va a ser padre y eso cambia todo, ¿no? Y, además -puso un tono burlón-, a ver si me lo mueve un poco, lo invita al estadio, no sé, lo que sea, porque se me está poniendo gordo.

Cortaron. Tadeo sentía el corazón latir rapidísimo y una emoción que apenas lo dejaba respirar. Aquella Alma era un ángel. Pensó en todas las veces que hubiera querido verlos y por un miedo estúpido no se había acercado. Pensó, con vergüenza, en que no había ido al casamiento, que no les conocía la casa, y que lo poco que sabía era a través de las breves charlas telefónicas que, cada tanto, mantenía con Laura.

Cric. Esta vez no eran sus circuitos apagándose, sino un poderoso mecanismo que se encendía. Las yemas laceradas del defenestrado que quiere asirse con desesperación, aferrarse a cualquier cosa en el momento del salto; el tiro desviado; la cuerda demasiado fina. Ese último instinto de conservación muchas veces volvía cuando era tarde para arrepentimientos; pero Tadeo lo sentía nacer como un impulso, un torrente formidable, un alud, una avalancha de energía que para él, por esa vez, quizás iba a llegar a tiempo.

Las nueve y veinte de ese martes, su último día. Se preguntaba si también él sentía el vacío interior del médico joven, pero se sorprendió descubriendo que todavía existían ciertas amarras que lo ataban al mundo. Seguía siendo el mismo Tadeo de la mañana, una mitad de hombre en todos los sentidos; no podía recordar un logro del que estar orgulloso ni mucho menos planificar metas para el futuro. Se sentía deprimido, solo, insignificante; estaba tapado de deudas, no tenía trabajo y sus intentos por publicar habían fracasado. Su mujer lo había abandonado y su hijo no quería saber de él; mucho menos ofrecerle a su propio hijo, un nieto del que no merecía ser abuelo. Quizás esa misma tarde había reincidido en la cobardía y dejado pasar a su verdadero amor por segunda vez. Pero la paleta empezaba a adquirir otros colores.

Miró alrededor y vio el desorden de la casa. Parecía el día previo a una mudanza, sobre todo por la ropa en sus perchas tirada encima de la cama y los libros desparramados en el suelo. No se sentía con fuerzas para ordenar ni aquel caos ni el que llevaba adentro. Pero no estaba vacío. Algo se movía en su interior, algo que había empezado a percibir hacía unas horas como las primeras burbujas que revientan en el agua que está por hervir, y que ahora era un borboteo sostenido que lo incomodaba, pero lo hacía sentir vivo.

No se detuvo, sin embargo, cuando se vio caminando hacia el baño. Encendió la luz y se paró frente al espejo. Sabía por qué estaba ahí, por qué se observaba con curiosidad, como si desembarcara por primera vez en una tierra nueva. Sus ojos no tenían brillo y la piel reseca se abría en surcos que eran como una vejez anticipada marcada en el rostro. Y el agujero negro de las muelas, y la lengua blanca, y la barba que empezaba a oscurecerle las mejillas, y las ojeras, depósito de sus desconsuelos.

La imagen de un muchacho que podía ser Horacio se hizo presencia en la soledad del baño. Tadeo le dio la bienvenida con una sonrisa triste. Abrió el botiquín y su mirada fue sin dudar al primer estante. Tomó el frasco con el pulso firme, como quizás el médico joven lo había hecho años atrás; o tal vez el tiempo se condensaba en ese punto, el pasado y el presente se fundían y estaban los tres parados frente al espejo en absoluta comunión, sin necesidad de explicarse, de pedirse perdón.

– Aquí estamos, Doc. Mirá qué trío.

El médico joven hizo un movimiento. Tadeo quiso detenerlo, estirar su brazo y arrebatarlo de la muerte, pero no pudo torcer el flujo de los hechos pasados; vio cómo hacía lo que hacía y luego se evaporaba hacia la nada en la oscuridad del dormitorio. Horacio también se había ido. Tadeo abrió el frasco, respiró profundamente el olor metálico de los barbitúricos, regresó de esa otra dimensión y supo que todavía podía elegir. Tiró las pastillas por el inodoro y apretó la cisterna como si le quemara la urgencia de que aquello desapareciera pronto de allí. Cayó en la cuenta de lo que había estado a punto de hacer y se sintió mareado, cubierto por un sudor frío y lleno de una náusea violenta que crecía como una ola. Tuvo miedo, miedo de sí.

Al abrigo de una bata raída que colgaba del perchero se sentó en el piso del baño y descansó.

Cuando abrió los ojos, sólo quería escribir. Volvió a la computadora y ya no insistió con la carta. No esta vez, al menos. Sobre la mesa, una notita escrita horas antes le recordaba cuan cerca había estado. “Hasta aquí”, decía, pero Tadeo empezaba a sentir que tenía fuerzas para un poco más. Fue a la página de Horacio. Quizá ya estaría muerto; no lo sabía, pero decidió creer que todavía quedaba un espacio para la esperanza y se aferró a esa idea con tenacidad. Estaba algo aturdido, la garganta le ardía y los ojos eran dos globos rojos hinchados. Pero una cierta lucidez ganada palmo a palmo a la confusión enloquecedora en la que había girado desde la madrugada le permitía distinguir ese malestar físico de la calma que llevaba dentro. Ahora podía mirar ese martes desde la perspectiva serena que da el haber llegado a cualquier meta, la meta de un día ganado a la vida, o a la muerte, y entendió que, a partir de ahora, sería así: un día a la vez, no podía prometerse más. Abrió la sección Mensajes y empezó a escribir como nunca lo había hecho, con una soltura de espíritu que era un descubrimiento para él.

Perdón por la letra: Mensajes

De Tadeo para Horacio:

“¿Sabés, Horacio? Siempre quise escribir una novela, e incluso inicié alguna historia con esa intención. Pero a las pocas páginas la anécdota se consumía y me quedaba sin qué decir. Tampoco soy bueno para la poesía, que es la madre de la escritura. De ella me alimento, tomo sus jugos, me enriquezco, pero no sabría cómo empezar un poema. Por eso sólo escribo cuentos. El hecho es que siempre quise escribir una novela para disfrutar de un trayecto más largo, quizá, para detenerme en alguna descripción o extender un diálogo o introducir un personaje menor por puro gusto. Y nada. Todos mis intentos se frustraban a las pocas páginas en un final precipitado que hubiera sido una necedad prolongar a la fuerza. Llegué a pensar que jamás podría hacerlo, que era cuestión de gente más aplicada y que estaba muy lejos del rigor flaubertiano de encerrarme días hasta encontrar la palabra exacta, ésa y ninguna otra. Claro, era muy fácil atribuirme pereza, ineptitud, falta de talento. Y mucho más fácil aún convencerme de que no podía.

“Pero este martes ha sido un día extraño, Horacio. Hoy de mañana sentí un cric y creí que sólo podía hacer una cosa. Estoy seguro de que sabes de qué hablo. Me he pasado el día organizando el rastro que pensaba dejar y, mientras lo hacía, iba ligándome a tu historia con una fuerza sorprendente. No me di cuenta de eso hasta hace unos minutos cuando sentí cric otra vez. Pero fue distinto, como si me despertaran de un mal sueño, o de un extraño sopor. ¿Alguna vez te dieron anestesia? Algo así, como si hubiera vuelto.

“Y de golpe supe por qué nunca había podido escribir una novela. Porque creía que todo se resumía en contar una historia, pero es mucho más que eso. Tiene que haber un fin superior detrás de lo que se cuenta, una abstracción, una idea universal que sea el fundamento, ¿me seguís? Tiene que haber un fin superior detrás de toda vida. Y yo jamás lo había visto de esta forma, entonces reducía todo a 'había una vez' y 'colorín colorado', y la cosa se diluía naturalmente porque no había un sustrato sólido en el que apoyarse, un tema.

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