Claudia Amengual - Mas Que Una Sombra

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"Era martes, las ocho y veinte de la mañana del día de su muerte. Tadeo se debatía entre un ánimo ambiguo que lo llevaba de una nostalgia prematura a un entusiasmo juvenil. No era alegría, más bien se sentía triste, pero al menos lo alentaba saber que sería un día distinto, con un propósito que lo conduciría a algo, y le daría un estatus definitivo por el cual ya no tendría que pelear más, ni probarse, ni medirse, ni temer otras codicias."
"Sería un muerto a partir de las diez de la noche y lo sería para siempre. Pensar en eso le produciría una cierta paz, como la vecindad de unas vacaciones largamente añoradas. Tadeo sólo quería descansar".

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– ¿Con quién hablo? -dijo atolondrado.

– ¿Con quién quiere hablar?

– ¿Víctor?

– El hermano. Víctor no está.

– Habla Tadeo, ¿cómo andás?

– Ah, bien, bien.

– Escuchame, necesito que le digas a tu hermano que gané el concurso.

– Le digo -contestó el otro sin emoción.

– El de cuentos, primer premio, ¿qué me contás?

– Mirá vos, te felicito.

Era evidente que no podía medir la magnitud de aquello. El hermano de Víctor no se había acercado a un libro en los últimos diez años más que para esconder algún billete de lotería que su mujer le tenía prohibido comprar.

– Entonces, ¿le decís? Que me llame, voy a estar en casa. En una de ésas salgo a festejar, pero que me llame, de todos modos.

Llegó Laura; se abrazaron, la alzó en sus brazos hasta que la cabeza de ella quedó encima de la suya y le dio un beso que era toda una promesa de felicidad. Ella le revolvía el pelo, le decía que se alegraba por él. Y era cierto. Por él, pero quizá ya no por ella que empezaría a sentir que su proyecto común se estaba acabando. Fueron a cenar y volvieron caminando de la mano. Esa noche no hizo más que hablar de él mientras Laura lo observaba con una media sonrisa de felicidad incompleta. Tadeo pensó que Víctor habría llamado durante su ausencia y que lo intentaría al día siguiente. Pero no lo hizo, ni ese día, ni al otro, ni al otro. No llamó y Tadeo se aguantó con excusas hasta el domingo, cuando se encontraron en el estadio.

– ¿Todo bien? -preguntó.

– ¿Qué contás?

– No me llamaste.

Víctor puso cara de no entender; Tadeo creyó por un instante que el hermano nunca le había dado la noticia y una tenue alegría le alentó las palabras.

– ¡Por el premio! ¡Primer premio!

Pero Víctor no se sorprendió, que hubiera sido la única redención posible a su falta de entusiasmo. Sonrió como si le pesara tener que hacerlo y apoyó una mano en el hombro de Tadeo. Era una sonrisa obligada por la cortesía, una sonrisa que lejos estaba de ser alegría espontánea, una sonrisa a la fuerza, es cierto, pero de ningún modo falsa. Víctor sentía como nunca el aguijonazo de la autocompasión, y se culpaba por no poder alegrarse con sinceridad por el logro de su amigo. Mientras chapoteaban en el charco de la medianía, era más sencillo olvidar la propia miseria, pero bastaba con que uno asomara apenas la cabeza para que ese precario equilibrio se derrumbara y la conciencia implacable los tomara por asalto.

– Ah, sí, me contaron. Te felicito, te felicito -dijo, y pareció aliviarse cuando un hombre de amarillo se acercó a venderles café.

Tadeo vivía en una casa de altos pintada de blanco con un balconcito al frente decorado con rejas negras. Laura y él la habían alquilado a bajo precio porque el rumor de la muerte del médico joven se había expandido por el barrio y nadie quería vivir en la casa de un suicida donde, se decía, el fantasma del hombre aparecía con la luna nueva de marzo y deambulaba con los brazos extendidos y las palmas abiertas, como pidiendo. Tadeo jamás había creído en aparecidos, mucho menos Laura, así que se alegraron de la ignorancia ajena que les permitía acceder a una casita preciosa a poca distancia del liceo. Casi nunca hablaban del asunto, pero cada mes, cuando venía por su dinero, la dueña les preguntaba si todo estaba bien y se iba tranquila apenas le aseguraban que sí. Jamás se refería en forma directa al fantasma y ellos fingían que su inquietud estaba dirigida a cualquier vicio de la construcción, humedades o caños rotos, por lo que se comprendían con un mínimo diálogo pleno de sobreentendidos.

Ese martes, tan distinto a todos cuantos recordaba, la sombra de Doc lo acompañó desde el amanecer y hasta sintió una pena densa por él. No estaba claro con quién había vivido, si lo acosaban las deudas o era un perseguido político; si padecía mal de amores, si estaba enfermo o había perdido algún paciente en una maniobra equivocada. Nadie sabía si la culpa le anudaba el cuello, o si era pura melancolía. Pero Tadeo estaba seguro de que Doc, como él, sentía la más absoluta soledad.

¿Qué verdades encerrarían esas paredes? ¿Cuánto dolor habría quedado pegado a sus poros? ¿Estaría aún ahí la energía descomunal que ese hombre tuvo que desplegar para matarse? Tadeo fantaseaba con un despertar cualquiera de un hombre acorralado por sus circunstancias que, de pronto, sentía que los dados estaban echados. Ese hombre se levantaba de su cama, una cama que estaba en el mismo cuarto, iba al baño, el mismo baño. Se miraba en el espejo, pero no se reconocía. Ni siquiera intentaba bucear en el recuerdo de sus seres queridos. Podrían haberle puesto delante lo más amado, sus hijos si los tenía, y él no se hubiera detenido. Estaba vacío por dentro, como apagado. Abría el botiquín, el mismo botiquín, y extraía un frasco con pastillas. Las miraba con lánguida avidez, como un niño que va a elegir un caramelo; llenaba un vaso con agua y las tomaba todas, diez, veinte, cuarenta, el frasco completo. Ya estaba hecho. Pronto acabaría el sufrimiento. Volvía a la cama y se recostaba. Un bello durmiente que espera el sueño del que ningún beso lo despertará. Y así iba perdiendo el sentido, hundiéndose en los cenagales de la muerte, quizá con ese súbito renacer de un instinto de supervivencia; pero ya no podría moverse, los músculos entumecidos, la mente dispersa y apenas una luz de entendimiento para que fuera sintiendo que se iba de la vida.

***

Las tres de la tarde y su último día estaba resultando tan frustrante como todos los anteriores. Ni siquiera era capaz de ordenar los libros en cajas, ponerles una etiqueta, “para Fulano”; mucho menos de redactar la maldita carta, a estas alturas, una obsesión. Sin darse cuenta, la rabia por no poder escribir le estaba sacudiendo la molicie espiritual, esa muerte anticipada a la que Tadeo se había entregado sin dar batalla. Se mordió los labios hasta que el dolor fue suficiente. Intentó con su fórmula de escribir lo que estaba sintiendo, sin puntuación ni correcciones, al vuelo sus dedos como pájaros asustados sobre las teclas. Al cabo de unos minutos se dio cuenta de que aquello no iba a funcionar y golpeó la frente contra la pantalla, con la voluntad derrotada.

Abrió la página de Horacio, casi por costumbre, sin demasiada fe. Entrar, leer y salir. Hasta ese entonces su conducta había sido cobarde, un voyerista sin compromiso, un niño espiando por el ojo de la cerradura. Quería decirle a Horacio que lo entendía, pero se sentía lejos de su dolor, que, paradójicamente, los unía con lazos tan poderosos como la muerte. Otra vez la angustia por las palabras faltantes que, sin embargo, existían en él como una gelatina sin cuajar. Era su torpeza la culpable por no encontrarlas, su falta de talento. Era él, Tadeo, que no servía para nada.

Se sentó en el medio de la pila de libros. Los veinte tomos de El Tesoro de la Juventud lo llevaron hasta una Navidad cuarenta años atrás. Volvió a ver la decepción de Jano, la suficiencia de la madre y la expresión desolada del padre. Se preguntó si por aquel entonces ya sabría que lo estaban engañando y trató de recuperar con exactitud cada línea de su rostro para detectar la marca del sufrimiento que produce todo odio nacido del amor. Pero no logró más que una imagen borrosa de un hombre que empezaba a darse cuenta. Apoyó la cabeza sobre las piernas flexionadas. Así estuvo un rato sin tiempo, con la sensación de ser el desagüe de una gran bañera, ese pozo, ese torbellino de agua que nunca termina de irse. Pensó que los libros estaban más vivos que él; mucho más. Y se le ocurrió que ellos podrían decir lo que él no podía. Tomó al azar un Gil de Biedma de tapas grises y lo abrió en cualquier página. Cualquiera, no. La poesía sabe amoldarse al alma con una exactitud sorprendente. No fue un poema sin sentido, sino aquél que hubiera querido escribir para Horacio.

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