»- ¡Y si a alguien que vende algo se le llama comerciante, y ellos no son comerciantes, lo justo sería dejar el comercio a los comerciantes! ¡O esto o el caos!
»-Cuando un minero se lleva un bocado a la boca no pregunta si se lo ha vendido o no un comerciante.
»-Los socialistas no venden más barato para ayudar a los mineros sino para hacer política. Buscan votos.
»-Acaso vendan una ideología que da de comer. Después de cada huelga comen mejor.
»- ¿Quiere usted decir que les convendría hacer una huelga contra Bernabé? Usted, don Manuel, es más socialista que los socialistas.
«Es domingo y doy una vuelta por la plaza. La banda municipal toca pasodobles y hay más gente bailando que cuando toca el ciego del organillo, que cobra, y la banda no.
»Las tabernas están llenas de hombres bebiendo. Me asomo a algunas de ellas.
»-Le invitamos a un trago, señor maestro.
»Caras risueñas me miran con curiosidad. Entro y me ponen un vaso de vino tinto en la mano.
»- ¡A su salud, señor maestro!
»Bebemos todos. Hombres avejentados no se atreven a hablarme. Sonríen con bocas desdentadas. Poco a poco, reanudan la charla entre filos. Cuentan chistes y se ríen como niños, sin pisar el espacio vacío que han formado a mi alrededor, sin romper el corro respetuoso.
»-Suerte -digo.
»- ¡Adiós, señor maestro! -dicen.
ȃstos son los terribles mineros.
«Entro en la Casa del Pueblo y subo al piso, pero están reunidos.
»-No se quede ahí, don Manuel, y pase. Los socialistas no tenemos secretos -dice Eduardo Varela.
»Veo una cara nueva, un hombre alto y seco, con barba.
»-Por favor, coja esa silla y siéntese. Es el nuevo maestro -dice Eduardo Varela.
»Están nueve alrededor de la mesa.
»-Estoy convencido de que cuantas mejoras llegue a disfrutar la clase trabajadora las alcanzará por la fuerza del sindicalismo. ¿Hacer política? Bien. Pero, sobre todo, sindicalismo. La política de los obreros debe ser el sindicalismo -dice el hombre nuevo.
»-Unión, unión, esto es lo que debe aprender la clase trabajadora -dice uno.
»-Concienciación, concienciación -dice Eduardo Varela.
»-Y pruebas de fuerza como la inmediata huelga -dice el hombre nuevo.
»- ¿Quería usted decir algo? -me dice Eduardo Varela.
»- ¿Huelga? -digo.
»Me mira el hombre nuevo.
»-Huelga general de veinticuatro horas para el dieciocho de este mes de diciembre -dice.
»-La convocan UGT y CNT. Una gran huelga general, en toda España, contra la carestía de la vida. Si sale bien, será un gran paso. Pero no se asuste, don Manuel, que a ésta irán hasta los curas -dice Eduardo Varela.
»-De modo que a trabajar -dice el hombre nuevo.
»Se levanta y se va.
»-Era Facundo Perezagua. Ha venido desde Bilbao a hablarnos de esa huelga. Es un líder importante. Si usted no ha oído hablar de él, ya oirá -dice Eduardo Varela.
«-Usted no ha ido a ninguna huelga -digo.»-Ellos se olvidan de mí y yo me olvido de ellos -dice Teresa.»-Pero usted pertenece a las minas.»-Por mí, que se pudran las minas.
»-La gente de aquí sufre demasiado. Habría que ayudarles. Es lo que le corresponde.
»- ¿Ya te han envenenado a ti también los socialistas?
»La miro y me mira.
»-No se te ocurra hablarme de mi madre -dice.
»-Fue inocente de lo que pasó.
»- ¿Qué sabes tú lo que pasó?
»-Aquí la recuerdan y la quieren.
»-No me hables de mi madre.
»-Le guste o no, usted pertenece a las minas.
»-Yo pertenezco a mí misma y a los paquetes que me trae el maestro.
»Se vuelve de espaldas para que yo no la vea llorar.
»- ¿Qué le pasa? -digo.
»-No sé lo que hacer contigo, no sé cómo tratarte. No sé lo que pensar… ¿Por qué no me ayudas diciéndome lo que no entiendo?
»Se ha vuelto hacia mí de repente y, sí, sus ojos están húmedos. Pero no se los seca.
»-No piense en nada -digo.
»- ¡Eso! Tú saliéndote con la tuya y yo que no piense en nada, que siga como una tonta, sin saber por qué me traes los paquetes -dice.
»-Están preparando una huelga.
»- ¡No cambies de conversación! Mira, todo esto nuestro es un embrollo. Tú no tenías que traerme paquetes ni yo tenía que aceptarlos… ¿Por qué eres el único hombre del que no puedo aceptar paquetes? ¿Por qué no te cobras? ¡Háblame, dímelo! ¿Por qué no te cobras? ¿Me quieres decir cómo eres, maestro? -dice.
»- ¿Que yo le diga…?
»- ¡Quiero saber cómo tratarte!
»-Tranquila, tranquila…
»- ¡Tampoco me has dicho que no quieres nada de mí! ¿Qué escondes detrás de tu frente de maestro? ¡Márchate! -dice.
»Abro la boca, pero ella…
»- ¡Márchate y esta vez no vuelvas!
»-Espere…
»- ¡Fuera!
»-Tranquila, tranquila…
»- ¡Tú sí que no estás tranquilo! ¿Qué haces aquí, en este sitio que no es el tuyo? Eres como un fantasma. ¿Ya duermes? ¿Qué te asusta? Da pena verte, maestro. ¿Eras así antes de caer en La Arboleda? ¡Qué ojeras, qué cara! Siempre he entendido a los hombres… ¿Por qué no te entiendo a ti?
»Me ha puesto en la puerta a empujones. Se queda quieta y puedo volverme a mirarla. Va a hablarme, pero lo deja. Sus ojos me atraviesan. Al fin, me habla:
»- ¿Tienes…, tienes novia en Getxo?
«-Esta incesante subida de precios se produce porque en el país no mandamos los trabajadores sino ellos, los capitalistas, los burgueses explotadores. A ellos no les preocupa el alza de los precios. Las víctimas somos los pobres que, si antes comíamos mal, ahora los jornales no nos alcanzan ni para comer piedras. ¡A ellos no les afecta ninguna subida! Sus gordas cuentas en los bancos les ponen a salvo de toda carestía. Controlan los capitales del país, comercian con todo lo comerciable… ¡incluso con nuestra hambre! Desde sus alfombradas oficinas sacan unas cuentas que sólo a ellos les favorecen, es a costa de nuestra hambre que ellos engordan. Y sabed que esta terrible hambre traída por la descarada subida de los precios llevará a la bolsa de nuestros explotadores un montón de millones transportado por el famélico coro de voces de nuestros hijos clamando "¡Pan! ¡Pan! ¡Pan!" -dice Eduardo Varela.
»Le escuchan muchos mineros, quizá dos mil. Me invitó a que le acompañara y por eso estoy aquí, en el frontón de Gallaría. Los mineros aplauden. Si a esta gente le falta el jornal, no tienen tierras donde sembrar comida.
»-Gritad conmigo: ¡Viva la huelga general! -dice Marcelo, que está a su lado.
»- ¡Viva! ¡Viva! -dicen los mineros.
»- ¡Compañeros, la huelga es nuestra arma! Les daremos un gran susto, aunque no el grande, todavía. ¡Pero sabrán que estamos unidos y que esta unión es nuestra fuerza, y ellos saben muy bien que cuando las masas trabajadoras se pongan en marcha bajo la bandera de la revolución, entonces, compañeros, comprenderán que no les puede salvar ni el poder de sus millones! ¡Y vendrá el gran cambio, el pueblo tomará el poder y los más dejarán de ser esclavos de los menos, se acabarán la injusticia y el hambre, seremos tratados como hombres por primera vez! ¡Demostradles en la huelga de mañana con vuestra unión que todo esto ocurrirá algún día! -dice Marcelo.
«Llegan los niños y les digo:
»-Ea, chicos, que nosotros también hacemos huelga.»La chiquillería escapa con alboroto de la escuela.»Aquí viene don Juan.»- ¿Qué pasa? -dice.
»-He mandado a los niños a casa -digo.»- ¿Por qué?»-Huelga.
»-En esta escuela nunca se hace huelga.»-Sus padres ya la están haciendo.
»-Sus padres que hagan lo que quieran, pero nuestro deber de maestros es hacer de nuestros alumnos buenos ciudadanos -dice don Juan.»Echa a correr tras ellos.»- ¡Eh, eh, volved, que sí hay escuela!
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