»-Primero, habría que ponerse de acuerdo en si el trabajador tiene derecho a reclamar las ocho horas. Nosotros creemos que sí. ¿Y usted, don Manuel? -dice Eduardo Varela.
»-Ustedes ven el trabajo como castigo, y supongo que, en cierto modo, lo es: el propio Dios así lo dijo. Pero hay hombres y pueblos que han hecho del trabajo una moral. Los vascos procuramos que nadie se entere que echamos la siesta -digo.
»-Todo depende de las circunstancias. Los vascos son como son porque han debido imponerse a una tierra dura y poco agradecida. Por el contrario, a los polinésicos les caen los frutos de los árboles y no se avergüenzan de sestear de sol a sol. Pero supongo que los vascos también maldecirán cuando el trabajo es excesivo -dice Eduardo Varela.
»-Somos fatalistas. Decimos "hay que hacer" y tiramos palante.
»-Ese "hay que hacer" no vale para las minas ni para las fábricas -dice Marcelo.
»- ¡Ésa es la cuestión! -dice Eduardo Varela-. Su mundo, don Manuel, es aún rural, y en un mundo rural de caseríos independientes, trabajando cada familia su propia tierra o una misma tierra a lo largo de siglos…
»-Sí, la tierra -digo.
»-Pero lo nuestro es distinto.
»-Por eso no lo queremos -digo.
»- ¡Pero existe, está aquí! Y ustedes tendrán que aceptarlo. Y aún más: tendrán que aceptar para ustedes mismos las nuevas leyes, las nuevas formas de producción…
»-Debemos ciento veinte pesetas con treinta céntimos al carpintero de los bancos -dice Vicente.
– Y no me mire así, don Manuel, porque además los que han puesto en marcha estas minas y estas fábricas son vascos -dice Eduardo Varela-. Vascos auténticos, con todos los apellidos vascos a sus espaldas.
»-Necesito saber si conseguiremos acomodar lo nuevo a nuestro modo de ser. Necesito creer que lo conseguiremos sin cambiar nada digo.
»-Serán desbordados por una nueva concepción del trabajo. Aparecerán, con otra cara, las dos clases sociales que hasta ahora habían convivido entre ustedes sin conflicto. El obrero vasco acabará por saber que trabaja para otro…
»-… y le pesarán las horas de la jornada y algún día se unirá a nosotros en la lucha por las ocho horas -dice Marcelo.
»-No lo acepta, ¿verdad, don Manuel? -dice Eduardo Varela.
»-Y todavía no hemos hablado de la revolución -dice Marcelo.
«Veo a la madre a la puerta de casa, esperándome, porque es jueves. Me palpa el brazo por encima de la ropa para saber si estoy más flaco. Con mi sueldo de maestro no pasará tantos apuros. Mientras me prepara de comer, la miro. Ricos y pobres, lucha de clases… Nuestro piso es pequeño. Los Goenaga ya no tenemos tierra, excepto dos palmos detrás de la casa para vainas y lechugas. Las tuvimos hasta hace quince años, cuando aún vivíamos en el caserío Egurra. Yo siempre creí que Egurra y sus tierras nos pertenecían a los Goenaga. En Egurra nació mi padre y nací yo. Pero el abuelo Tristant sólo lo había arrendado y, hace quince años, Garduroz Oiaindia nos arrojó de nuestra vieja tierra para que un pariente suyo construyera un chalé. Mi madre ya era viuda. Garduroz Oiaindia era el padre de Cristina Oiaindia, la marquesa.
»-No me explico cómo aún no te ha hecho algo malo esa gente de las minas, hijo -dice la madre.
«Llamo a la puerta de Teresa. Nada. Llamo otra vez. Nada. Introduzco una astilla por una rendija y levanto la tranca. Huele a casa vacía.
»-Teresa, Teresa… Soy el maestro.
»Nada. Pero está aquí. La tranca estaba echada. La cama. Está por aquí. Hay un cuerpo, quieto como un cadáver. Arde su frente.
»-Teresa.
»Tiene pulso. Enciendo una cerilla. Sus ojos están cerrados, pero respira. Nunca he visto una cara tan blanca. Enciendo otra cerilla, dejo el paquete en la mesa y enciendo el quinqué. Mojo en agua mi pañuelo y se lo aplico a la frente.
»-Teresa, soy el maestro.
«El médico de La Arboleda se llama don Tomás. Es viejo y seco. Dice que Teresa sólo tiene anemia.
»- ¿No le va a recetar ningún medicamento? -digo.»-Sí, jarabe de chuleta -dice.
«- ¿No le importa el qué dirán?
»Don Juan, el maestro, llevaba una semana con ganas de preguntármelo.
»-Pasa usted las noches en casa de esa mujer y viene por las mañanas a dar la clase con unas ojeras…
»-Pero vengo, ¿no?
«Beatriz, la patrona, me pone diariamente en un cestillo comida para Teresa.
»Teresa abrió los ojos ya en la tarde del primer día. No habló hasta el tercero. Caliento la sopa de la tartera y se la doy a cucharadas a la boca. A partir de ese tercer día le obligo a comer cosas sólidas.
»- ¿Quién te ha dado vela en este entierro? Quería morirme -dice Teresa.
»Son, casi, sus primeras palabras. Y no son débiles.
»-Vamos, coma.
»-Yo soy la que te tendría que tratar de usted -dice.
»-No sabe ni morirse -digo.
»- ¿Cuántos días llevo…?
»-Antes, no sé. Desde que yo vine, una semana.
»-Sé que pasas las noches al pie de mi cama. Pero no esperes que te lo agradezca.
»-No es necesario, ya me has servido para ganar el cielo.
»-Qué bien, así ahora me dejarás en paz.
»-Sí, en cuanto te comas esta carne.
«Don Claudio no se ha atrevido a decirme nada, pero en el sermón de la misa del domingo habla de un hombre de La Arboleda que está liando mal ejemplo a los niños. Todo el mundo sabe que me señala a mí. Le espero a la salida.
»-Tenía que hacerlo, don Claudio. Créame usted, tenía que hacerlo.
»-Si estaba enferma, que la hubieran bajado al hospital. Nos habríamos librado de ella para siempre, porque yo mismo prenderé fuego algún día a su casa de pecado.
«-Ya viene el hombre del paquete -dice Teresa.
»Se levanta desde hace cuatro días.
»-Se acabó -dice.
»- ¿Qué?
»-Que ya no quiero ese paquete. Hoy ya no es un paquete de comida para una enferma sino para una puta.
»-Usted todavía es una enferma. Una anemia no se cura en tres semanas.
»- ¡Tú sí que le has sacado jugo a mi enfermedad! ¿Qué sillón te tiene reservado el Dios Padre allá arriba?
»La verdad es que no parece que haya estado tan grave. Tropiezo con su mirada.
»- ¿Por qué? -dice.
»Se sienta en una banqueta y se cubre la cara con las manos. Creo que solloza.
»- ¿Por qué? -dice.
»Y yo digo:
»- ¿Por qué?
»Aparta sus manos y levanta la cara.
»-Por qué, ¿qué? -dice.
»-Por qué quería dejarse morir.
»Sí, sollozaba: ahora se seca con la manga la humedad de su nariz y luego la de sus ojos. Se levanta.
»- ¡No te importa! A lo mejor ni siquiera te importa dejarme morir -dice.
»-Supongo que no lo repetirá. Quíteselo de la cabeza -digo.
»- ¿Me llorarías tú?
»Me da la espalda y se pone a trajinar en el fregadero. De dos pasos me pongo a su lado y la agarro del brazo.
»-Me dolería hasta la muerte -digo.
»Vuelve la cara para mirarme.
»-Usted no puede comprender lo terrible que sería para mí -digo.
»- ¿Por qué? -dice-. ¿De qué me conoces?
»-No te conocía antes de llegar aquí.
Quita mi mano de su brazo.
»-No me gusta lo que no entiendo -dice.
»-No se trata de eso, ¡Dios mío!, no se trata de eso -digo.
»Resopla. Se pone en jarras.
»-No eres para mis nervios: no se trata de eso, no se trata de lo otro… ¿Cuál es tu juego?… Ven aquí, chico…
»Me toma de una mano y me sienta en una banqueta, quedándose ella de pie y mirándome.
»- ¿Necesitas saber que te agradezco tus molestias de estos días? ¡Pues bien, te lo agradezco!… ¿Necesitas que te agradezca tus paquetes? ¡Pues bien, muchas gracias por tus paquetes, chico!… ¿Y qué más? -dice.
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